Por Silvana Melo

(APe).- Pocos conceptos son de tan compleja y arbitraria definición como el peligro inminente. Tanto el peligro en sí mismo, como la inminencia. A tal punto se expande la arbitrariedad que para una ministra el peligro se encarna en un mapuche o en un escapado de la villa que se atrevió a pisar la vereda del sol y a usufructuar la luz de los elegidos. Y la inminencia pasa por arrebatar filamentos de esa luz. O sol de esa vereda. Y llevárselos para el aguantadero donde se aguanta. El agite y el faso. El sitio de marginetas y lumpenaje. La vida se aguanta. La de los que no merecen andar vivos. Y si se puede se aniquilan, así como se corrió en estos tres días locos a la gente de la calle, sin nombre ni domicilio. Sin vida propia ni carne viva para echar al piso.

El protocolo del Ministerio de Seguridad es el protocolo de la victoria. Porque fue el gatillo cómodo, el gatillo ligero el que se alzó victorioso con el aplauso de la comunidad en general. Que no sabe ni quiere saber ni imagina ni le importa que mañana pueda convertirse en su propio peligro inminente. Y que las balas que deseó a los desnombrados le rocen un día en la nuca porque el peligro es tan amplio y la inminencia tan democrática que le puede calzar a cualquiera.

Y es el triunfo de la Seguridad ministerial, de la ideología de las armas fáciles, de los victimarios que se ponen gorra de justicieros, piel de víctimas y disparan de puro gusto, de convicción, de asco o de miedo. El protocolo es el mismo que la Seguridad fue amasando en la visita a los gendarmes que atacaron a los pibes murgueros de la 1-11-14, pero a los pibes no. En la recepción a Chocobar mientras la justicia lo acusaba. Y recordaba que el hombre y la ministra construyen sentido sobre una mentira: el policía no se defendió de nadie sino que disparó por la espalda a quien huía. Ahora está protocolarmente avalado. Pero como las normas no son retroactivas, probablemente sea condenado a la vez que le caiga la medalla al cuello. Contradicciones de la ilegitimidad legal. Que ampara a la muerte fácil y expedita.

El protocolo del té de noviembre con Carla Céspedes, la mujer policía que mató por la espalda a un hombre que escapaba, desarmado, después de robar un super chino.

El protocolo que se terminó de amasar en los días del G20, armados los patovicas oficiales hasta los dientes, tanques y blindados ecuménicos para mantener lejos a la carne humana. Que tanto inconveniente provoca.

El protocolo oficializado ayer deja hacer. Dispone para las policías y etcéteras la amplitud del peligro inminente como quiera comprenderlo. Aunque puede deducirse con cierta fatalidad hacia dónde apuntará la peligrosidad y la inminencia. Al brazo armado del estado se lo habilita a disparar en defensa propia, para impedir un delito, para realizar la detención o para impedir la fuga. Lo único imprescindible es la existencia del peligro inminente. Que es definido, en más o menos palabras: cuando se actúe bajo amenaza; cuando el presunto delincuente posea un arma letal, aunque después se compruebe que era de juguete; cuando se crea que el sospechoso pueda tener un arma letal; cuando se esconda; cuando pueda matar, aun sin armas; cuando se fugue. El protocolo deja la línea grave entre la vida y la muerte en manos de una máquina de suponer. Con el dedo en el gatillo.

La imagen del peligro inminente parece clara para los suponedores y los alquimistas de la presunción: suele ser moreno, joven, niño casi, marginal, sin nada que perder. Y nada que ganar. Suele ser habitante del exilio, de las intemperies, de las noches suburbiales. Suele ser indeseable, revulsivo, candidato puesto a la aniquilación. A formar parte de aquellas infanterías que van al muere en las guerras, en las crisis, en las hambrunas, en las conquistas fondomonetaristas, en los protocolos de la Mega Seguridad. Con una resistencia tan escasa, que el gesto ministerial ni se altera.

Alguna vez, acaso, la inminencia del peligro les sacudirá la calma. Cuando el peligro sea otro. Y la inminencia también.

Edición: 3766

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