Por Bernardo Penoucos

(APe).- Los 12 años de Facundo ya no son. La policía tucumana lo asesinó. La bala entró por la nuca mientras él, con un amigo, circulaba en moto. Se trata de otro niño que muere por una bala policial. El recuerdo del joven Rafael Nahuel, entre tantos otros casos, se vuelve a actualizar.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Tal vez Manuela ronde ya los sesenta y pico. Perdí la cuenta porque, después de todo, fue como un vientito de instantes en mi vida en los que compartimos la (mala)hechura de unos cuadernos en una cooperativa norditaliana. Allí trabajábamos inmigrantes africanos y sudamericanos sin papeles, jóvenes y adultos con vulnerabilidades físicas o neurológicas como Manuela, gente desarrapada sin más destino que el día a día. En un italiano chapuceado como era el mío, recién llegada, le expliqué a Manuela que en mi país había una canción que llevaba su nombre en diminutivo. Y se la enseñé. Después ella sonreía desde sus ojos un tanto extraviados y con un español también chapuceado cantaba -mientras pegoteaba tapas de cartón- que Manuelita era una tortuga y que se había marchado de un lugar para ella impronunciable (por eso de la j que los italianos invariablemente transforman en c) porque se había enamorado. Y ella, me regaló otra canción. Una que representaba otra Italia. Tan ajena a la berlusconiana, que en ese tiempo era un exitoso empresario televisivo, de obscenidades monetarias, o a la de la Liga del Norte, que espantaba ya con sus ideas de encierro a homosexuales, inmigrantes e italianos del sur pero que era todavía incipiente. Entonces Manuela empezó: “Una mattina mi son' svegliata, o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao. Una mattina mi son' svegliata e ho trovato l'invasor…”.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Varias décadas atrás, demasiadas, vi en el cine la película Gunga Din. Rebelión de los adoradores de la diosa Cali contra los ingleses. Obviamente, los buenos eran los ingleses, siempre limpitos, blanquitos, simpatiquísimos, y los malísimos eran los fanáticos adoradores. Negros, sucios, perversos, asesinos, en fin, un asco. El personaje central era Gunga Din, un hindú que ayuda a los ingleses para vencer a los rebeldes. Muere en combate, pero muere en la gloria de su graciosa majestad. El final de la película mostraba un primer plano del rostro de Gunga Din con su turbante hindú, y henchido de orgullo, haciendo la venia. Un anticipo de lo que fue robar y asesinar para la corona. Cualquier corona. Incluyendo las coronas democráticas y electivas.

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Por Silvana Melo

(APe).- Que jueguen a lo que quieran. Que no acepten por nada del mundo que las llenen de muñecas y les veden los autitos y las pelotas. Que no escuchen los cantos de sirena. Que sean sordas a los mandatos. Que no se dejen endulzar los oídos por los hipócritas. Que se sienten como quieran. Que no se callen si les dicen gordas. Que no guarden la angustia en la panza. Que se vistan como quieran. Que se pongan short, pollera larga, mini, jeans o túnica. Nada habilita a nadie a meterse con su cuerpo. Ni la mini ni la túnica. Que nos las maten ni las vivan.

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Por Silvana Melo

(APe).- Los 51 niños en adopción devueltos entre 2016 y 2017 en Ciudad de Buenos Aires son el número oficial que enmarca una tragedia: la cadena de abandonos y confiscaciones que sufren los niños suburbiales del sistema. La apropiación de los cuerpos en su máxima fragilidad ha sido un ADN de la historia. Hasta que en 1948 el peronismo aluvional redondeó la primera Ley de Adopción, los niños eran apropiados sin marco legal por las familias ricas, atados al destino de institucionalización y sospecha vitalicios del Patronato o víctimas de la caridad de las Damas de Beneficencia, intocables al menos hasta la proverbial puteada de Evita. La apropiación de los vientres de la pobreza –que se empeñan en producir niños en pie a pesar de los mil obstáculos saltados por mil proezas- deja las puertas abiertas de la selectividad. Con la adoptabilidad como única política pública y no como medida excepcional, los niños son adquiridos como productos de perfumería y son devueltos cuando muestran la falla. El sistema es un inmenso outlet de niños.

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