Por Silvana Melo

(APe).- Fumigar es delito. Hoy los tribunales de Entre Ríos condenaron a quien ordenó y a quien ejecutó la orden de regar con pesticidas el sembrado de arroz y maíz pegadito a la Escuela 44 de Santa Anita. Donde Mariela Leiva y sus alumnos concretaban cada día la utopía de amanecer. La Justicia, con ojos tapados a medias, miró de reojo a los niños del extractivismo. Los que se mueren por comer una mandarina, por chapotear en un dique de desagote, por jugar bajo una lluvia tóxica; los que se enferman, los que nacen con piel de cristal, los que crecen con el veneno en la sangre.  La Justicia, lenta y adormilada, había señalado en 2012 que no fue casualidad la lluvia envenenada sobre el barrio Ituzaingó Anexo, en Córdoba. La Corte lo ratificó hace pocos días.

Hoy la Justicia condenó pero por lesiones leves culposas y contaminación ambiental culposa. No hubo dolo, según la mirada institucional. Es decir, no hubo intención de envenenar el aire y el agua, de provocar vómitos y mareos en los chicos y consecuencias permanentes en la docente.

La Justicia condenó, como en 2012, al productor, al empresario fumigador y al piloto. Que es más o menos como encarcelar al cartero que trae malas noticias. La génesis sistémica nunca va al banquillo. Van sus peones, intercambiables. Fusibles de mercado.

Pero también es una muy buena noticia porque sienta precedente judicial: pequeños pronunciamientos que broten como la hierba en los pueblos de marginación sistémica podrán algún día hacer mella en los tobillos del sistema.

También es un fallo histórico: por primera vez un tribunal condena por fumigar en las narices de una escuela rural. Son 18 meses para los tres imputados, es decir, una condena excarcelable. Nadie pagará en una celda. Al piloto se lo inhabilitó por un año. Es decir, no puede apretar el botón que hace lluvia ácida durante doce meses. Después, es libre de seguir haciéndolo.

El Tribunal concedió lo mismo que pidió la fiscalía –también es un dato- y condenó a un año y seis meses al presidente de la empresa fumigadora de Villaguay Aero Litoral SA, Erminio Bernardo Rodríguez, al dueño del campo, José Mario Honecker, y al piloto del avión que aquel día de diciembre de 2014 los chicos de Mariela Leiva vieron llegar extasiados: César Martín Visconti.

Mientras tanto, los niños del modelo extractivo argentino seguirán pidiéndole cuentas a una justicia que, acaso, comienza a despertarse. Los niños del modelo extractivo argentino no tienen cara y sus historias se pierden en las fichas clínicas de los hospitales. Son los niños rehenes de un modelo económico y cultural que necesita arrancar de la tierra los recursos vitales, quitarle el alimento de su panza y la vida de sus insumos esenciales. La Justicia suele ser, en estos casos, una diva mirando hacia su marquesina, sin venda ni balanza, pendiente de su ombligo de clase.

Sin embargo hay pequeños cimientos, casi imperceptibles. Que van armando los pies de lo que está por construir. Los niños, los docentes de Agmer, las escuelas fumigadas, las Marielas Leiva, los movimientos, las luchas, señalan el camino.

Edición: 3452

 

 

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