Por Carlos del Frade

(APe).- La Plata es la ciudad universitaria de la Argentina.

Hay muchas más, pero su historia, su impronta en la crónica social y política del país le han dado con justicia ese mote.

Es la sede del gobierno de la provincia de Buenos Aires, el primer estado del país y la geografía que hasta la década del noventa también era sinónimo de cordones industriales poderosos y que generaban inclusión social.

 

La Plata también fue, alguna vez, la ciudad de los niños.

Esas tradiciones todavía pesan en la vida cotidiana de los platenses, siempre preocupados por los vaivenes futboleros de pinchas y triperos.

Pero como sucede en otras latitudes argentinas, el vendaval de saqueo estructural de los años noventa no fue reemplazado por algo mejor.

No hubo reparación de aquel tejido económico, social y cultural que daban sentido a la ciudad de los niños y la universitaria.

El trabajo, el nervio de aquella sociedad platense de los años setenta, sigue siendo algo precario, vinculado al presente y en muy pocos casos, al futuro. Hace rato que la estabilidad laboral solamente forma parte de los empleados estatales.

De tal forma, es difícil imaginar el presente y mucho menos el mañana de las hijas y los hijos de mayorías precarizadas.

“Quiso robar en el centro y cayó: tiene 8 años”, dice el título del diario “Hoy” y la noticia estremece por la edad del protagonista.

El problema es ponerse de acuerdo sobre qué tipo de protagonismo tiene un chiquito de ocho años en medio de una realidad hecha y deshecha por gente grande.

Para muchos medios, ese pibe de ocho años es un victimario y no una víctima de semejante estrago producido desde las minorías políticas y económicas de las últimas cuatro décadas.

Por eso el cronista decide no pensar, economizar inteligencia y se sube al discurso dominante: “Ya no importa el horario ni la edad para el delito; es indiferente si el ilícito se produce en plena hora de la tarde en el centro y es cometido por un nene. En estos días de inseguridad extrema, todo puede ocurrir. En esta ocasión fue víctima un comercio platense dedicado a la venta de ropa de mujer ubicado en 57 entre 12 y 13. Hasta allí se acercó un jovencito de apenas ocho años, quien asaltó a la empleada y se dirigió de inmediato hacia la caja, con el fin de agarrar la recaudación. Pero en ese momento, una señora advirtió la maniobra desde el exterior y le dio rápido aviso a otro comerciante de la cuadra, que se dirigió al local Los Otelos”, dice la crónica del diario citado.

El chiquito fue capturado, detenido y llevado a una comisaría.

Quizás alguna falsa conciencia podría quedar tranquila con la efectividad policial.

Pero el problema no está en el chiquito sino en los que fueron capaces de inventar una sociedad donde ese pibe no tuviera otro mejor presente que intentar llevarse algo de un local comercial.

En La Plata, ciudad universitaria, de diagonales y ex ciudad de los niños, hace rato que el concepto futuro parece reservado para pocos, para muy pocos.

La detención de un chiquito desesperado de ocho años es una clara señal de la urgencia de recuperar aquella geografía donde el trabajo estable de los padres hacía posible un horizonte mejor a los hijos.

Mientras la valentía solamente alcance para detener a un chiquito de ocho años, no habrá posibilidad de reconquistar todo lo saqueado desde hace tiempo.

El chiquito de ocho años es la cara visible del drama que se representa en el escenario del grotesco cotidiano pero el verdadero protagonista está oculto entre bambalinas, es el que da los cachetazos reales y dolorosos, como diría Enrique Santos Discépolo.

En la ciudad universitaria, falta todavía trazar la diagonal que vaya desde la conciencia del robo a la dignidad, esa estación en donde las pibas y los pibes de ocho años disfruten de la vida y no la padezcan.

 

 

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