Por Bernardo Penoucos

(APe).- El horizonte se nos cae y es desesperante el paisaje cuando lo real nos convida el horror de la muerte temprana, la gráfica obscenidad en la que un niño descalzo -siempre el niño- se llena la vista apoyando el mentón en la ventana trasera de un restorán repleto. Se nos cae el horizonte, se nos desinfla el futuro cuando en el loquero y en la cárcel los muros se agigantan para dar lugar a más sombra y tortura, a más panóptico e instrumentalidad de la razón dominante que terminará por separar a los locos de los sanos, a los ajustados de los desajustados, a los productivos de los improductivos.

Se nos comprime, se nos congela la sangre cuando se incendia el conventillo, se incendia el comedor y se incendia de nuevo la patria y el humo dibuja en la ribera las palabras y las cicatrices de los humildes, que son los humildes de ayer, que serán los humildes de mañana.

Corren tiempos oscuros, finitas garúas que mojan cartones y memorias, rostros y posibilidades. Las requisas vejatorias ya no son sólo en el pabellón del penal o del loquero de pobres sino también en la entrada de cualquier barrio, en la vereda de cualquier calle, en el corazón quieto de la ciudad a la vista y a la vergüenza de todos. Tiempos malos por conocidos, tragedias preconcebidas que se repiten, repartijas parias, reivindicación de la limosna, invisibilización de los derechos, retrocesos kilométricos en la historia de las reivindicaciones populares.

Pero hay también las respuestas, las resistencias creativas, los constructores de ríos subterráneos, los que vuelven a estar siempre cuando la mala aprieta y el hambre concreto se vuelve a presentar como una sombra enquistada, como un pasado actualizado, como una amenaza constante y cortante.

El horizonte se nos cae, pero ahí están las madrazas de los comedores, los referentes barriales pasando casa por casa para que ningún pibe se quede sin actividad. Ahí están, son ellas y ellos, enlodados y sudados, en zapatillas o en ojotas abrazando a los silenciosos, poniéndole agua a la olla para que el guiso rinda, barriendo el salón humilde en donde la hija del vecino festejará por fin sus 15.

Ahí están, son ellos y ellas, cuidando a los pibes de la policía, arriesgándose, poniendo el cuerpo de veras, sentados en las esquinas con ellos, apalabrándolos, conteniéndolos, acompañándolos, salvándole tantas veces la vida joven y llorando tantas veces la muerte temprana. Son ellos y ellas, no estarán en Intratables, no sentarán su culo en el mullido sillón de la comodidad y de la televisión, no tienen tiempo para menesteres tales, no tienen tiempo para andar vendiendo el tiempo.

No estarán allí, no, porque el horizonte se nos cae y ellos y ellas andarán juntando los pedacitos que se vienen abajo para que el techo no se nos caiga del todo y para que nadie se caiga del todo y si alguien rendido se termina por caer llegarán ellos mucho, muchísimo antes que las cámaras para tirarle la soga, para levantarlo, para convencerlos y para convencernos de que el horizonte, en realidad, todavía no se nos cayó.

Edición: 3496

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