Por Claudia Rafael

(APe).- “A Lucía nadie la mató”, concluyó desolada Marta Montero, la mamá de la adolescente. Si nadie la asesinó, Lucía murió de muerte natural. Acaso se suicidó. Tal vez tuvo un accidente. Pero lo cierto es que en la mirada del Poder Judicial ninguno de los hombres juzgados por estragar la vida de esa chica marplatense de apenas 16 años fue culpable de hacerle daño alguno a Lucía Pérez. Ni Matías Farías, de 23; ni Juan Pablo Offidani, de 41. Menos aún Alejandro Maciel, de 61. Farías y Offidani fueron condenados por venta de droga agravada por hacerlo a menores de edad y en las cercanías de una escuela. Y Maciel, absuelto de toda acusación.

Lucía murió de dolor. Murió por el reflejo vagal que generó el estrago atroz en ella. Sin embargo, para los magistrados no hubo violación. No hubo femicidio. No hubo crueldad. No hubo estrago. No hubo horror sobre Lucía. Sólo hubo venta de drogas para los jueces Facundo Gómez Urso, Aldo Carnevale y Pablo Viñasa del Tribunal Oral en lo Criminal 1 de Mar del Plata.

Lo ocurrido a Lucía Pérez en octubre de 2016 no es otra cosa que la prueba más feroz de la crueldad humana. Y la decisión de los señores jueces, marioneteros de los destinos en nombre del brazo judicial del Estado, no es más que la demostración de que no es posible un sistema judicial justo en un sistema de vida produndamente injusto. Sólo en ocasiones, hay ovejas desobedientes que se atreven a la osadía de enfrentar a los lobos del modelo.

“La justicia no existe”, dijo Marta Montero tras escuchar la sentencia. Y lo real es que no hay posibilidad de pensar que el aparato judicial de un estado creado para impartir ferocidad pueda actuar para llevar sosiego a las víctimas. Por eso las palabras de Marta Montero tienen la contundencia de la verdad: la justicia no existe. Porque no existe para los desarrapados. No existe para los débiles. No existe para las víctimas. No existe para las pibas de 16 años destrozadas en su historia y condenadas al no futuro.

El verdadero sosiego llegará para Marta Montero y Guillermo Pérez, padres de Lucía, en el largo e infinito sendero de caminar su dolor junto a tantos otros. La venenosa telaraña de quienes imparten injusticia sólo será resquebrajada por el grito social que deviene del abrazo colectivo. Sólo de allí, en las calles, nace la justicia.

Edición: 3760

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