Por Alfredo Grande

   (APe).- La capacidad humana para tolerar el sufrimiento es acotada. La tolerancia al dolor, tanto físico como psíquico, es una singularidad difícil de predecir. Hay combatientes plenos de coraje que fueron asesinados en la tortura sin delatar a sus compañeros.

Poder vivir por sobre los horrores de los diferentes campos de exterminio que la cultura represora ha inventado no es para todos. Ni siquiera es para muchos. Pero los pocos que lo han logrado dejaron marcas de coraje y de amor.

En un texto, Freud afirma que “la vida tal como nos ha sido impuesta necesita lenitivos”.

En mi versión de esta frase, necesitamos antídotos de todo tipo para tolerar el veneno y la toxicidad de los modos de producción de subjetividad de la cultura represora. ¿Pero eso lo dijo Freud?, preguntará un psicoanalista con sabor a rancio. Lo dijo.

Pero más allá de quién y cómo lo dijo, la idea fundante es que la vida que nos arrasa con terremotos, maremotos y huracanes, todos políticos, económicos y culturales, exige todo tipo de mecanismos de defensa. Incluso legales.

La mayoría reciben la denominación genérica de adicciones. Y como la cultura represora está en los dos lados del mostrador, fabrica problemas en serio y fabrica soluciones en broma. Vínculos adictivos, cuya identidad autopercibida es matrimonio sacramental; juegos adictivos bautizados como ludopatía, y simultáneamente publicitados en forma adictiva; sexualidad adictiva, habitualmente bautizada como “porno”, mientras la sexualidad represora y la reprimida fogonean aquello que simultáneamente condenan.

En otros términos: las adicciones, todas las adicciones, son una respuesta individual, grupal y comunitaria a los dolores de los cuales, como señalara Antonio Porchia, ni siquiera nos acordamos de dónde vienen esos dolores. Respuesta en espejo, lamentable respuesta, pero es lo que el mercado oferta.

Porque las adicciones engendran nuevos dolores. En primera instancia, huimos del dolor. De hecho, la función fisiológica del dolor es prevenir daños mayores.

El aporte siniestro de la cultura represora es que el dolor se utiliza para generar y profundizar todo tipo de daño. Es la tortura como política pública su emblema más contundente.

La respuesta inmediata y profunda al dolor es el llanto. Si los hombres no deben llorar, eso no implica que no lo deseen. Pero estaba prohibido porque era un signo de debilidad. Había llantos contrariados, donde las lágrimas burlaban la gravedad y se asomaban sin caer.

En algún momento, me di cuenta que el llanto que estaba atascado, que te ahoga desde adentro, también puede transformarse en acto creador, en acto inventor. Aunque todo esté inventado, siempre hay algo nuevo para inventar.

Habrá que inventar los inventos. Si el origen son los dolores, y los llantos sofocados son su energía contenida, entonces los inventos literarios, conceptuales, políticos, militantes, combativos, de todo tipo de arte y de la mejor ciencia, son una respuesta no adictiva.
Los inventos necesitan vínculos coherentes, consistentes y creíbles. Los mejores inventos están sostenidos desde dispositivos comunitarios y rebeldes.

En su extremo límite, frente a los siniestros dolores que genera el modo de producción capitalista y la cultura represora, los revolucionarios, por no llorar o al menos para no tan solo llorar, inventamos la revolución.

Que no sólo será un sueño, sino también un invento eterno.

Edición: 4348

 

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