Thiago, en la escuelita sin camino de Catamarca

|

Por Claudia Rafael

(APe).- Son 25 kilómetros los que hay que recorrer entre la base de la montaña y el vallecito en el que está anclado desde hace más de 80 años la escuela 474 El Tolar. A lomo de mula o de burro, los maestros suben y permanecen durante 25 días en los que dan clases de lunes a sábados. Sólo durante una semana regresan a sus casas, a 200, 300 ó 450 kilómetros de distancia, como Amalia Agüero, la directora, que habló largamente con APe del derrotero de la comunidad. 34 niñas y niños van cada día a clases. Thiago es uno de ellos. Y con sus 6 años, su historia saltó a los grandes medios de alcance nacional y puso en el tapete por unos pocos días al pequeño poblado.

Thiago jugaba entre los cerros y su cielo cuando un trozo de montaña le cayó encima y, para salvarlo, sus padres y casi toda su comunidad corrieron durante cinco horas para trasladarlo en angarrillas hasta el paraje La Soledad, donde los esperaba una ambulancia de El Durazno para llevarlo al hospital Eva Perón, de Belén, Catamarca. Thiago perdió sus dientes, lastimó su paladar y se fisuró el hueso de una pierna. Tanto corrieron con él en andas sobre esa estructura artesanal que llegaron en la mitad del tiempo al lugar donde los esperaban.

Amalia Agüero se llama la directora de la escuela de El Tolar, que reconstruye en entrevista con APe parte de la historia de ese sitio en el que la luz les llega desde los paneles solares y el agua, del río que atraviesa los cerros. No hay internet, no hay más agua que la de la naturaleza, no hay asistencia médica.

Tras el accidente de Thiago les llegó la nueva promesa de construir el camino. “Es la cuarta vez que nos lo prometen. Y con la repercusión nacional que tuvo el accidente no creo que no se animen a hacerlo esta vez. Creo que va a ser la vencida. La esperanza siempre va a estar”, relata Amalia por teléfono.
Thiago es diaguita y vive junto a los suyos en un cacerío de El Tolar. La escuela 474 es parte de su mundo. Y no hay caminos seguros que los conecten con el resto del planeta.

Por apenas un ratito los velos se corrieron para permitir que el mundo pandémico de 2021 depositase los ojos en uno de tantos pueblos olvidados, hundidos en las montañas de la Catamarca profunda.

La comunidad El Tolar está a unos 2 ó 3 kilómetros de la escuela, 3000 metros arriba de la base de la montaña. Thiago es uno entre los 34 alumnos de 4 a 16 años que van cada día, de 8,30 a 16.30 a clases, de lunes a sábados. A una escuela en la que seis docentes viven durante 25 días cada mes y durante una semana apenas retornan a sus propias casas. En algún caso, a 450 kilómetros de distancia.

Entre la lluvia y el frío

{jdhtml5player media="images/audio//ElTolar.mp3" /}

El sendero que recorren para llegar a la escuela o que las familias de la comunidad emprenden a lomo de burro o de mula se extiende por 25 kilómetros. “Es todo muy sacrificado. Demasiado. Son 9 horas a lomo de mula que no es fácil. Recorremos cuatro horas por el lecho de un río; luego subir montañas, bajarlas, volver al río. Es durísimo. Al ser puna no tenemos árboles. Si nos toca un día de sol, es todo el trayecto en sol. Si nos toca lluvia, es todo el trayecto en lluvia. Si toca nieve, es todo nieve. Si hace frío, se escarcha el terreno y los animales se pueden resbalar, desbarrancar. La gente misma, lo transita con burro, con mercadería. Y corren el riesgo de perder el animalito, la mercadería. A veces tienen que bajar con sus niños a hacerlos vacunar en el hospital y no es fácil. Es muy dura la vida de esta gente”, describe la directora.

Un pequeño valle cobija a la escuela, rodeada de montañas. Hacia el Sur, unas 13 ó 14 casitas. Hacia el Norte, otro tanto. Unas 90 personas, entre niños y adultos, conforman la comunidad diaguita El Tolar. “Allí las condiciones de vida son adversas porque el clima es muy frío. Pero es una comunidad hermosa, con gente muy joven, de 30 a 35 años. Los mayores han ido emigrando y los que no se han querido ir son los hijos. Que viven del empleo municipal, de alguna beca, de pequeñas huertas y de la crianza de animales”.

La primera vez

{jdhtml5player media="images/audio//ElTolar1.mp3" /}

Amalia Agüero es directora desde 2017. Había quedado sin trabajo y se postuló al cargo. “Siempre había trabajado en zonas inhóspitas pero nunca tanto. No se me olvidará nunca el primer viaje. El señor que nos iba a guiar se fue antes. Quedamos con el otro maestro varados. La gente es muy amable y dejó que me quedara a dormir hasta que encontramos otro guía. Al otro día subí a un burro por primera vez en mi vida. A los 52 años. Sentí un completo terror. A la media hora me tiró el burro, caí en medio de las piedras. En un abrir y cerrar los ojos había perdido la conciencia y cuando reaccioné, el maestro me daba aire, se me había rajado el pantalón, era un desastre. Sentí un miedo tremendo de levantarme y volver a subir a ese burro. Pero pensé que si no lo hacía perdía el trabajo. Así que saqué coraje y finalmente fui a la escuela. El camino fue interminable, el cansancio tremendo y cuando llegué no podía ni moverme. El frío, el cuerpo… y me quedé más de un mes porque tenía miedo de volver a subir al burro. Sin comunicación. Mi familia no sabía cómo estaba. Qué me pasaba. No teníamos internet ni telefonía fija ni móvil. Esa fue mi primera experiencia. Recién después de dos o tres años me animé a andar sola. Pero todos los maestros hemos pasado cosas y todos ponen su mejor buena voluntad. Permanecemos en la escuela mucho tiempo. Extrañan a su familia y por ahí lloran pero están. Siempre están”.

Junto a otra docente se trasladan desde la capital. Parten el sábado a las 18 y llegan a Belén a medianoche. Tras dormir en el pueblo, alquilan un vehículo a las 6 de la mañana para llegar a La Soledad, el último pueblito en terreno transitable. “Allí espera el señor ordenanza con los caballos, con los burritos, donde llevamos la mercadería o las cosas nuestras. Y desde ahí recorremos 25 kilómetros a lomo de mula. Es todo muy inhóspito. Son 4 horas por el lecho del río, después subir a la montaña, bajar, volver a retomar el río para llegar a la escuela. Y ese trayecto también lo hacen las familias una vez al mes, en que tienen que bajar a buscar su mercadería”.

Hace apenas un manojo de días ese sendero casi imposible fue el desafío de bajar el promedio de tiempo para que Thiago, tras la caída, pudiera recibir asistencia médica. Corrían todos. Se turnaban en el esfuerzo los miembros de la comunidad y lograron lo que racionalmente puede parecer imposible. El camino, esa promesa demasiadas veces incumplida, hubiera hecho todo más simple. Hubiese salvado hace un año la vida de Roque Gordillo, miembro de la misma comunidad, que a los 35 años murió por falta de atención médica.

“Tengo la esperanza de que esta vez cumplan con la promesa de construir el camino”, repitió Amalia Agüero, directora de esa escuela anclada en el vallecito de El Tolar.

Thiago descorrió con sus 6 años el velo para que los marioneteros del poder vean lo que pocos ven. Cada piedra, cada recoveco en los cerros catamarqueños, cada centímetro del breve río y, por sobre todo, la imperiosa necesidad a flor de piel de que finalmente se instale el camino cuatro veces prometido.

Edición: 4316


Suscribite

Suscribite al boletín semanal de la Agencia.

Sobre la fundación

Fundación Pelota de Trapo nació hace décadas para abrigar de las múltiples intemperies a niñas y niños atravesados por diferentes historias de vulnerabilidad social.

Sobre la agencia

Agencia Pelota de Trapo instala su palabra en una sociedad asimétrica, inequitativa, que dejó atrás a la mayoría de nuestros niños y donde los derechos inalienables de la persona humana solo se cumplen para unos pocos elegidos por la suerte