Por Carlos del Frade

(APE).- Hay medio millón de páginas en Internet que hablan de la chatarra. Para los que viven en los arrabales del mundo, la chatarra y la escoria son sinónimos de basura.
Para los empresarios vinculados al acero y otros menesteres económicos, la chatarra y la escoria sirven para ganar dinero. Pasó con la chatarra y la escoria de los ex ferrocarriles argentinos que engrosaron los depósitos de la empresa Acindar, en Villa Constitución, en tiempos de la dictadura de Juan Carlos Onganía.

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Por Alberto Morlachetti

(APE).- La bella provincia de Misiones quizás sea un relato fantástico, una intrusión brutal del misterio en la vida real de los hombres, que se encuentran ante los inexplicables protocolos del tiempo: la muerte y sus vísperas. El 82% de los niños menores de 16 años se encuentran bajo la línea de pobreza y 256.000 misioneros -25% de la población total- se alimenta en ollas comunitarias y 120 mil chicos -en edad escolar- dependen de los comedores escolares. El rostro de la verdad es temible decía Unamuno.

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Por Sandra Russo

   (APE).- Las imágenes pudieron más que las descripciones: a través de los medios nacionales se las pudo ver, a esas veintiséis mujeres, hacinadas, agachadas, encogidas, humilladas, desarmadas, resignadas, abandonadas, encerradas en la caja de un camión frigorífico por la Gendarmería Nacional. El caso tomó estado público la semana pasada, merced a una denuncia realizada ante la Justicia Federal de Jujuy.

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Por Carlos del Frade

   (APE).- Emiliano Ruiz Días tenía diez años y vivía en Santa Fe de la Vera Cruz, capital del segundo estado argentino, el mismo que exporta casi cinco mil millones de dólares al año y en el que hay empresas que facturan dos mil dólares cada sesenta segundos. Emiliano Ruiz Díaz que tenía diez años y vivía en Santa Fe de la Vera Cruz se murió por hantavirus, una clásica máscara que suele usar la pobreza inventada en estas tierras de semejantes riquezas acumuladas en pocas manos.

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Por Sandra Russo

(APE).- Los chicos tenían entre seis y diecisiete años. Eran todos mapuches. Y pintaban con leyendas el paredón que rodea a la empresa Repsol-YPF en Neuquén. Una de esas leyendas sintetiza lo que esos chicos querían decir: “Repsol cree que la tierra le pertenece. Nosotros sabemos que pertenecemos a ella”. Esa leyenda traduce dos modos radicalmente distintos de estar en el mundo. Y de pisar la tierra.

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