CUIDADANIA y la nueva guerra del cerdo

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Por Alfredo Grande
(APe).- Hace muchos años, incluso algunas décadas, estaba hablando con mi hijo menor. En un momento de la charla me dijo: “escucháme Alfredo”. Sentí una luz cegadora. “¿Cómo Alfredo? – le pregunté realmente sorprendido. Me contestó: “¿acaso no te llamás Alfredo? ¿Cómo tengo que decirte?” Respondí en forma inmediata. Un grave error. “Papá, obviamente”. Me miró fijo, quizá anticipando la próxima jugada. “¿y vos como me decís?”. Me di cuenta que en dos jugadas había jaque mate. “Fede” contesté en piloto automático. “Bueno, contestó mientras atacaba al rey con la torre, decime hijo”. Irrefutable. Me di cuenta que las relaciones de parentesco también son una forma de expresar relaciones de poder. El parentesco era de abajo hacia arriba, y de arriba hacia abajo era el nombre propio. Incluso un apodo. Es probable que racionalmente lo supiera, pero que afectivamente lo negara.

La cultura represora tiene mecanismos de producción y reproducción que la razón revolucionaria y libertaria ignora. Ignorancia que no es no saber. Ignorancia es sostener conductas represoras a pesar de saber. “Es más fuerte que yo” “De carne somos” “La cabra al monte tira” “De cuna le viene al galgo ser rabilargo” “Siempre habrá pobres entre ustedes”. Múltiples refranes que señalan un determinismo inevitable. Muchos de estos aforismos han sido pulverizados por mis aforismos implicados. Bécquer nos enseñó que las obscuras golondrinas no volverán. Pero los buitres, y no solamente los fondos, sino también los frentes, siempre volverán. Y la mayoría ni siquiera se van.

El turismo de capitales es una puerta giratoria que al igual que el senticomún reaccionario dice de los delincuentes, entran y salen por la misma puerta. Puerta que algunos llaman Banco Central. Desde la fábrica estatal de sentido común, se impone un neologismo represor: cuidadanía. O sea: movilizar en clave de humor bizarro el fondo culpógeno para deslizar el mensaje que se pretende instalar: si te contagias es porque no te cuidaste. Amenaza edulcorada. No cumpliste los mandatos de la conciencia social. Sentite culpable si le hacés caso a la gilada. De lo contrario serás castigado con la ira de dios en la forma de un virus.

Ese mismo mensaje está producido, distribuido y financiado por un Estado que organizó un funeral de estado, masivo y de mucho tiempo, auspició y toleró enormes movilizaciones en la plaza del Congreso dos veces en 15 días en una maratón temporal. Dos banderazos de las hinchadas de los equipos top. Pero la estrella de los reproches son las conductas de los jóvenes y las denominadas fiestas clandestinas. De la juventud maravillosa a la juventud contagiosa.

Las fiestas nada tienen de clandestinas. Necesitan una logística sofisticada, una difusión precisa y una asistencia fácilmente detectable. Pero decir “clandestina” le pone la marca infamante de lo ilegal. Y por lo tanto de lo jurídicamente punible. En realidad, no hay mayor clandestinidad que el aparato del estado, con sus fondos reservados, sus declaraciones juradas que tiene menos valor que el austral, la permanente bolsa de trabajo para parientes, amigues, compañeres.

La cuidadanía nunca se ocupó de algo más que de cuidar su ombliguito pequeño burgués. Personas durmiendo / muriendo en la calle, niñas y niños deambulando en subtes para recibir la mirada ciega de los pasajeros, aluviones de vendedores ambulantes a los cuales el capitalismo serio y el neoliberalismo los convirtió en una forma especial de los trabajadores golondrina. La cuidadanía no se anota en ésas. Distancia óptima, barbijo y no más de 6 personas. Trinidad del devoto ciudadano / consumidor / contribuyente que financia al sistema que lenta y dulcemente, lo mata con su corrosiva acción.

Los que pensamos que la “covid solución” estaba dirigida a la clase pasiva, aunque nunca tuvieron pasividad Norma Pla, Carlos Imizcoz, Marcos Wolman, nos sorprendimos y no gratamente que también los adolescentes eran los destinarios de las furias de la “comunidad cuidadana”. Un remake de la novela de Adolfo Bioy Casares en tiempos del santo terror sanitario, como señala el médico Ernesto Rosenberg.

“La narración no es amable con la vejez, a la que presenta como el lugar de lo repugnante, de lo desvaído y de la muerte. A los personajes “viejos”, incluido Vidal, les cuesta reconocerse como tales y muestran su odio y rechazo con la vejez. Algunos de ellos como merecedores de la violencia de la que son víctimas: corretean a las muchachas, son egoístas y cobardes. Bioy Casares retrata los jóvenes como violentos y descerebrados que realizan sus actos sin saber qué motivos les guían, pero, dentro de la irracionalidad de la situación inserta frases alusivas a una explicación, como: “En esta guerra los chicos matan por odio contra el viejo que van a ser”, “a través de esta guerra (los jóvenes) entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven. ¡De ellos mismos, tal vez! … matar a un viejo equivale a suicidarse” y “la muerte hoy no llega a los cincuenta sino a los ochenta años, y mañana vendrá a los cien… Se acabó la dictadura del proletariado, para dar paso a la dictadura de los viejos.”

Ahora no son los viejos, pero sí son los viejos mandatos de exterminio de niñas, niños y adolescentes. Espero escuchar alguna reflexión sobre esta nueva guerra del cerdo que es otra de las marcas de la cultura patriarcal. Que apenas es otro de los nombres de la cultura represora. La denominada “cuidadanía” es un artefacto represor, un lobo con otra piel de cordero. Porque es un cuidarse que ridiculiza a los nabos y a la gilada. O sea: propone formas represoras de la inclusión/ exclusión.

Décadas descuidando, arrasando, destruyendo al planeta por empresas transnacionales amparadas por el pacto perverso entre estado y mercado, deviene en un nuevo paradigma. La cuidadanía como eje de un nuevo pacto constituyente como escribe Begoña Marugán Pintos de la Universidad Carlos III de Madrid. La “gestión planetaria digital” enfrentada con el nuevo credo del individualismo camuflado: la cuidadanía. Te arrancan el brazo, pero te regalan la gotita. De los vagos y mal entretenidos, del aluvión inmigratorio, de los apátridas subversivos, a los adolescentes clandestinos en fiestas, la marcha del fascismo nunca se acaba. En una época se decía que fascista era un liberal asustado. Habría que agregar: y un ciudadano asustado también.

Ilustración: Amnesty International

Edición: 4144

 


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