Por Carlos del Frade

(APE).- Los incas las llamaban inti yaco a las aguas de nueve manantiales que emergían desde las profundidades de los volcanes en la zona de Rosario de la Frontera, casi doscientos kilómetros al sur de la capital salteña. Inti yaco quiere decir aguas del sol. La temperatura de esas aguas llega a más de noventa grados, dicen los sitios que por Internet promocionan las bondades de las termas de Rosario de la Frontera.

 

Hasta la vieja estación del ferrocarril, inaugurada por Don Hipólito Yrigoyen en 1921, lleva el nombre relacionado con las termas, Estación Baños.

Según la promoción turística, Rosario de la Frontera “es un lugar donde salud, paisaje y esparcimiento se reúnen en un ambiente de desbordante naturaleza para disfrutar a pleno, y en familia, de las mundialmente reconocidas aguas termales y sus propiedades medicinales”.

Por el Hotel Termas pasaron personalidades como Domingo Faustino Sarmiento, José Félix Uriburu, Bartolomé Mitre, Nicolás Avellaneda, Hipólito Yrigoyen; poetas como Belisario Roldán y Arturo Capdevila; Lola Mora y Tomás Anchorena entre otros.

El origen de tanta fama está en las entrañas de los volcanes. Desde casi cuatro kilómetros de profundidad fluyen nueve manantiales de aguas calientes. La historia oficial agrega que fue en 1880 cuando el doctor Antonio Palau, oriundo de Lérida, España, llegó atraído por la versión de las aguas, quien primeramente arrendó dos kilómetros a la redonda de los manantiales. Allí, Palau construyó una precaria edificación que se conoció como el primer pabellón de baños termales de Sudamérica. Luego se construyeron las primeras piletas y el antiguo edificio del primer hotel termal que se llamó “Martín García”.

Para que todo fuera perfecto, según la historia oficial del sistema, en 1893 se instaló en el mismo el primer casino de Sudamérica.

Hoy, en este crepuscular inicio del tercer milenio, las aguas curativas de Rosario de la Frontera siguen impulsando el turismo en la región, pero también presentan otras realidades.

A solamente siete cuadras de la Municipalidad de Rosario de la Frontera, doscientas cincuenta madres viven peleando contra las aguas malas que vienen por el zanjón que desemboca donde habitan junto a sus familias.

Le tienen miedo al dengue que puede ser transmitido por los permanentes mosquitos que pululan alrededor del agua podrida.

El barrio, donde viven alrededor de mil personas, se llama San Antonio y está poblado de casillas de chapa y madera en medio del agua que viene de la ciudad.

-Nosotros nos convertimos en el gran desagüe pluvial de la ciudad. Cada vez que caen unas cuantas gotas, un río de agua sucia y llena de basura se nos viene encima- le dice la presidenta del Centro Vecinal del barrio, Patricia Montserrat, a los periodistas regionales. En el fondo del zanjón, en sus zonas más profundas, las paredes tienen hasta cuatro metros de altura.

“Para evitar las inundaciones, los vecinos hicieron algunos terraplenes, que le dan a la zona la imagen de una gran trinchera de batalla. Sin embargo, el agua y la basura continúan carcomiendo el suelo y causando el derrumbe de al menos una vivienda por tormenta”, narra la crónica de los diarios.

Los chicos juegan entre los pantanos, entre los restos de las aguas malas de Rosario de la Frontera que no tienen tanta difusión como el negocio de las aguas termales.

En el barrio sostienen que la deserción escolar trepa hasta el 60 por ciento entre los chicos del zanjón, del barrio San Antonio.

-La verdad es que no se puede mandar a todos los hijos a la escuela. El dinero no alcanza. Hay que elegir entre unos y otros. Y los más grandes deben irse al campo a trabajar. Los chiquitos quizás puedan ir unos años, pero no sabemos si podrán terminar -apuntan los vecinos que pelean contra las aguas malas de Rosario de la Frontera.

Según un tal Alberto Martínez, secretario de Obras y Servicios Públicos de la Municipalidad de Rosario de la Frontera la ciudad no tiene desagües pluviales ni boca de tormentas.

En Rosario de la Frontera, en la misma geografía, mientras algunos disfrutan las bondades de las aguas termales, otros, muchos, padecen el desprecio de otros líquidos. Un desprecio cuyo origen no está en la naturaleza sino en ciertos intereses que continúan invictos en Salta, Salta la linda, como dice la leyenda.


Fuente de datos: Diario La Gaceta - Tucumán 25-10-05

 

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