Por Claudia Rafael

(APe).- Las nueve muertes de la comisaría de Esteban Echeverría son muertes por goteo. Carlos Corvera tenía 25 años y murió esta mañana. Su delito: robar una cortadora de pasto. El jueves 15 eran cuatro los muertos; al día siguiente, dos más y el domingo y el lunes se sumaron una víctima más cada día. Son esas muertes que no importan. Que no cuentan en la radiografía de la sociedad del bienestar. No se ven. Y si no se ven, no existen. Son “los que sobran”. Los nadies que van formando ejércitos de descartados. Los que no escandalizan y, si no escandalizan, no duelen. Pasan. Son trasladados desde la morgue al territorio impune del olvido.

Cuando el ministro securitario Cristian Ritondo declaró en septiembre que “yo prefiero a los delincuentes amontonados y no liberados” no deslizó sutilezas. Agregó números: 42.000 presos en el Servicio Penitenciario Bonaerense y 4000 en comisarías. Con un detallecito: las plazas para detenidos en la provincia son 32.000. No hay que ser muy duchos en matemáticas: están sobrando 14.000.

Los exactamente 4052 presos en comisarías se turnan y dividen entre los 1020 camastros repartidos entre los calabozos. Como sea.
Si en 1983 eran 7589 los detenidos en el territorio bonaerense, hoy son cinco veces y medio más. Una curva creciente que se fue incrementando a la vez que crecían las prácticas de control social y disciplinamiento que, obviamente y a las claras según los resultados, no acabaron con el delito. Ni con aquellos contra la propiedad (que acumulan más del tercio del total) ni –mucho menos aún- los de guante blanco. Esos que jamás (o apenas contados con los dedos de una mano) son objeto de un juicio y, menos todavía, de condenas. Pero que nunca son colocados en estos depósitos de hacinados.

Lo que pasó en la comisaría de Esteban Echeverría siguió una práctica de manual. Versiones policiales que entremezclaron intento de fuga y motín. Y, ya cuando las llamas irrumpieron, sobrevino el corte de luz y de agua de la policía. Y aquella frase repetida como ecos imparables: “van a morir como las ratas que son”. Ratas. ¿Acaso son otra cosa los descartes que sucias ratas que deben ser concienzudamente empujadas a la muerte?

¿Cuántos casos hacen falta para probar que una práctica es sistémica?

Comisaría 3° de Esteban Echeverría: 9 muertos hasta ahora. (noviembre 2018)

Comisaría 1° de Pergamino: 7 muertos. (2017)

Alcaidía de Catamarca: 4 muertos. (2011)

Comisaría 1° de Quilmes: 4 muertos (2004)

Unidad Penal de Magdalena: 33 muertos (2005)

Comisaría 7° de Corrientes: 3 muertos (2006)

Comisaría de Orán: 4 muertos (2006)

Precinto 5 de Córdoba: 7 muertos (1999)

Penal de Olmos: 4 muertos (1999)

Penal de Olmos: 35 muertos (1990)

Comisaría del Menor de Formosa: 8 muertos (1989)

Los rostros, las historias, las edades están en los baúles de las memorias de quienes los quisieron. Nada más. No hay lugar para lo que sobra porque cada muerte es reemplazada por una nueva muerte y así hasta el infinito.

No escandalizan y, menos aún, cuando transcurrieron 12 días desde que las llamas devoraron vidas y las muertes se fueron multiplicando. De a poco. En medio del silencio que fue siendo llenado por otras historias. Porque siempre hay algo más importante que el descarte.

Carlos Corvera fue excarcelado la semana pasada mientras su vida se iba desmembrando. Mientras respirar, para él, ya era como subir el Aconcagua o cruzar a nado el océano Atlántico. Y ahora ya ingresó en los cofres planificados de la desmemoria social e institucional.

Edición: 3762

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