Por Bernardo Penoucos

(APe).- Siete pibes, siete meses: ¿siete expedientes? La Comisaria 1° se encuentra en pleno centro de la ciudad bonaerense de Pergamino y comparte manzana con el Palacio Municipal. En esa dependencia estatal ardieron como en la Inquisición los cuerpos y las historias de 7 jóvenes detenidos que, como es costumbre institucionalizada, no tenían condena y esperaban el Juicio.

Sergio Filiberto, Fernando Latorre, Franco Pizarro, Alan Córdoba, Juan José Cabrera, John Mario Carlos y Federico Perrota gritaron, golpearon el óxido corroído de las rejas y suplicaron a más no poder pero nadie escuchó. El fuego avanzó impune y devoró los colchones pobres de la celda, colchones que no eran ignífugos, como marca la ley. Entonces ardieron las paredes y los pibes se fueron llorando en ese calor insufrible, en esa última desesperación y en ese destino escrito y preestablecido que el sistema les reparte a los nadies.

Antes del fin, uno de los chicos alcanza a escribir desde algún celular: "Mamá vení rápido, nos van a matar. Están prendiendo fuego la Comisaría". Pero fue tarde, tarde para ellos y tarde para las familias que hoy, a 7 meses, insisten en que lo sucedido forma parte de una masacre más perpetuada por el Estado.

Como en la masacre el Pabellón 7°, como en la masacre de Magdalena y como en la cotidiana y tortuosa cotidianeidad de las cárceles bonaerenses, la muerte llegó temprano: muerte inducida, sueños matados.

La raíz etimológica de la palabra Pergamino procede del griego Pérgamo, antigua ciudad ubicada en el noroeste de Asia Menor, allí se inició el uso y la preparación de pieles de res que, despojadas del vellón y estiradas, servían para escribir sobre ellas. Gracias a esto, en Pérgamo como antes en Egipto, se escribieron los primeros libros.

Accidentes del tiempo, porfiadas casualidades o sentido histórico: milenios después, en Pergamino, también se estira la piel y se escribe sobre su lomo. En las espaldas rojas de los 7 pibes se dibujan las letras de la desidia y los textos de la desmemoria, pero en las manos incansables de sus madres están las otras letras, en estas letras se nombra a los muertos con nombre y apellido y el accidente se convierte en masacre y la masacre en rostros y los rostros en personas y entonces los descontratados tienen por fin quien los llore, quien los regrese y quien los reclame.

Edición: 3451

 

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