Por Sergio Alvez

(APe).- “Apóstoles es frontera internacional” bromean los lugareños, por aquel antiguo chascarillo que en la región aún retumba, eso de que Corrientes es una república aparte. El fresco y caudaloso arroyo Chimiray, separa la ciudad de Apóstoles, de la correntina Colonia Liebig. Considerada la Capital Nacional de la Yerba Mate –por su gran cantidad de plantaciones-, Apóstoles es un tranquilo poblado del sudeste misionero, donde en albores del siglo XX, colonos galitzianos, polacos y ucranianos de nacionalidad astro-húngara, fueron poblando sus llanuras y serranías, iniciando una andanada demográfica que a la fecha alcanza las 40 mil personas.

La yerba y el mate, aquí son emblemas culturales y símbolos omnipresentes. Pero al igual que en el resto de la provincia, la yerba mate también representa -si se dirige la mirada hacia la cadena productiva y la forma de distribución de la riqueza que genera el cultivo- un símbolo de desigualdad y explotación. En Misiones, como advierten el Sindicato de Tareferos de Montecarlo, el placer de tomar mate sigue descansando en la esclavitud de miles de tareferos.

En Apóstoles, muchas de las familias que dependen de la tarefa, viven en uno de los asentamientos informales más grandes de toda la zona sur de Misiones: el barrio Chezny.

Se trata de una de las villas más pobladas de la la provincia y cuenta en la actualidad con 650 familias distribuidas en sus 22 hectáreas de extensión. Si bien el primer habitante arribó en octubre de 1989 –, la vecindad en su mayoría fue llegando especialmente en los últimos quince años. El vecindario fue creciendo en forma improvisada y sin servicios, configurando un mapa donde entre bañados y olerías, proliferaron las viviendas de madera, casi en su totalidad con pisos de tierra, letrinas, y en un contexto ambiental y sanitariamente muy desfavorable.

Hoy, pueblan el barrio familias numerosas, donde los sostenes de hogar mayormente son los hombres que trabajan en la tarefa, en la albañilería o haciendo changas. También, existe una zona donde están enclavadas varias olerías. Todos los días, es frecuente ver entrar al barrio, antes del alba, camiones que vienen a buscar cuadrillas de tareferos o changarines para trasladarlos a los yerbales u otros lugares de trabajo. El Chezny es básicamente, un barrio de trabajadores.

En el Chezny, desde hace casi una década late una experiencia comunitaria que empezó con un merendero para paliar el hambre de la gurizada y creció al punto de expandirse a otros barrios apostoleños, conformando en el andar una cooperativa, una huerta comunitaria, un espacio de mujeres, ciclos de formación y otras instancias organizacionales transformadoras.

Desde Avellaneda

Cuenta la historia que en los primeros meses de 2008, Eduardo García (33) y Andrea Aranda (40) vivían en una fábrica recuperada en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Habían llegado, como otros miles de trabajadores, en son de lucha y apostando a la reconstrucción de la solidaridad laboral y social tras la devastación de fuentes laborales que legó el torbellino neoliberal que azotó Argentina, en su versión más indisimulada, durante la década del noventa. La explosión social —con represión y matanzas incluidas— ocurrida en diciembre de 2001, fue la derivación social de esa coyuntura.

Aquellos años de compañerismo, de intercambio de experiencias constructivas, fueron tiempos de profundo aprendizaje para Eduardo, Andrea y sus hijos, donde incorporaron plenamente el sentido de la solidaridad horizontal, esa que enuncia Eduardo Galeano cuando afirma que “la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.
Al mismo tiempo, nació en ellos una necesidad de buscar horizontes más calmos, tomar distancia de esa urbe babilónica que es la llamada “gran ciudad”.

“Queríamos vivir en un lugar más tranquilo, salir un poco de la locura que es Buenos Aires. Teníamos familiares en Apóstoles, Misiones. Como no podíamos comprar una casa, nos vinimos a vivir al llamado barrio Chezny, un lugar donde no había agua potable ni luz, y nos levantamos una casita de madera” cuenta Eduardo.

“Este es un barrio de obreros, donde los camiones vienen a buscar a los trabajadores a la madrugada. Pero en épocas en que escasea el trabajo se siente mucho la necesidad y los chicos no pueden alimentarse debidamente. Los padres no dan abasto, (hay) chicos que pasan días sin leche, tomando mate cocido solo. Por eso surgió el merendero, por la idea de ayudar” cuenta Andrea.

Cooperativa

Así fue que el Merendero El Hornero se convirtió en un punto de reunión para muchas familias del barrio. De esos encuentros surgirían decisiones y acciones trascendentales, como la de conformar una cooperativa (El Hornero, de pleno funcionamiento con trabajadores del barrio), y dar rienda a las instancias de formación gratuita gracias a organizaciones y voluntades que se fueron arrimando al fogón. Una de estas alianzas se dio con otra cooperativa, en este caso del rubro comunicacional, La Rastrojera, lazo que derivó en la formación de niños y jóvenes del barrio que hoy realizan sus propios trabajos audiovisuales.

Siempre con el apoyo del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL), El Hornero expandió sus fronteras, tendiendo puentes a otros asentamientos de la ciudad, donde pese a las necesidades no existía organización entre vecinos. “Hoy en día estamos en 7 barrios de Apóstoles, y comenzando un proyecto en el vecino pueblo de Azara. En todos estos lugares hacemos merienda para la infancia. También hacemos huertas, olería, limpieza, reciclaje, fomentamos la organización” sostienen.

Otra impronta que cobró relevancia en los últimos años a partir del fortalecimiento de la organización fue un espacio de mujeres, donde se abordan las cuestiones de género y se participa de encuentros con otros colectivos, incluyendo el Encuentro Nacional de Mujeres.

Aspereza del presente

El presente, como para todos los espacios de resistencia y contención a la pobreza en el país, es áspero. El rebrote neoliberal ya pasa factura a las familias del Chezny y los demás asentamientos.

“Están viniendo muchos más chicos a los merenderos, tenemos familias que se quedaron sin trabajo en estos meses y la mano se está poniendo muy pesada. Esto nos obliga a redoblar la lucha porque el sufrimiento de las familias más humildes se acrecienta” afirman.

En esa faena están quienes sostienen la Cooperativa El Hornero y la experiencia social del FOL en Misiones, luchando por sostener lo construido y avanzar por más. Quienes deseen conocer más de este proyecto y porqué no, dar una mano, pueden contactarse a través de Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

Edición: 3365

 

 

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