(APe).- A treinta años de la sanción de la Convención de los Derechos del Niño, es la misma infancia la que denuncia desde la propia vida lejana a la aventura de pan y chocolate (Alberto Morlachetti) que está todo por hacerse. Con ocho millones de niños en la pobreza y un futuro desangelado que no permite florecer la esperanza, no hay niños en construcción como sujetos políticos transformadores de su propio destino. Sino sujetos de derechos, lectores y aspirantes de una lista abundante colgada en las instituciones a las que asisten. Ajena, en la generalidad, a su día a día.

En noviembre de 2002 la Marcha por la Vida del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo llegaba al Chaco. Alberto Morlachetti decía: “la Convención de los Derechos del Niño asegura a todos los chicos el derecho a la vida: familia, escuela, salud, vivienda y la ternura del pan. El no cumplimiento de estas leyes implica una violación a la Constitución Nacional. Esas bellas palabras están lejos de nuestras vidas: 7 de cada 10 pibes viven en la pobreza. Marchamos porque ser niño ya no es un barco de papel, ni una aventura de pan y chocolate. Porque ser niño pobre da nombre a su destino: prostitución, droga, cárcel. O ser asesinado en cualquier esquina de la pobreza”.

Un año más tarde, a 14 años de la Convención, Alberto escribía “En el lejano país de la intemperie”. Esta es la matriz de esa nota que, 16 años después, puede suscribirse hasta el último adjetivo. Hasta la más profunda sutileza.

(APe – 19 de noviembre de 2003 – Por Alberto Morlachetti).- El dilema jurídico que enfrenta la llamada civilización posmoderna, tal vez ya no sea el de la lucha por la sanción y vigencia formal de las leyes, sino el de la viabilidad o inviabilidad de los derechos consagrados en ellas. Mientras las Constituciones y las Convenciones Internacionales pregonan una cosa, los rostros humanos dicen algo diferente. El recrudecimiento del hombre en tanto que desecho, va siempre acompañado de un recrudecimiento de los derechos del hombre, sostiene Baudrillard.

Los pobres de hoy, a la vez que ascendidos al status de sujetos de derechos humanos fundamentales, carecen de lugar y función en la sociedad: son "deportados", obligados a emprender una fuga del mundo de la que nadie regresa con la misma mirada que se llevó. Como ateridos regimientos de fantasmas a la hora de la siesta, los destinatarios de la Convención de Naciones Unidas sobre Derechos del Niño recorren las calles tirando de sus carritos cargados con los despojos de una felicidad ajena y descartable.

El hombre-residuo de nuestra época sólo será merecedor de un segundo de piedad en cuanto sujeto-objeto de consumo masivo. La Convención de la O.N.U. suele emerger de los portafolios de los expertos cuando alguna fugaz investigación periodística descubre y olvida, con dudoso asombro y facilidad, la existencia de la prostitución infantil en la Argentina u otro tema igualmente escandaloso.

No es descabellado preguntarse entonces, si esta civilización productora de "desechos de nacimiento", de objetos que envejecen sin haber sido utilizados jamás, empecinada promotora de lujosos fósiles en ruinas, no estará ornamentando su desaforada lujuria con la sanción de derechos implantados en medio de la miseria, como deslumbrantes edificios de cristal destinados a morir sin haber sido habitados.

(...) La lectura a contraluz de la Convención sobre los Derechos del Niño, en el actual paisaje histórico y social, puede interpretarse como la descarnada cartografía de la crueldad contemporánea. Los pobres de la edad media, sostienen los historiadores de la miseria, conocían su papel y su función en el orden social, desde el momento en que ofrecían a los otros la posibilidad de ganarse la salvación por medio de obras de caridad. Los nuestros, desplazados de una civilización que no cree en las almas, habitantes clandestinos de su propia pieza en la tierra descalza donde los han parido, ni siquiera sirven para eso.

El no lugar de los padres se transmite a los hijos como un vacío en la boca del estómago. Una bandera de harapos cada vez más raída viaja de mano en mano, mientras buena parte de la sociedad reclama su derecho a participar en la discusión de nimiedades. Algo nos hace pensar que la vida está en el exilio, allí, en las cicatrices de los mapas, donde hombres y niños nacen y mueren preguntando sus nombres.

La batalla iniciada en el siglo XVIII por la proclamación de los derechos humanos parece estar llegando a su fin. Nadie dudaría que la promoción y protección de los mismos es cuestión prioritaria para la comunidad internacional, como lo documenta la Declaración y Programa de Acción de Viena de 1993; sin embargo no quedarán estos mecanismos de la ingeniería jurídica congelados en el vacío de su infactibilidad, como lujoso testimonio de nuestro elevado bagaje instrumental en contraposición con nuestra humillante impotencia vivencial y transformadora de la realidad.

El contraste entre los discursos y el hambre, entre la Convención y la vida es un contrapunto entre dos idiomas sin prójimo que se llaman en vano. Separándolos, crece una ausencia de espacio, un infinito desierto que no existe. Es la frontera de los dolores ajenos el umbral de lo otro, el basural donde nuestras alegrías descartables se convierten en escenografía del fracaso. Es el mundo donde viven nuestros niños, donde los vientos cuentan historias increíbles de chicas de diez años que se compran por un peso. Es el lejano y limítrofe país de la intemperie, donde nunca nadie debería haber nacido y del que nadie vuelve con la misma mirada que tenía.

Edición: 3987

 

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