Por Alfredo Grande

Dedicado a Quino, humorista implicado

(APe).- Desde la corriente teórica y política del análisis institucional se hace énfasis en la denominada “génesis social”. Mientras que los cultores de las diferentes formas de la cultura represora, desde la derecha extrema, el fascismo de consorcio, el retroprogresismo y las izquierdas institucionalizadas, hacen palanca en efectos y resultados, los combatientes contra todas las formas de la cultura represora hacen palanca en las causas y los procedimientos. Como decíamos en el barrio, una trompada de loco puede noquear, pero eso no te da patente de boxeador. La toma del aparato del estado por la cultura represora, el debate sobre el asesinato de un policía, deriva en la necesidad de usar las pistolas taser. Acuerdo en que con esta policía hasta darles escarbadientes es peligroso. Pero el énfasis de cómo te reprimo mejor desaloja la necesaria reflexión sobre cuál era el abordaje psicoterapéutico de un paciente con graves trastornos de la personalidad.

Cuando Macri, siendo jefe de gobierno de la ciudad, el 26 de abril de 2013 entró a los balazos al Hospital Borda, con pacientes, legisladores y profesionales heridos y logró el vellocino de oro de la impunidad. Pocos años después fue elegido presidente. Recuerdo que en un acto de repudio que se realizó el día domingo y en el que participé invitado por mi amigo y compañero Oscar Ciancio, dije que Macri era fascista. Pero no solamente. También mencioné la complicidad de la socialdemocracia.

Un genio es portador de diversas genialidades. Entendiendo por genio a aquel que perfora el sentido común de una época. La genialidad del genio es inmortal. Mafalda fue la creación de Quino. Pero como creador, sabe que su creación lo sigue creando. E inventando. Y como todo invento, de otros inventos viene. “De la nada, nada viene” escribió Pasteur en su polémica contra el sentido común de la época que afirmaba la generación espontánea de la vida.

“El creador de Mafalda, el argentino Joaquín Lavado Quino, asegura que la joven protagonista de sus tiras cómicas es hija del ambiente familiar en el que se formó y está inspirada especialmente en su abuela comunista. En una entrevista al diario italiano La Republica, el dibujante afirma que en su casa había siempre discusiones entre su abuela, comunista, una mujer muy simpática con un gran sentido del humor, y el resto de la familia, que era republicana. Ella era un cómic viviente” (Agencia EFE)

Yo diría que Mafalda había logrado una ceremonia de resucitación, al decir de Vicente Zito Lema, de una comunista que era su abuela. Mafalda no era una niña comunista. La genialidad del genio fue distribuir en cada entrañable personaje la crítica y lo criticado. Y digo crítica y no reproche, porque el pensamiento crítico aclara y no oscurece, y el reproche termina en castigo. Mafalda sostenía un pensamiento crítico e irónico. Es una militante del humor permanente. Solamente un niño puede decir que “el rey está desnudo”. Y que la cultura burguesa, tapada de visones, armiño y lamé, tenía que ser desnudada. Pero había dos claves en esa estrategia. Una me la anticipó mi padre. No estuve de acuerdo, pero debo mencionarlo porque Quino lo afirma. “una cosa inteligente dicha por un adulto no tiene ninguna gracia, mientras que si la dice una niña todo cambia". La misma cultura represora que trató siempre a niñas y niños como infradotados, no tenía defensas frente a la penetrante lucidez de Mafalda. Apenas una lamentable escapatoria que consistía en reírse por no llorar. Y menos pensar.

La clase burguesa, en sus trincheras del privilegio, consumía las historietas sosteniendo el credo de: “no soy yo, sos vos”. Comunismo en tiras cómicas, divertido y tierno, apto para todo público, donde la bronca se disuelve en sonrisas y risas. El sueño del alquimista que buscaba cambiar el plomo de los mandatos por el oro de los deseos. Mafalda paría deseos, alegría, creatividad. Pero la genialidad del genio era que ese logro excepcional no se hacía negando la realidad represora, sino afirmándola en su trágica dimensión.

Mafalda siguió siendo Mafalda porque logró cambiar el mundo, sin que el mundo lograra cambiarla. Y digo Mafalda porque la pienso como un analizador político y estético que Quino inventó para darle voz a la voz de su abuela. O sea: la voz de generaciones que lucharon, combatieron y fueron asesinados por enfrentar a los designios macabros de la cultura represora. Mafalda es la voz de los chicos del pueblo. Los mismos a los cuales la genialidad de Alberto Morlachetti los descubrió como sujetos políticos.

Laura Taffetani señala: “Cuando se habla de infancia se habla sobre el proyecto de país, lo que convoca al futuro son los chicos. Es por esto que cuando se planteaba “con ternura venceremos” e “infancia es destino” -que eran las dos consignas que convocaban al Movimiento en sus orígenes- tiene que ver con esto de que uno está planteando un modelo de país, un modelo de sociedad. Es cuando plantea una forma de darle lugar a esa infancia y es lo que una sociedad capitalista no permite”.

Hay un hilo que fácilmente puede ser visible uniendo a Quino con Alberto Morlachetti. Una niñez tierna, pero no boba. Una niñez crítica enfrentando el enlatado con que la cultura represora perfora las ideas.

Freud escribió que “sorprende a la inteligencia natural de un niño con la estupidez de un adulto promedio. Es como si la cultura vendara la cabeza en la infancia y le impidiera crecer”. Mafalda no tenía vendas en su cabeza. Los chicos del pueblo, descubiertos como sujetos políticos, tampoco. Y decimos política como intervención y transformación de la cultura represora. Mafalda, como la revolución, seguirá siendo nuestro sueño eterno. La antorcha revolucionaria siempre será tomada por nuevas manos. Nunca se apagará ese fuego. Tenemos muchas formas de prenderlo. Lamentablemente, no pocos tienen diferentes formas de apagarlo.

La bisabuela comunista de Mafalda no conoció a Alberto Morlachetti. Pero como hay vida después de la vida, en el Paraíso Rojo tendrán tiempo de encontrarse. Y estarán de acuerdo con que infancia es destino cuando la dimensión de lo político deja de ser patrimonio de adultos con vendajes en la cabeza. Quino seguirá dibujando cuando los mariscales de todas las derrotas tengan la herencia del viento y del olvido. Y aunque la mala conciencia burguesa llore la partida de Quino, los revolucionarios del mundo sabemos que la niña pasionaria si algo no merece es llanto. Nos merecemos la alegría colectiva de que siempre habrá muchas bisabuelas comunistas, nietos dispuestos a perforar la cultura dominante, soñadores embriagados de ternura militante. Cuando el deseo, el amor y la alegría sean el oro cotidiano, la muerte será eternamente vencida.

Edición: 4091

 

Libros de APE