Por Carlos Del Frade

(APe).- -Ese es un indio de porquería, un negro más– escuchaba Ester. Lo decían por su hermano, Antonio, integrante del pueblo mocoví de la localidad de Recreo a muy pocos kilómetros de la ciudad capital del segundo estado de la Argentina, Santa Fe.

Una y otra vez escuchaba esa feroz marca de racismo. Entonces el hombre que iba a decidir si le daba unos pocos pesos, le preguntó a ella:

-¿Vos no tenés nada que ver con ese indio Antonio?.

-No. Solamente tenemos el mismo apellido y nada más, señor…

Muchos años después, Ester cuenta que sintió mucha bronca por tantos años de discriminación y necesidades. Que por eso ahora, junto a Antonio, pelean por los derechos de la comunidad Com Caiá. Pero reconoce aquel momento de negación de su propio hermano como una forma de conseguir algo de parte de las autoridades blancas de una de las provincias más ricas del país del sur del mundo.

Caminan juntos y llevan en sus memorias muchas historias de dolor y desgarro, consecuencias de un saqueo que continúa aunque ya no tienen la prensa de 1992 cuando se cumplieron los cinco siglos de la conquista.

Son cien familias, aproximadamente, las que viven en ese pedacito de Recreo. No hay luz ni agua ni tampoco cloacas. Algunos animales sueltos y varias familias viviendo juntas en una sola casa.

-Durante doce años no hablé mi lengua madre, no hablé el mocoví. Sentía vergüenza de serlo. Nos arrancaron todo, incluso la raíz de lo que somos. Pero esa negación te hace un extraño incluso para vos mismo. Hasta que decidí que teníamos que pelear por lo que nos correspondía y nos juntamos para reclamar por una vida mejor – dice Antonio, el hermano de Ester.

Otra mujer de la comunidad dice que siempre pisó barro y que ya está cansada. Que por eso hace política. Para dejar de pisar barro todos los días. Una razón elocuente y profunda, mucho más honda que cualquier análisis de circunstancia que pueden formular los funcionarios de las carteras de vivienda, sean municipales, provinciales o nacionales.

Una chica muy joven insiste en seguir estudiando pero también pide que alguien, alguna vez, repare en que faltan casas para su pueblo mocoví.

-Yo no soy importante, hablo en nombre de mi familia, en nombre de mi pueblo – dice Danisa y no puede dejar de emocionarse. Una emoción que, según imagina este cronista, está hecha de muchos momentos de dolor y también de cariño simple y concreto.
Todavía, dicen Ester y Antonio, existe el linaje entre el pueblo mocoví, el respeto por los abuelos y los que tienen el secreto de conocer las ventajas de las plantas y los animales del lugar.

Mientras muchas fuerzas políticas y gobiernos se llenan la boca con discursos a favor de la paridad de géneros y la no discriminación, miles de integrantes de pueblos originarios, como Ester y Antonio, sufren el castigo de los explotadores de siempre. No aparecen en televisión ni son motivo de paneles.

Sus hijas y sus hijos no terminan la secundaria y solamente reciben atención sanitaria tres veces a la semana. Si alguien se enferma en otra fecha, nadie puede asegurar que la vida seguirá para una mujer o un hombre mocoví en la riquísima geografía santafesina.

Ester y Antonio, integrantes de la comunidad mocoví Com Caiá de Recreo, insisten en su pelea por una vida digna. Sufren la discriminación y la explotación de parte de funcionarias y funcionarios que todos los días posan ante diferentes micrófonos condenando las distintas formas de exclusión.

Ellos, pisando el eterno barro, siguen caminando en contra de la corriente. Ya no sienten vergüenza de ser quiénes son, de saber cuánto les robaron.

Es hora de que a la vergüenza la sintamos nosotros.

Fuente: Entrevistas del autor, viernes 14 de julio de 2017, en Recreo, provincia de Santa Fe.

Edición: 3396

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