Por Claudia Rafael

(APe).- Esperó pacientemente en la esquina de San Juan y Jujuy, en el corazón de la noche porteña. Cuando el semáforo se encendió de rojo, que se parece más a la sangre de la crueldad que a la revolución, él tomó la silla de madera vieja, amarronada y de apariencia endeble y cruzó por la senda peatonal hasta la mitad. Los surcos en su rostro hablan en silencio. Cuentan historias antiguas. De tiempos que ya no son.

Un gorro destejido por tramos, que dejaba asomar esos cabellos marrones y desparejos, le cubría parte de la cabeza. La ropa sabía a calle. Olía a calle. Humeaba a calle. O a esquina mojada. Apoyó las dos manos ajadas sobre el asiento y en un movimiento cansado desplegó un salto que lo elevó en una vertical que duró algunos segundos. Se bajó. Sonrió al público que miraba desde los autos y los dientes mostraron las oscuridades de su boca vacía. Equilibrista del destierro.

Hizo un gesto amable con el que inclinó levemente las rodillas y saludó entre los telones inexistentes de su teatro de quimera ausente. Recién ahí empezó a caminar entre los autos con la mano estirada. Podía tener 50 o quizás 60 ó 70. Imposible saber qué crónicas de ausencia y dolor le fueron estampando el alma y el cuerpo. Unos 10 ó 20 pesos le habrán arrimado un trago de calor y olvidos. Porque hay días en que la muerte está más cerca que la vida. Y en que el dolor gotea crueldad desde todos los rincones.

Me dormí imaginando su nombre. El, quien sabe, se durmió cabeceando recuerdos de una historia rota. Vagando por las calles, como escribía Scorza, hasta que los perros cerraron las alas sobre su corazón.

Edición: 3390

 

Libros de APE