Por Alfredo Grande

A la memoria de mi padre, Enrique, y de mi madre, Monona, que me hicieron médico.


(APe).- Hace muchos años, en realidad hace algunas décadas, era columnista de un programa de radio. Se llamaba Tiempo con Voz. Mientras yo decía algunas cosas que se me iban ocurriendo, me interrumpió la conductora para informar que había sido baleado el médico torturador Bergés.

Debo hacer una breve reseña de quién era, porque no pocas veces el “nunca más” se acompaña del “no me acuerdo”. Jorge Antonio es un ex médico de la bonaerense condenado por delitos de lesa humanidad.(*)

Cuando escuché, micrófono al aire, dije: ¡Qué alegría! ¿Lo mataron? La periodista, horrorizada, me preguntó, siempre al aire: “Alfredo, vos sos médico ¿Cómo podés desear una muerte?”. Entonces le expliqué que justamente por ser médico, había estudiado muchas cosas desagradables. Materias tétricas. Pero ningún docente jamás me enseñó a torturar a presos. Y que si Bergés era torturador, era su esencia más profunda. A muchos militares les enseñan a torturar. En diferentes academias. Amplían sus tendencias psicopáticas y perversas y los transforman en bestias insaciables.

Bergés fue autodidacta. Por eso entró en la policía de la bonaerense. Y estoy convencido, como el título de una película argentina, que la bestia debe morir. Tiene el 666 marcado en su cuero cabelludo. En otro tiempo, otro contexto, otra situación, los discípulos de Bergés han retomado la práctica de la tortura. En “La izquierda diario” leemos: "La asociación civil Encuentro de Profesionales contra la Tortura realizó una conferencia de prensa este lunes y dio a conocer la denuncia realizada el 22 de marzo pasado ante la Asociación Médica Mundial (AMM), por “Falta Ética grave en ejercicio de la profesión a los médicos involucrados. Fueron denunciados así por su actuación ante el caso de “Lucía”, la niña de 11 años víctima de violación, a la que mantuvieron más de seis semanas internada, negándole el acceso a la interrupción legal del embarazo.”

La ética médica fundante es: primero no dañar; segundo, aliviar el sufrimiento. Hicieron exactamente al revés. La conocida Médicos Sin Fronteras es una organización de acción médico humanitaria. Médicos con Torturas es una organización, quizá no formalizada aún, de ayuda médica no humanitaria. El delirio exterminador de las “niñas madres” tiene como fundamento la mutilación del deseo en la niña púber. No solamente tendrá que parir con dolor, sino que tendrá que desear con terror. Estos Médicos con Torturas son inquisidores, pero tienen matrícula, guardapolvo blanco y estetoscopio colgado cual crucifijo. La canallada va por dentro. La objeción de conciencia no es más que un cobarde camuflaje que intenta ocultar la crueldad de cómo ejercen su profesión.

Recordemos que la crueldad es la planificación sistemática del sufrimiento. No es un rechazo visceral ante la sexualidad de una niña. En todo caso, es un rechazo visceral a su propia excitación inconfesable. Transformada en una concepción intelectualizada sobre lo que se debe hacer, cuando se debe hacer, sobre el mandato de la maternidad, sobre el disvalor del deseo. O sea: una teosofía reaccionaria y profundamente destructiva. No quieren curar: quieren castigar. Y matar aquello que pretende ser escuchado: sálo el deseo engendra vida.

Verdugos de toda alegría, de todo amor, de toda bienaventuranza. Son femicidas por goteo y por derrame. No quieren dos vidas. En realidad, lo que anhelan son dos muertes. Obviamente, con esos médicos tengo algo muy personal. Recuerdo cuando me recibí, mi hermana me regaló un cuadro con este texto atribuido a Esculapio: “si te juzgas pagado lo bastante, con la dicha de una madre, con una cara que sonríe, porque ya no padece, con la paz de un moribundo, a quien ocultas la llegada de la muerte, si ansias con hacer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, entonces, ¡hazte médico, hijo mío!”

Estos médicos con tortura se recibieron de médicos, pero nunca, nunca, nunca, se hicieron médicos.

Edición: 3853

(*) Jorge Antonio Bergés participaba directamente en las torturas, como en el caso de Jacobo Timerman, a quien le sostuvo la lengua para que no se ahogara mientras lo torturaban. Fue responsable de los partos de las secuestradas embarazadas, entre las que se encuentra Silvia Isabel Valenzi, que continúa desaparecida. Había sido condenado por la Cámara Federal a seis años de prisión por ser autor de aplicaciones de tormentos aunque fue liberado por la Ley de Obediencia Debida. Adriana Calvo lo reconoció en 1984 como quien la maltrató en el Pozo de Banfield después de que ella pariera en el auto que la llevaba de la Comisaría Quinta de La Plata a ese centro clandestino de detención. La obligó a limpiar la placenta y el piso de la sala. Relató en su testimonio el nacimiento de su hija Teresa y los partos de otras mujeres que siguen desaparecidas: Isabella Valenzi, Elena de la Cuadra y Eloísa Castellini. “Me impresionó cuando me contaron que Eloísa había tenido su bebé en el suelo del pasillo. Yo creía que lo mío había sido lo peor, pero le dije a ella que lo suyo era peor. Me acuerdo que me dijo: ‘Adriana, no te equivoqués, a mi hija la recibió una compañera’”, relató Calvo en su testimonio.
Adriana Leila Calvo nació en 1947, cinco años más tarde que Bergés y murió en diciembre de 2010. Fue docente universitaria e investigadora. Fue detenida-desaparecida y sobreviviente. Luchadora incansable.

 

Recién editado

Libros de APE