Por Silvana Melo
(APe).- Ya se han muerto ocho, nueve, diez, quién sabe cuántos. Quién cuenta a los niños que se mueren en la profundidad del chaco salteño. Y se seguirán muriendo sin preguntar dónde fue a parar el presupuesto millonario que los gobiernos provincial y nacional condescendieron para CONIN, la fundación contra la desnutrición que preside el opus dei Abel Albino, luchador contra todo derecho tangible. Se seguirán muriendo mientras se discute cómo se paga una deuda que a ellos siempre les costará la vida. Se seguirán muriendo mientras que de las canillas de un pueblo de Santa Fe sale agua con veneno. Se seguirán muriendo mientras el Ministro de Ambiente se reúne orgullosamente con José Luis Gioja, socio del cianuro para generaciones de niños de Jáchal. Se seguirán muriendo ahí donde el país se cae y nadie ve a los originarios y a los pobres que se quedan desnudos y sin bosque cuando pasa la tala y desmonta 1.200.000 hectáreas en 10 años y asesina a cientos de hambre, de sed, de olvido y de desprecio.

Se seguirán muriendo ahí donde no hay agua y los niños se mueren deshidratados en los veranos feroces y entonces la Ministra de Salud dice no es la primera vez que se mueren los niños en esta época del año y todos le saltan a la yugular, pero no hace más que decir la verdad. Porque no hay agua en las comunidades, la sequía es un infierno, les quitaron el monte, las aguadas, la humedad natural y el ciclo que alimenta los ríos. Y no el que los enfurece de pronto y los inunda después de diez meses de sequía. No hay agua y cuando se la traen es en bidones de glifosato. Lavados, claro. Bidones de glifosato.

La ministra dice la verdad desde el escritorio con dispenser y aire.

Mientras tanto, de una canilla de una casa de familia en María Juana, Santa Fe, científicos de la Universidad del Litoral comprueban que sale atrazina. Un herbicida prohibido en la Unión Europea en 2004, del que se sospecha que puede ser disruptor endocrino y carcinogénico.

Los niños toman agua de la canilla de la agroindustria en Santa Fe.

En 2015 Juan Manuel Urtubey creó el Ministerio de la Primera Infancia. A través de un convenio de presupuesto abultado, colocó en manos de Abel Albino la atención de la salud en los confines. Según medios salteños, para Albino y su cohorte médica el hambre se fundaba en que los originarios tenían relaciones como animales. Sin dudas aplicó toda su ideología pre medieval en las comunidades. Les contaminó los espíritus y el aire. Para colmo, con presupuesto.

Y se siguen muriendo, desesperadamente.

El Ministro de Ambiente se reunía en estos días con José Luis Gioja, presidente de la Comisión de Ambiente del Partido Justicialista (esto existe…). Y decía hacerlo con orgullo. Gioja, abogado espiritual de la Barrick, socio del cianuro de Jáchal, enemigo temible del agua cuyana.

Los niños de San Juan toman agua de la canilla de la megaminería.

Mientras tanto se discute el pago de la deuda. Que tomó la inmoralidad que se pasea hoy como si nada, presidiendo fundaciones de la gavilla internacional. Una deuda que les cuesta la vida y les costará la vida a las niñas y a los niños del norte profundo y olvidado. Donde no hay agua ni posnet para tarjetas alimentarias, donde no llegan los funcionarios ni Marcelo Tinelli ni Narda Lepes ni el Consejo Federal contra el Hambre.

Si llegaran, sería un acting mediático para la foto. Nada más.

Y la deuda se pagará, como siempre. Con sus vidas. Y tantas otras.


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