Por Claudia Rafael

(APe).- “Tenía una mochilita lila con gris. Una pantalón negro, zapatillas verdes”, decía el desesperado pedido de ayuda de la familia de Gustavo Rojas, un vendedor ambulante de San Justo golpeado con saña y arrojado bajo las ruedas en movimiento de un colectivo. No sabían que lo habían asesinado. La calle es dura para los ningunos, los perseguidos, los olvidados. Hay eficientes brazos securitarios y también comunes mortales que, en banda, se sienten intrépidos portadores de la crueldad.

Hace ya siglos que el Estado (constituido por palacetes de acero y cemento, protocolos discursivos y lobos que devoran niñeces) dictamina agonías y organiza concienzudamente los descartes. Y las tortas presupuestarias se parten, como indican las normas básicas de cualquier sistema, con la raiz ideológica entre los dedos. Sacarás de allí para fortalecer acá. Correrás tantos millones de allá para rellenar aquí. En estos tiempos, entonces, se ofrece como perfecta radiografía que Niñez, Educación, Ciencia y Técnica donarán amablemente sus partidas para que la policía federal incremente 42 millones y gendarmería reciba 400 millones para sus jubilaciones; para que el ejército se nutra de otros 145 millones; la armada, 588 millones y fuerza aérea unos 4 millones.

¿Son acaso hijos de la casualidad el crimen de Facundo Ferreira (12 años) en Tucumán, por parte de dos policías provinciales; las torturas a Iván y Ezequiel (15 y 17 años en aquel momento), en la villa 21-24 por policías federales y prefectos (condenados raramente a prisión en estos días); el asesinato de Juan Pablo Kukoc (18 años) en manos del policía Chocobar, en un país en el que hay un muerto por gatillo fácil cada 23 horas?

Indudablemente no. “La secta del gatillo alegre y la picana es también la logia de los dedos en la lata” (de hecho, Nicolás Montes de Oca, uno de los policías asesinos de Facundo en Tucumán, fue detenido por robo) y existe como parte misma de la médula del sistema. De hecho, la definición pertenece a Rodolfo Walsh y tiene casi medio siglo.

Pero los fortalecimientos institucionales y presupuestarios de los brazos armados del sistema y el abrazo complaciente del poder a la logia securitaria cada vez que sus balas derriban blancos móviles (nunca personas, pibes, soñadores, sufrientes, castigados, ningunos, ninguneados, utópicos luchadores o ambulantes sobrevivientes) no hacen más que consolidar el pensamiento fascista más acendrado. Que envalentonan a las y los buenos vecinos que conforman bandas moralizantes desde las redes sociales, el almacén de la esquina o las bandas que van por más. Las que aplauden a los policías que corren inmigrantes, que golpean y detienen manifestantes, que gasean a los que marchan o que se inyectan de coraje y asesinan, como ocurrió el viernes con el vendedor ambulante paraguayo Gustavo Rojas Machado, desde una patota que se cree capaz de decidir qué es el bien y qué no, quién puede residir en el país y quién no, quién puede salir a vender medias por la calle y quién no.

Son los señores de la muerte. Los que dan órdenes, los que generan pensamiento, los que ejecutan. Son, en definitiva, esos elegantes señores que se juegan a la condición humana en una mesa de poder. Y determinan que, a la hora de erradicar vida, hay que ser prolijos y delimitan con precisión quirúrgica cómo reducir hasta la nada misma el territorio de cielo en el que los pájaros podrán ser felices.

Edición: 3714

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