Por Claudia Rafael

(APe).- Cuando Tito Ortega dirigió sus pasos al arroyo Tapalqué cargaba sobre sí esa angustia profundamente individual que lo llevó a fantasear con romper su vida entera en pedazos. Los vericuetos de esas aguas –a la vez pesadilla y oasis en Olavarría- lo atrajeron para ese deseo de sueño eterno. Tito tenía un revólver calibre 22 en la mano. Apenas una bala en la recámara.

Cuando su compañera tomó conciencia de lo que Tito podía hacer, llamó a la policía para que la ayudaran. Cuatro oficiales de la Comisaría Primera de la ciudad del cemento fueron hasta allí, en las afueras. Uno de ellos emergió como un Rambo, remera ajustada, posición de guerra, listo para el ataque voraz, de entre los pastos de las barrancas y a escasos cuatro o cinco metros de distancia le disparó al centro de su cuerpo. Tito, que había llegado hasta ahí con la fantasía del suicidio, terminó asesinado por un policía llamado Juan Coria. “Yo los llamé para que me ayudaran y me lo mataron”, dijo Yesica Medina, la mujer de Tito a APe. Y como ella, entre la desesperación y la angustia, se zambullía entre llanto y alaridos, los mismos policías la esposaron, la empujaron, la llevaron a la comisaría, le quitaron cordones, celular, dinero y la retuvieron ilegalmente por más de una hora. El más terrible pecado de Tito Ortega había sido la depresión y la angustia en una sociedad que, de una y otra manera, se empeña en hacer trizas la vulnerabilidad. El de Yesica Medina, en cambio, fue reaccionar ante el crimen del hombre que amaba.

 

“Razonable y gradual”

La respuesta descarnada del máximo jefe policial de la ciudad, comisario inspector Néstor Ordoqui, fue decir que se había actuado de forma “razonable y gradual”, que lo ocurrido era “un accidente de trabajo”. Y que ahora el oficial Juan Coria está atravesado por una “cuestión psicológica” porque “no es poca cosa lo que ha ocurrido y lo que está viviendo ese hombre”, que lo que hizo fue actuar para “evitar que esta persona sufriera una lesión grave”.

El destino de Tito Ortega, a sus 33 años, fue el de tantos en los márgenes profundos. Víctimas del criterio implacable del sistema de irrumpir entre los desamparados como nunca hubiera sucedido si Tito Ortega hubiera sido un joven hombre residente en un country o en Puerto Madero. Tito entraba a la perfección en la categoría de los parias urbanos (Loïc Wacquant), hijos de las desigualdades que emergen de las metrópolis y devoran a sus crías.

El mismo Loïc Wacquant plantea que el aparato penal del Estado “intenta invisibilizar los problemas sociales creados por la sumisión a la dictadura del `libre mercado`”. Y advierte que “estamos de vuelta en la violenta división característica del capitalismo salvaje de la época de Marx, excepto porque ahora éste opera a escala verdaderamente global, por lo tanto no hay escapatoria de los estragos que provoca”.

Esos estragos sólo se domestican con la multiplicación de las violencias dirigidas. Sin miramientos. Con el objetivo claramente direccionado.

 

Variantes

La historia de Tito, ésa que implicó para sus cuatro chicos de 7, 9, 11 y 13 quedarse sin papá, es una entre miles y miles. Tito se quería suicidar y, para evitarle ese destino cruel, simplemente lo asesinaron. Pero no es el único. Hay variantes que se dibujan como abanicos múltiples, en contextos diferentes, con otros nombres como protagonistas, con políticas férreas de tolerancia cero hacia los mismos sospechosos de siempre que se complementa con encierros masificados.

Hay variaciones libres para finales como el de Tito. Soledad Bowen, a sus 18 años, hacía cola con su hermana para ver un recital en el mes de agosto, en La Plata, y un policía la mató de un disparo mientras corría en una supuesta persecución. Y, Jorge Daniel Reyna, con sus 17 años, apareció muerto, en octubre, en la comisaría de Capilla del Monte. ¿Qué dijeron los policías? Simple: que Jorge se ahorcó con su propia campera en el calabozo. Pero Jorge no tenía marcas en el cuello pero sí en los brazos, en las piernas, en la cara. Pocos días antes, Jorge Daniel Reyna había denunciado que “a nosotros el cana nos manda a chorear para que quede bien el comisario del pueblo”.

Hay una omnipresencia pertinaz del Estado que se re-dibuja permanentemente según las circunstancias, según los contextos y según las conveniencias. Que se travestirá ante los ojos del modo apropiado.

“El Estado es parte de la producción de esta cadena de violencia porque fuerzas policiales participan en el tráfico de drogas, porque fuerzas policiales miran para otro lado en el caso de violencia sexual o participan de ésta (por ejemplo, policías comprando sexo oral a adolescentes del barrio), porque policías miran para otro lado cuando se denuncia violencia doméstica, porque policías no aparecen cuando hay violaciones en espacios públicos, porque la gente no los llama. Y por qué los va a llamar cuando los policías están haciendo “eso” con las adolescentes del barrio. Me parece que el estado en su corporización como fuerza policial aparece en todos lados en la cadena de violencia”, definió Javier Auyero en entrevista con APe.
No es un mero producto del azar que Juan Coria, el policía que disparó de lleno sobre el cuerpo de Tito, se haya recibido en el Centro de Formación Policial de la Escuela Juan Vucetich en escasos meses. En donde aprendió binariamente sobre derechos humanos, protección de víctimas y teoría del derecho, por un lado y, por otro, las zancadillas cotidianas a la vida de los otros en que confluirán “gatillo alegre” y “logia de los dedos en la lata” (Rodolfo Walsh).

La vida de Tito, como las de todos aquellos que siguen latiendo con rabia y desazón entre los que los quisieron, se fue en apenas un chasquido de dedos porque hubo un “accidente de trabajo” (dixit Ordoqui). Eventos necesarios en el eficaz ordenamiento de la arquitectura de las inequidades.

Accidente: “del latín accidens, accidentis. Lo que cae, lo que acaece o sucede ocasionalmente. Lo que cae hacia uno por casualidad. Los diferentes tipos de accidentes se hallan condicionados por múltiples fenómenos de carácter imprevisible e incontrolable”.

En este caso, Tito habría caído por casualidad en una suerte de destino de Juan Coria que –condicionado imprevisible e incontrolablemente- no tuvo otra alternativa que la de disparar a matar.

Cada 28 horas se produce en Argentina un accidente. Desde 1983 hasta la actualidad se produjeron más de 4000 accidentes fatales que robaron vidas, que hicieron trizas historias y amores, que destruyeron el rompecabezas de país y lo hundieron en la desmemoria.

Edición: 2575

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