Por Carlos del Frade

(APe).- María era muy joven y su panza daba evidencia de los ocho meses de gestación. A pesar de los números del DNI, la carita de la piba estaba agrietada por la dureza de tantos años sin trabajo estable y siempre extranjera de lo que llamaban los derechos sociales o las leyes laborales.

No pudo terminar la secundaria pero no abandonaba su viejo sueño. Como tantas otras chicas de la zona sur rosarina, empezó a buscar el mango casi con desesperación. El pibe con el que había convivido algunos meses, José, de Echesortu, una noche se fue cuando se enteró de que iba a ser papá.

En el mediodía del día de nochebuena, María estaba en un bunker, encerrada por fuera y con apenas un agujero en la pared desde la cual vendía y cobraba. Sabía que en el techo había otro muchacho cuidando que nadie se animara a quedarse con el puesto de venta pero no sabía ni cómo era su cara ni tampoco su nombre.

Trabajar de vendedora de falopa era la único que había pintado después de años de ir de un lugar a otro, de aprender a armar currículum vitae y anotarse en cuanto plan aparecía en las oficinas municipales, provinciales o nacionales. Le prometieron ochocientos pesos cada tres días pero no cobraba ni la mitad de lo prometido.

Ese bunker era peor que un establo.

Eso sí. Parecía tener garantizada su seguridad. La policía ya había cobrado la mensualidad, alrededor de doscientos mil pesos, así que los problemas no vendrían por ese lado. María, cada tanto, se recostaba sobre la silla de plástico que le habían dejado.

No tenía ni un retrete, apenas una lata. Casi prisionera, casi esclava. Al otro día, quizás, saldría en los diarios como una “adolescente narco peligrosa”. Doce horas tenía que aguantar en ese lugar.

Se movía mucha merca. Pero María acariciaba su pancita pensando en el niño que nacería dentro de un mes.

Cuando sintió las primeras detonaciones no sabía bien de qué se trataba. Solamente sintió mucho miedo. Se acurrucó en una de las esquinas de esa pieza semiconstruida o semidestruida y abrazó fuerte el vientre palpitante que era lo único verdaderamente suyo. Rompieron la pared con una maza y la apuntaron con fusiles con miradas láser o algo así. Eran uniformados de negro y con los rostros tapados. Le gritaron que eran gendarmes y le exigieron que le dieran toda la “merca” que estaba vendiendo.

María apenas estiró el brazo izquierdo para mostrarle que el polvo blanco y la marihuana andaban entre el piso y el aire como consecuencia del reventón de la pared.

Que la mesa donde estaban los ravioles era, en realidad, los huecos de esa pared que ya no existía por la brutalidad de los gendarmes.

Uno de ellos, educado en esos valores de fascismo patriarcal que suelen reciclarse con llamativa facilidad en democracia, le pateó el vientre y le gritó “puta narquera” y ella, a pesar del miedo, lo miró a los ojos y le replicó: “Sos tan bruto como cobarde”.

Fue entonces que sintió las contracciones. Fuertes, dolorosas, constantes.

Uno de los tipos se dio cuenta que la “narquera” iba a ser mamá en ese momento.

En medio del polvo blanco, casi una hora después del “exitoso allanamiento”, en una parte de la geografía del Saladillo, nació el bebé de María.

Le llamaron Jesús, el niño nacido en una rantifusa pero real navidad blanca en los restos de la ex ciudad obrera.

Su vida fue una síntesis de violencias impuestas por minorías pero también de esperanzas, resistencias y presentes distintos y mejores. Como aquellas que hablan de la noche de reyes, la multiplicación del vino y la extraña crucifixión que sufrió en las tierras de los trenes que ya no pasan…pero esas crónicas continuarán…


FUENTES: Allanamientos de abril de 2013 en la ciudad de Rosario; legajos de la justicia federal rosarina sobre el trabajo esclavo en los “bunker” o “kioskos”, entre 2012 y 2019; “El negro Jesús de Saladillo”, el autor de esta nota, escrito en 1995.

Edición: 3909

Recién editado

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