Por Claudia Rafael

(APe).- Siempre habrá que dormir con un solo ojo, como un gigante alerta. Pero la victoria está ahí. Al alcance de la mano. El viento brujo del cañaveral y los hondazos de sueños de cada uno de los canales mendocinos –como sabiamente los define la zamba- salieron a la vera de los caminos en defensa del agua. El pueblo mendocino en las calles volvió a torcer el brazo del poder político connivente con las megamineras. En una pugna por el agua que no cesa. Que ya es larga en el tiempo y que ha tenido grandes hitos -como el de lograr antes de este final de 2019 la derogación de la ley 9209 que abría nuevamente las puertas a la utilización del cianuro, el mercurio y el ácido sulfúrico en la minería- pero que siempre está ahí. Con las garras de las multinacionales dispuestas a lanzar sus zarpazos en los momentos menos esperados. Y las asambleas por el agua lo saben. Lo intuyen. Lo avizoran todo el tiempo.

El lobby megaminero es tenaz. Y tiene tentáculos que todo lo abarcan. Intentan contaminar las luchas. Despiertan los demonios escondidos en los escritorios y en las oficinas. Inventan idiomas que buscan convencer de miles de trabajos que llegarán para quedarse y que nunca son. Saturan los oídos de silbidos de sirenas dispuestos a encantar a los trabajadores sin empleo, a los padres y madres desocupados, a los obreros sin palas ni martillos.

Porque a pesar de verse obligado, a contramano de sus deseos, a votar por la derogación, el senador Alejandro Abraham fue claro y representó, seguramente, lo que otros no se atrevieron: “No estamos derogando una ley, sino una posibilidad de tener trabajo, de que los empresarios se queden en nuestra provincia”.

Pero los pueblos han sabido desde siempre que el agua es sagrada. Como los cerros que la cobijan. Y que las megamineras sólo traerán acequias de venenos y ya no cantos con una historia de duendes de agua para poblarnos la piel de tonadas. Y saben bien que al irse olvidarán sus ríos cianurados y sus napas infectadas de ácidos.

Lo saben porque ya lo vivieron los ríos Jachal, Potrerillos, Blanco, Palca y Las Taguas, en San Juan, cianurados con metales pesados, sales y cobalto que se distribuyen democráticamente desde las redes domiciliarias.

Lo saben porque la historia ha sido testigo de cómo las megamineras buscan el agua pura como maquinarias rabdomantes devoradoras de la vida y se instalan en las orillas de los ríos. Y se devoran millones de litros de agua dulce por día, uno de los bienes más escasos de la tierra, mientras hipotecan la entera vida de la infancia.

Habrá que dormir semidespiertos. A sabiendas de que el monstruo de mil tentáculos siempre estará allí. A la espera de distracciones. Pero la victoria fue posible. Sólo porque la calle tuvo la potencia de los que resisten. Colectivamente. Y de pie.

Edición: 3914

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