Picadas, represión y un helado de chocolate

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Por Silvana Melo

Foto: Juano Tesone (Clarín)
   (APe).- La primavera andaba golpeando puertas por ahí el domingo en Laferrere, corazón de La Matanza. A las cuatro de la tarde Thaiel y sus padres iban a cruzar la ruta 21 para ir a la heladería. Una suerte de acto inaugural de una primavera que ya sopla panaderos en los barrios más populosos. Pero dos autos que celebraban la muerte en una picada clandestina acabaron con todo. Thaiel no pudo transitar septiembre hacia la vida. Y el estado, en su brazo armado, no controló, no miró, no vio. Pero después reprimió la reacción popular. Con el coraje que inyecta la victoria de su reclamo salarial con armas largas.

El estado suele ser una masa amorfa que cobra impuestos, sostiene como puede la salud pública en medio de la explosión del virus, no logra un tributo único a los prósperos en medio del desastre y concede aumentos salariales a punta de pistola.

Pero no controla la organización oscura de picadas en una ruta que cruza un pueblo, en plena pandemia. La policía, su brazo armado, miraba hacia otros nortes justo en el momento en que el Vento y el Corsa pasaban a velocidad extrema. Dormían o se habían predispuesto a no ver. Su trabajo preventivo fracasó estrepitosamente. La ausencia del control del estado es una factoría de la muerte.

Thaiel tenía seis años y murió bajo las ruedas de la indolencia y bajo la impasibilidad del estado. La policía de la provincia de Buenos Aires no pudo o no quiso mirar. Ni ver.

Esta semana la familia y los vecinos cortaron la ruta 21. Hicieron visible el dolor y la rabia. Si el estado no los ve en el territorio, acaso los vería por TV. O por las redes. O por streaming.

Pero los reprimió la policía. La misma que no vio ni miró. Que no pudo o no quiso. La que puso en vilo las instituciones cuando se plantó a cortar calles con armas largas y cachiporras y, como no había quien reprimiera, logró inmediatamente su exigencia. La fuerza tiene más éxito que los rostros lastimados de médicas y médicos, de enfermeras y enfermeros depositando la vida en terapia por poca plata. Pero sin 9 milímetros.

A Thaiel, en medio de tanta ruindad, se le arrancó la vida. Que tenía sabor a chocolate y frutilla, como ese helado al que no se llegó. Pero que lo esperará, a él y a todos los niños de esta vida rota, en una esquina donde nada se derrite y nada se muere.

Edición: 4080

 


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