Por Claudia Rafael y Silvana Melo
  (APe).- La muerte trágica y anunciada de Sofía, sobre las mismas vías de un tren de cargas que atraviesa la 21-24 cuatro veces al día, fue el disparador de una toma que simboliza las vidas en los márgenes de la ciudad más rica del país y una de las más desiguales del continente.

Rodeados por un cerco policial que no les permite circular, ni a los niños ir a la escuela ni a los adultos salir a trabajar, ni entrar a los alimentos, medicamentos, ropa, jabón y lavandina. Una presión en el cuello de la toma para sofocarla. La lluvia de anoche los expuso a las peores condiciones de vida, sin protección ni esperanza. Ni lonas pudieron entrar por el muro policial que se les alzó alrededor.

120 familias, cien niños y una herramienta de visibilización que busca atraer los ojos de los gobiernos, de las instituciones, los ojos sociales que condenan y estigmatizan, para ser visibles antes de la muerte. La villa estuvo en todos los estudios de televisión después de que el tren arrolló a Sofía. El tren, uno de los peligros letales que atraviesan a la villa como el hambre, el riesgo eléctrico y la escasez de agua.

La toma ubicada en las espaldas del estadio de fútbol “Claudio Chiqui Tapia” del Club Barracas Central y pegado a las vías del Ferrocarril ocupa un 0,022 por ciento de la superficie total de la populosa villa del sur porteño. Una villa que nació durante el primer peronismo a raíz de un incendio devorador que tomó por asalto numerosas casas del barrio de La Boca. En tiempos en que la fisonomía de la zona ofrecía industrias nacientes al otro lado del riachuelo y no las carcazas vacías de fábricas que hace décadas que ya no son.

Hoy es el hacinamiento -en una barriada que tiene una población imprecisa que va desde 60.000 habitantes hasta casi 80.000 según un amplio abanico de fuentes- una de las características más claras de la villa. Si CABA con sus casi tres millones de habitantes ocupa una superficie de 203 kilómetros cuadrados, la villa asentada en Barracas ostenta una superficie de 0,66 kilómetros cuadrados. La ciudad donde dicen atiende dios tiene una densidad poblacional de 15.000 habitantes por kilómetro cuadrado mientras que la de la villa roza los 90.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Que sobrevive a duras penas con el Riachuelo como frontera sur. Donde el contacto diario con venenos como cromo, zinc, mercurio y plomo arranca a jirones pedacitos del futuro de las pibas y los pibes.

El agua

Un relevamiento de la ONG Sumando en Tierra Amarilla (las tierras de la toma) revela que el 48% no tiene acceso al agua de red y el 38% sufre la baja de presión constante. Las inundaciones, los residuos cloacales que invaden las casas, el sabor y el olor del agua que se consume y la contaminación son la cotidianidad de los vecinos de la villa. El 71% dice que junta agua en botellas, baldes, ollas o bidones cuando sale, de la canilla que salga. Con mangueras desde una canilla vecina, con conexiones informales. El 14% la compra envasada. El 76 % debe cargar manualmente baldes para tirar al inodoro. Muchas veces esas mismas aguas van directo al pasillo donde se puede ver en la zanja. Las inundaciones forman parte de la infraestructura del barrio.

El agua sale cara en la Villa. En la ciudad más rica y más brillante del país, son los confinados en la vida suburbial los que la pagan más. Bombas de extracción y agua envasada encarecen exponencialmente el acceso a una de las fuentes fundamentales de la vida.
El estado manda camiones cisterna de vez en cuando o irrisorios sachets de agua.

El tren y los cables

Las vías ferroviarias de los trenes de carga manejados por Ferrosur Roca desde las privatizaciones del menemismo (en una concesión que vencería en 2023) atraviesan la villa en un corte feroz que ha provocado incontados accidentes desde hace años hasta la muerte, días atrás, de Sofía Luján Caballero, de escasos 15 años.

La Villa está techada de cables que acechan. Cerca de las vías por donde cuatro veces al día pasa el carguero sobre las veredas de las casas, a centímetros de las paredes, los cables de media tensión cuelgan casi sobre las formaciones. Las casitas tiemblan cuando pasa el tren, reciben los chispazos de los cables y las alternativas son incendiarse o desmoronarse.

Hay cables que pasan por adentro de las casas, postes de electricidad en los patios o apoyados en las viviendas, transformadores móviles que se incendian con escalofriante frecuencia.

El tren fue, esta vez, el portador de la tragedia. Como un símbolo, las 120 familias tomaron el predio de 150 metros cuadrados vecino a las vías de Ferrosur. Una tierra que es parte de esa tragedia, una tierra con 30 años de abandono, inhabitable, en medio del hacinamiento de la villa, una tierra que no es la tierra para hacerla propia, para comulgarla, para vivir con ella el romance de la tierra y las manos. Ellos saben que esa tierra está en otra parte. Pero tomarle unos metros cuadrados al ferrocarril es la reacción ante la invisibilidad, el abandono y el descarte.

Acceso a viviendas

El terreno ocupado ahora por más de un centenar de familias pertenece a la Administradora de Infraestructura de Ferrocarriles (ADIF), un organismo del gobierno nacional. Nahuel Arrieta, uno de los referentes de la toma, publicó por estos días en La Poderosa que “ingresamos a este predio que estaba abandonado hace más de 40 años, y que es parte del Ferrocarril Roca Sur en terrenos cedidos por el Estado.

Tierras cercanas ya fueron utilizadas con distintos objetivos como el Procrear, que tiene departamentos vacíos en edificios que se ven desde acá, o los mismos galpones que ocupó la empresa de la Línea 59 para sus propios beneficios. Sin embargo, sólo apuntan a nosotros”. El mismo Arrieta dijo a Radio con Vos que muchas familias que “tienen un ingreso de 30 lucas y un alquiler que les cuesta 20” decidieron ingresar para pedir por una vivienda digna. “Si tenés 3 o 4 hijos, y solo te quedan diez mil pesos después del alquiler, no te alcanza para comer”.

Los vecinos de la toma llegan de casas cercanas; pagan alquileres de 20 mil pesos, si es una pieza les cobran 6 mil y si tiene baño, hasta 10 mil. Pocos cuentan con el subsidio habitacional, pocos tienen empleos en relación de dependencia y la mayoría son ocasionales. Gracias al bloqueo policial no pueden salir y corre peligro un trabajo inestable desde el origen.

Desde la toma se ven los edificios del ProCrear, vacíos, sin asignar. Ellos sueñan con créditos que puedan pagar, con cuotas que se adapten a la vida sostenida por cables pelados que les toca vivir.

Desde los ámbitos oficiales cantan las sirenas eternas de la urbanización. No es un barrio popular, ese eufemismo con que la bautiza el lenguaje progresista. Es una villa donde no es posible vivir con dignidad. Donde la tierra no es tierra, sino el envase fatal para construcciones de hacinamiento, carencias y peligro.

Con todos los oportunismos políticos de campaña, con punteros y utilizadores del drama humano, la toma de la villa es una expresión profunda de la necesidad.

La toma

Alrededor del terreno hay, separadas por alambres, casas precarias. En un extremo, un edificio abandonado con un camión de la Policía de la Ciudad. A un costado hay un muro y del lado opuesto casi todo es muralla, menos un tramo de dos metros vallado por la policía.

Un relevamiento del ATAJO (Agencia Territorial de Acceso a la Justicia) de la Villa 21-24 que data del 30 de agosto contó unas 60 carpas y toldos apoyados en palos como techos. Parte del terreno está inundado y niñas y niños chapotean. Un toldo con un pozo, alejado del resto, fue destinado a ser baño general.

120 familias -unas 250 personas- con casi cien niños, desde bebés hasta 17 años. Cuatro de ellos tienen una discapacidad o enfermedad crónica y necesitan medicamentos: un niño de 6 años transplantado, una nena de dos años con un problema estomacal derivado de las condiciones ambientales, un niño de 8 años con leucemia y la madre no puede salir para solicitar el turno de control en el Garrahan. Además, en la toma hay una embarazada, un adulto mayor, un asmático que no tiene su paf ni su salbutamol, un diabético.

La policía no deja volver a ingresar a quienes salgan y hay varios casos de niños separados de sus padres. Tampoco entran pañales ni frazadas ni toallitas femeninas.

Después de Guernica

Las ramificaciones que ofrece el símbolo de una toma de tierras son infinitas. Muy lejos de las características de la de Guernica, poco más de un año atrás, vuelve a poner sobre la escena del debate el significado de la tierra en la vida de una sociedad. Pero Guernica ofrecía otros paradigmas: eran unas 2000 familias en alrededor de 200 hectáreas. Y los casi 3000 niñas y niños tenían un horizonte verde en el que compartir y jugar. Y detrás de las tierras de Guernica había un interés inmobiliario de poderosos empresarios que, ensamblados con los poderes del estado, pugnaban por esos espacios.

Fue a raíz de esa toma, que se diluyó entre expulsiones, reubicaciones y negociaciones, que el ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires contó más de 1800 “usurpaciones”, en el lenguaje oficial.

Por esos mismos días la ya casi olvidada ministra María Eugenia Bielsa habló de un déficit en el país de tres millones 600 mil viviendas y como contrapartida dijo que "existe casi un 50% de viviendas ociosas en relación con la demanda de nuevas unidades". En la contradicción capitalista más profunda que define lo que sobra para algunos pero falta para demasiados.

La villa es un monstruo que se tambalea. La tierra se pierde debajo de los bloques y del cemento que ya sube porque no hay más espacio en el alrededor. La tierra para compartir y cultivar y que sea patio para la infancia y sueño de comunidad está en otra parte. La toma los hace visibles. Exhibe un déficit dramático que los pone en la calle o en el hacinamiento feroz. Pero la tierra, la madre, lo saben, no está ahí.

 

Fotos: Anred, Ojo Obrero

Otros links publicados en APe sobre el mismo tema:

-Cuatro décadas de tomas de tierras.

-Tener la tierra, tomar la tierra.

-Sueñan las nadies.

-El temporal en la tierra hostil de Guernica. 

 

Edición: 4381

 

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