Hace cuatro años Alberto Morlachetti coloreaba de sepia nuestros días y se despedía de estas paredes, estos rincones, estos sueños que apiló como torres hacia el cielo. Un cielo que pudimos tocar todos, aun con la puntita de los dedos, cuando su voluntad hizo remontar en vuelo a Pelota de Trapo. Hoy seguimos su camino, con menos fantasia en las alas, con sueños más acotados, pero con las mismas ganas de estar de pie. Esta semana publicaremos su palabra día tras día. Esta palabra es su obra.

Por Alberto Morlachetti


      (APe).- Los medios de comunicación han estado activos: no sobre la suerte de los niños. No sobre el pan nuestro de cada día. Ni sobre el naufragio de nuestra dignidad. El cauto olvido, hará su trabajo lento, sin apuro, que para eso tiene la infinita arcilla del desamparo sobre los niños más niños. Sino sobre los pibes de sangre viva y de necesidades impacientes, los que no se resignan a la agonía del destierro ni a la tristeza de la limosna escasa, como diría Martí. Los medios convocan a la defensa social para gloria de la ciudad.

Intentan descifrar la solvencia y los enigmas del sistema minoril, que descansa sobre una geometría de curvas diabólicas que desvían inevitablemente las buenas intenciones -que las hay- en los efectores del Estado y de los buenos samaritanos del tercer sector. Pero unos y otros -voluntariamente o no- tributan a la misma pesadilla.

Foucault decía que desde las escuelas y las profesiones, hasta el ejército y la cárcel, las instituciones centrales de nuestra sociedad, luchan con siniestra eficacia por supervisar y controlar al individuo, para neutralizar sus estados peligrosos y para alterar la conducta inculcándole anestesiantes códigos de disciplina. ¿Y qué es un estado peligroso en un niño? Ser pobre, andar de calles, necesariamente anarquistas, fue la razón última de Luis Agote para hacer sancionar la Ley 10.903 en 1919 -de carácter nacional- que todavía se invoca para privar de libertad a nuestros pibes. El Decreto-Ley 10.067 en la provincia de Buenos Aires, fue promulgado cuando ya agonizaba la última dictadura militar y llevaba los mismos genes de la Ley 10.903. Apuntaba a los chicos pobres. Niños virtualmente peligrosos, sembradores de violencia, obligatoriamente insurgentes.

Esta exclusión de la comunidad en instituciones de secuestro, formas extremas y condensadas de la disciplina social -estatales o privadas- o en prisiones a cielo abierto: villas-asentamientos-vagones-carpas donde viven, bajo la mirada atenta del sistema, los inútiles para el mundo alejados de cualquier derecho que los abrigue, aplastados y sometidos por una red de asistentes sociales y manzaneras que -con las mejores intenciones- naturalizan el infortunio, mientras los niños y los padres viven -fieramente existiendo- entre los interlineados del Código Penal, acosados por el lenguaje mediático que los convierte en pesadillas urbanas. Las víctimas son domiciliadas fuera del universo sagrado de la obligación moral, como escribió Helen Fein.

Los jueces piden prisiones, ladrillos, murallas. El ejecutivo construye cárceles, pero nunca serán suficientes. Los “expertos” -ingenuamente o no- piden familias atadas a subsidios que las humillan y fragmentan, viviendo en amasijos de cartones, recostadas sobre calles marrones, arrastrando grilletes que pesan una muerte: hambre-desocupación-violencia-allanamientos en medio de la noche, disciplina feroz para enmienda de los desviados, que los atan a barrios cercados donde la vida es penitencia para evitar la revuelta. Las muertes tempranas y el gatillo fácil se mantienen como programas, con su breve y siniestra sencillez, reemplazan -muchas veces- las complejas arquitecturas de una cárcel y la costosa multitud de guardias que las mantienen. Barrios, ghettos: prácticas sociales igualmente punitivas. ¿Cantar infancia-besar familia?: estamos atados a la espalda de un tigre.

Nadie escribe una sílaba sobre el sistema capitalista que se alimenta de la despiadada eliminación del otro en busca de la máxima ganancia -portador del mal absoluto- produce niños pobres por cientos, por miles, desnutridos, desolados, mendicantes, violentos que no tienen el alma enferma de prudencias humanas.

El lenguaje del tambor -en las murgas y en los bordes- alejados de nuestra comprensión, son palabras al viento dirigidas al vientre suave del oído y no a la mirada como la escri-tura alfabética, inscribe palabras y ritmo que mueve la música que mueve el cuerpo en un pentagrama que llama rabiosamente a construir una nueva sociabilidad humana. La venganza de los jóvenes -dice Mejía Godoy- será el derecho de sus hijos a la escuela y a las flores.

(*) Esta nota fue escrita por Alberto Morlachetti hace 15 años. Así, exactamente, la escribiría hoy. Su vigencia es absoluta.

Edición: 3856

 

Recién editado

Libros de APE