Por Carlos del Frade

(APe).- “Kiki” tiene un poco más de tres años y es probable que dentro de unos meses pase a una cuarta familia. El caso tiene una profunda repercusión en la provincia de Santa Fe, en especial en la ciudad capital, donde una familia solidaria quiere adoptar a él y su hermanito. Pero las leyes que superaron la idea del patronato y otras rémoras del siglo diecinueve, en el afán de no institucionalizar al niño, depositan en una jueza la decisión del destino del chiquito. Los tiempos, tanto de las distintas reparticiones del poder ejecutivo como del judicial en el estado argentino no parecen jugar a favor de la psiquis de “Kiki”. En el medio, los discursos altisonantes dan cuenta del supremo interés del niño y, al mismo tiempo, revelan el oprobio de las instituciones que deben cuidar a las chicas, chicos y adolescentes alejados de sus familias de origen y la pequeña estatura de los números del presupuesto oficial, verdadero tamaño de la importancia política que se le da a la niñez.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Un jugador de fútbol que supo tener su tiempo de fama dijo una frase que quedó impresa en la memoria colectiva: “Toco y me voy”. O sea, daba un pase y se corría, esperando la continuidad de la jugada. Pero no se iba de la cancha, apenas de la zona caliente donde se desarrollaba en ese momento el juego. La convocatoria a la movilización del día miércoles tuvo a mi criterio, esa modalidad. Tocamos y nos vamos. O sea: lo tocamos al Gobierno, y luego nos vamos. Incluso a negociar con el mismo que tocamos. Si nos deja.

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Por Silvana Melo
     

        (APe).- #otra más y esta vez es niña y la vida vuelve a desencajarse, quebrada la cadera de la esperanza y muerta Celeste por mujer y por 14 años y por chiquita y asomando a un mundo que la esperó con hachas y colmillos.

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Por Bernardo Penoucos

(APe).- Ya lo dijo Eduardo Galeano: mientras los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de plomo amenazan a los niños de la calle. Así los días que corren, las muertes que vemos, los rostros que fueron. Se agranda y ensancha la grieta que come la tierra y deglute a los pueblos. Más acopian los pocos, más hambre se come a los muchos.

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Por Claudia Rafael

(APe).- La villa le dejó la huella de la historia en las costuras de su cuerpo. Primero, la Santa Rita, de Boulogne. Después, la Carlos Gardel, de El Palomar, allí donde desde los cinco años gambeteó una pelota que más tarde lo depositó en Independiente, River, Boca, el Valencia o el Real Zaragoza. Y lo hizo defensa central en la Selección. Fernando “el Negro” Cáceres tiene 49 años y desde hace ocho le pelea a la vida desde una silla de ruedas. Sabe que la historia le forjó un destino que podría haber sido otro. Mucho antes de esa silla. Mucho antes de los esfuerzos de este presente de ponerse en pie y ordenarle a su cerebro que entienda que caminar le es posible. Fernando sabe bien que podría haber tenido destino de residuo olvidado, de gangster indigente de narinas destrozadas.

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