Por Carlos del Frade

(APE).- El significado de las palabras está atravesado por los avatares políticos que sacuden a los pueblos que las pronuncian.

El término feliz apareció antes que la palabra felicidad.

Feliz se utilizó por primera vez en el año 1220 y significaba, según los investigadores en etimología, aquel que tiene dicha y entendimiento.

 

Dos siglos después, cuando el estado español estaba a punto de transformarse en el imperio español gracias a la explotación de los recursos humanos y naturales de América, surgió el concepto de felicidad.

Es interesante esta relación entre significados y momentos históricos.

Cuando España comenzaba su viaje hacia el Siglo de las Luces gracias a las sombras que multiplicaría en América, surgió la felicidad.

Aquella primera acepción del término era el “estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”.

Toda una definición para la vida cotidiana de los habitantes de un país que comenzaba a considerarse el centro del universo.

La felicidad estaba dada por la medida de posesión.

Cuanto más se poseía, más feliz uno era.

Esa fue la acepción del término felicidad en aquel siglo XV, el tiempo de la conquista, de la cruz, la espada, el oro y la plata americanos.

La medida de la posesión daba la medida de la felicidad.

En la tierra de la plata, Argentina, cinco siglos y chirolas después, si la felicidad se midiera por la cantidad de bienes que el pueblo es capaz de poseer queda claro que semejante estado de ánimo es para pocos, para muy pocos.

De acuerdo a los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, el aumento de la inflación desbarrancó a miles de argentinos al abismo de la pobreza y la indigencia.

Las cifras -oficiales y empequeñecidas- sostienen que hay 14 millones setecientos mil pobres en la Argentina.

Un número que se expresa en el 38,5 por ciento de la población.

Aquellos que difícilmente puedan complacerse con la posesión de bienes, según la primera castiza definición de felicidad del siglo XV.

“Y esto sucede porque las familias que están en el umbral de la pobreza o de la indigencia son mayoritariamente trabajadores "en negro", beneficiarios de planes sociales, jubilados y desocupados. Y esos sectores siguen sin empleo, tienen ingresos congelados o recibieron aumentos inferiores a la suba de los precios de los productos básicos”, apuntan los analistas de las claves que ofrecen la usinas oficiales de mediciones varias.

Los más castigados por el alza de los precios fueron, como siempre, los más pobres.

Ahora, a fines de 2005, se necesitan 824,5 pesos para gambetear la frontera de la pobreza y 385,26 pesos para no estar en el territorio de la indigencia.

Si la felicidad es la posibilidad de complacerse con la posesión de bienes, está claro que en la Argentina del tercer milenio solamente muy pocos podrán ser felices.

Con lo cual, como siempre, surgirá la vieja máscara que encubre al delincuente. Se dirá que el dinero no hace a la felicidad.

Vuelve a quedar claro, en todo caso, que la felicidad que suele otorgar el dinero está en pocas manos.

Que en la Argentina del siglo veintiuno el significado de las palabras también es propiedad de minorías.


Fuente de datos: Diario Clarín 06-12-05 / Diccionario Espasa Calpe / Joan Corominas, “Diccionario etimológico”, Madrid.

Recién editado

Libros de APE