Vida y muerte en un pibe fisura

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Por Silvana Melo
  (APe).- Un flaco fisura de 15 años irrumpe desde la villa 31 e intenta robarle la bicicleta soñada a un fisioterapeuta en avenida Madero. Lleva un arma el chico. Y aprieta el gatillo cuando el hombre resiste. Lo aprieta por miedo, por impulso, porque está jugado. La bala entra en el cuello y desangra. Se muere un hombre absurdamente. Y se muere un chico de 15 años. Porque esa vida ya no lo era antes y lo será menos ahora, carne de institutos y cárceles para adolescentes, réplicas perfectas de las que tendrá que fatigar después.

Los buitres de la política y de los medios que acumulan la supremacía de la opinión –ésos que publican la foto del pibe, con un sentido tan clasista de la ética-, aun con el cuerpo tibio del hombre asesinado, clavaron los colmillos en la yugular de una infancia y adolescencia marcada y destruida durante décadas. Y volvieron sobre la urgente necesidad de imputar penalmente a los niños. Cuanto antes mejor. Apenas una especulación político partidaria. No más que eso. Los niños y adolescentes de la fisura social están presos en sus cárceles a cielo abierto y tantas veces mueren y a veces también matan. Cuando matan van a parar con sus huesos a los basureros que el sistema guarda para ellos. Y allí se desarman. Y se convierten en aquello en que la maquinaria de aniquilación quiere que se conviertan.

Siete de cada diez pibes son pobres (dos millones y medio de ellos pasan hambre cotidianamente) por la responsabilidad de dirigentes que repiten sus caras en las boletas durante décadas y pontifican, ellos y sus sucesores, sobre dolores que no comprenden. Que a la hora de mirar a la infancia es para prepararles su colegio privado o encerrarlos en cotos de donde no salgan: sus barrios, sus villas, sus cárceles para adolescentes condenados de origen.

El secretario de Justicia y Seguridad porteño, Marcelo D'Alessandro dijo que el balazo que disparó el pibe fisura que salió de la villa 31 (que es el barrio Mugica pero fundamentalmente es la villa 31) “nos lleva a preguntarnos por qué un menor de 15 años está dispuesto a robar y matar a una persona” y "anda con un arma en la cintura y es capaz de matar porque sabe que no tiene consecuencias. Lo más probable es que vuelva a delinquir". Ese camino era una ruta fluida hacia la baja en la edad de imputabilidad. Lo que no entiende D´Alessandro es que el chico de 15 que salió de la villa no se puso a pensar a éste lo voy a matar total la edad de imputabilidad me favorece y no voy a ir preso. El chico de la villa apretó el gatillo por susto, por miedo, por voluntad esmerilada por el paco, porque no tenía nada que perder. Ni vida ni muerte que perder.

En la provincia de Buenos Aires los homicidios provocados por adolescentes en 2019 fueron el 5,97% de los totales. En 2020, el 6,48. En la Ciudad Autónoma, en 2019 fueron el 4%. En 2020, el 6%.

No son los chicos los peligrosos. Los que matan son una minoría. Tal vez por eso la ministra de Seguridad de la Nación dijo que había que pensar en medidas preventivas más que punitivas. Y su par de la Provincia fue directo a su tobillo filosófico y le asestó que no hay dudas de que hay que bajar la edad de imputabilidad. Supuestamente comparten la misma fe partidaria.

En la CABA, donde el chico de 15 años salió de la villa y mató a un fisioterapeuta armenio por una bicicleta, se presentó el presupuesto educativo más bajo de los últimos diez años. Por ahí se ajusta en estos tiempos. Por el único camino que puede conceder una llave –oxidada, vieja, pero llave al fin- para abrir el portón vedado del porvenir. La escuela y el trabajo. Unicos organizadores de una vida condenada a los confines sistémicos. A morir o matar como únicas alternativas. Aturdidos en las esquinas, buscándose en el faso y la birra la anestesia para el alma.

Edición: 4132

 


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