Por Raúl Zibechi
    Fotos de Guernica: Pablo Piovano
  (APe).- "Sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario." La frase del Che fue sentido común en los 70, un período que muchos militantes toman como referencia. Pero a menudo se la olvida, se la partidiza y se utiliza a favor o en contra de las posiciones políticas que se defienden en cada situación. La ética no puede funcionar según la conveniencia del momento. Quien haya visto arder las casillas de las familias que ocuparon el predio de Guernica, no puede sino sentir indignación, y rabia. Quien haya mirado el impresionante despliegue policial/militar, cuatro mil efectivos armados, no puede sino recordar a la dictadura.

Creo que los hechos de Guernica marcan un momento de viraje en la política argentina. El Estado, la derecha macrista, el progresismo, los medios, la justicia y las clases medias y altas, de un lado, casi sin fisuras. Por ese lado, nada nuevo.

¿Del otro lado? Podría decir que están las organizaciones populares, pero sería mentir, mentirnos. Sin embargo, salvo un puñado de excepciones, predomina un silencio ensordecedor, cuando no un ensayo de justificación de la represión. El argumento más usado, y abusado, es que ciertos partidos de cuño trotskista impidieron un acuerdo y manipularon a los vecinos que ocuparon el predio. Un argumento tan mediocre como el silencio ante la represión.

Una posición que se repite una vez y otra en voz baja, que a veces ni siquiera se dice, es que los pobres son guiados, para el bien o para el mal, por dirigentes de clases medias, por políticos profesionales, por curas e iglesias, por quien sea con tal de negar que ellos y ellas piensan con cabeza y cuerpo propios, con razones o sinrazones, pero que no se limitan a seguir como corderas a ningún mandamás. Llama la atención que quienes defienden ideas anti-coloniales, piensen que los pobres no son sujetos, sino arcilla en manos de encantadores de serpientes.

No quiero seguir por este camino, porque no aporta mucho a quienes se comprometen con los pueblos. Quiero reflexionar en otra dirección: qué nos falta, que nos faltó, para sacar adelante el sueño de una tierra de dignidad donde construir nuestras viviendas. Ello me lleva a recordar la primera ocupación organizada en América Latina, La Victoria (Santiago de Chile), de la que se cumplieron 63 años un día antes del desalojo de Guernica, extraído del libro “Territorios en resistencia” (2008).

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La noche del 29 de octubre de 1957 un grupo de pobladores del Zanjón de la Aguada, un cordón de miseria de 35.000 personas, de cinco kilómetros de largo y cien metros de ancho en el centro de Santiago, se dispuso a realizar la primera toma masiva y organizada de tierras urbanas. A las ocho de la noche comenzaron a desarmar sus casuchas, juntaron tiras de tela con las que cubrir los cascos de los caballos para evitar el ruido y, siguiendo las consignas, reunieron “los tres palos y la bandera, algunos enseres y frazadas” con los que habrían de crear la nueva población. Sobre las dos y media de la madrugada llegaron al lugar elegido, un predio estatal en la zona sur de la ciudad.

“Calladitos fuimos llegando a nuestra meta. Nos sentíamos como los judíos arrancando de los nazis: la oscuridad nos hacía avanzar a porrazo y porrazo. Con las primeras luces del alba, cada cual empezó a limpiar su pedazo de yuyo, a hacer su ruca e izar la bandera”, recuerdan algunos participantes de la toma.

Al predio elegido de unas 55 hectáreas confluyeron columnas salidas de varias poblaciones hasta sumar en la mañana del día 30, unas 1.200 familias. El “campamento” resistió la acción policial para desalojarlos y las familias comenzaron a construir la población. Desde el primer momento los pobladores definieron por sí mismos los criterios que habrían de seguir, lo que provocó un enfrentamiento con los técnicos del Estado. La construcción de la población a la que denominaron La Victoria, fue “un enorme ejercicio de auto-organización de los pobladores”.

La primera noche se organizó una gran asamblea en la que se decidió crear comisiones de vigilancia, subsistencia, sanidad y otras. En adelante todas las decisiones importantes pasan por el debate colectivo. El segundo, es la autoconstrucción. Los primeros edificios construidos por los pobladores fueron la escuela y la policlínica, lo que refleja las prioridades de sus habitantes. Para la escuela cada poblador debía llevar quince adobes: las mujeres conseguían la paja, los jóvenes hacían los adobes y los maestros los pegaban. Comenzó a funcionar a los pocos meses de instalado el campamento y los maestros no cobraban. La policlínica empezó a atender a los vecinos en una carpa hasta que se pudo construir el edifico, de la misma manera que se levantó la escuela. Dos años después de la toma, La Victoria tenía 18 mil habitantes y algo más de tres mil viviendas.

La “toma” de La Victoria conformó un patrón de acción social que iba a repetirse durante las décadas siguientes, y hasta el día de hoy, no sólo en Chile sino en el resto de América Latina, con pequeñas variantes. Consiste en la organización colectiva previa a la toma, la elección cuidadosa de un espacio adecuado, la acción sorpresiva preferentemente durante la noche, la búsqueda de un paraguas legal en base a relaciones con las iglesias o los partidos políticos y la elaboración de un discurso legitimador de la acción ilegal. Si la toma logra resistir los primeros momentos en que las fuerzas públicas intentan el desalojo, es muy probable que los ocupantes consigan asentarse.

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Hasta ahí un apretado relato de aquella legendaria toma.

Creo que el mayor contraste con la situación que hoy vivimos, en buena parte de las luchas, consiste en la organización previa, y en la organización a secas. En el caso chileno que comento, hubo una larga preparación apoyada por militantes cristianos y comunistas. Lo cierto, es que cuanto más organizados estemos, más criterios colectivos habremos construido, mayor nivel de conciencia y preparación ante la represión.

Me gusta pensar con ejemplos gráficos: en el campo de concentración donde vive el pueblo pobre, allí donde no hay derechos ni justicia, el menor error te cuesta la vida y la posibilidad de fugar, derribando las alambradas. Si no comprendemos que vivimos en campos de encierro, con alambradas y garitas con ametralladoras, confiaremos en la justicia, nos empeñaremos en cambiar al jefe del campo cada vez que nos convocan a votar, y así.

Organizarnos en la base. Preparar y planificar antes de actuar. Aún así pueden derrotarnos, pero si estamos organizados podemos seguir la pelea en otros lugares. Sólo organizados podemos ejercer la autonomía colectiva de las y los de abajo.

Edición: 4114

 

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