AySA, las organizaciones y el agua como bien suntuario
Publicado: Miércoles, 12 Junio 2019 12:49
AySA, las organizaciones y el agua como bien suntuario

(APe).- El agua es considerada por las Naciones Unidas como un derecho humano. Sin embargo, el Código Civil argentino de 2015 quitó a último momento el artículo que lo consagraba. En esta tierra, arrasada por brutales políticas neoliberales, el agua se ha vuelto un bien suntuario. El Estado la tercerizó, la concesionó, la privatizó. Y dejó hacer cuando las empresas la comenzaron a vender como a una mercadería de privilegio. Las organizaciones populares como Pelota de Trapo sufren hoy el ajuste monstruoso sobre un servicio básico para la vida: desde el año pasado comenzaron a llegar facturas de AySa de más de 20 mil pesos. Absolutamente impagables para una obra que ha dedicado los últimos 40 años a transformar la vida de la infancia. Y, como si se tratara de una empresa, la concesionaria fue acumulando facturas, intereses y costas de sus abogados que Pelota de Trapo debe pagar. Casa de los Niños de Avellaneda fue el primer programa de la organización, nacida a fines de los 70 para dar respuesta a aquellos niños y niñas cuyos padres iban quedando en el camino, al compás del cierre de sus fuentes de trabajo. Desde los 80 hasta hoy Casa de los Niños no ha dejado de atender cientos de chicas y chicos de lunes a viernes, de 8 a 18, de 1 a 14 años. En ese espacio son felices. Tienen garantizado el desayuno, el almuerzo y la merienda. Los atienden los médicos y el odontólogo. Se ponen lindos para ir al jardín o a la escuela, aprenden otros saberes con los educadores, juegan, son abrazados y reciben el alimento imprescindible para la vida: la ternura que les permita torcer un rumbo que el sistema les tiene fatalmente asignado. Uno de los objetivos de Casa de los Niños es que los chicos y las chicas puedan recibir el baño necesario en una ducha con agua caliente. Tantas veces en sus casas eso no es posible porque no cuentan con agua potable. Es el único baño calentito al que puede acceder la mayoría de los casi 200 que cotidianamente pasan por Casa de los Niños. Sin embargo AySA aplicó su propia tarifa durante los últimos meses de 2018 y envió facturas impagables de más de $ 20.000. Después de varias reuniones con funcionarios de la empresa llegaron menores montos. Pero esas facturas devengadas son implacablemente sostenidas, con intereses acumulados y entregadas a estudios jurídicos que acechan como lobos hambrientos para sacar su propia tajada.Hoy la deuda es de $ 143.327 y el saldo total supera los 155.000 pesos. El magro subsidio que recibe Casa de los Niños por parte del Estado para atender a 190 chicos y chicas es de $ 315.630: cada niño tiene una beca de $ 1.670 mensuales con los que la organización debe garantizar la comida, la educación y su salud. El Censo 2010 determinó que sobre un total de 12.277.937 hogares, unos 10.208.884 tenían acceso a servicios de agua potable (el 83%). Uno de los territorios por debajo de la media nacional es la provincia de Buenos Aires con un 75%. Por lo tanto, el 25% de los hogares no tienen acceso al agua pura y sana. Gran parte de la niñez que transita Pelota de Trapo día tras día está atravesada por esa carencia. Las aguas de las canillas de Pelota no se derraman en dispendios, sino que bañan a los niños y les permiten beber agua de la mejor calidad posible en el sur del conurbano, a diez cuadras del Riachuelo. Agua que no los enferme, que no los pueble de bacterias, que no les provoque diarreas, que no haga peligrar sus vidas. Nuestra organización nació en la resistencia a las políticas neoliberales que antes se sirvieron de las dictaduras sangrientas y luego usaron como herramientas a las democracias esclavas de las deudas con la usura internacional. Los sueños de vida digna languidecían hasta que desde los barrios las organizaciones populares fueron abriendo puertas para aquellas familias que quedaban a la intemperie. Desde la dictadura hasta los años 90 el Estado remató a precio vil el patrimonio más estratégico del país; las empresas que proveían y garantizaban los servicios públicos fueron entregadas a manos privadas. Ese proceso brutal modificó la vida de generaciones. Las organizaciones populares debieron admitir que llegaron para quedarse y ésa fue otra presión: había que sostenerse en el tiempo. Entre los cambios más violentos fue definitorio que, a partir de la década del 90, los servicios públicos que eran absolutamente gratuitos para las entidades de bien público, pasaron a ser pagos y rigurosamente cobrados. No sólo se desconoció la tarea de cada organización sino que se las colocó en la categoría de grandes clientes o comercial. Se las trató como a una empresa. Después de años de sufrir el maltrato permanente del Estado y de las normas que fueron regulando la actividad, las organizaciones -que eran peligrosas para el Estado y había que controlarlas- comenzaron a reunirse y a discutir cada situación. En este contexto, presentaron varios proyectos de ley, entre ellos el cambio de régimen tarifario que reconociera su naturaleza y pudieran tener, al menos, una tarifa razonable. Sin saber aún lo que se venía, en diciembre de 2015 se sancionó la Ley 27218 de Régimen Tarifario Específico para Entidades de Bien Público. Estos cuatro años se reclamó su implementación, apenas llevada adelante, con enormes dificultades por la falta de voluntad política y la resistencia de las empresas por lucrar sin ningún tipo de restricción. En ese contexto, AySA ha sido implacable. El programa Agua para la Promoción y la Comunicación en el marco del Decenio de la ONU y la Organización Mundial de la Salud determinan que se necesitan entre 50 y 100 litros de agua por persona al día para satisfacer las necesidades humanas más básicas.Nuestras niñas y niños juegan y se nutren del agua dulce que, en nuestra organización, está al alcance de sus vidas. En donde buscamos, día tras día, romper con la lógica más perversa del sistema que priva a las personas de los bienes esenciales para vivir. Edición: 3897

La Caja de Pandora
Publicado: Lunes, 10 Junio 2019 13:18
La Caja de Pandora

Por Carlos Del Frade (APe).- -La investigación sobre Alvarado es la más importante de los últimos años. Una organización criminal de extrema inteligencia, con alto poder de corrupción y mucho dinero. A partir de ahora se abre una caja de Pandora en lo que hace a las constancias y los contactos – dijo el ministro de Seguridad de la Provincia de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, en relación a la detención de altos oficiales de la fuerza vinculados a uno de los principales líderes narcos ahora detenido, Esteban Lindor Alvarado. Un nombre sobre el cual alertábamos desde esta columna hace seis años atrás, en absoluta soledad. Y en 2016 informábamos que se estaba quedando con lo más grueso del negocio en la ciudad de Rosario y la zona sur de la provincia. Las actuales investigaciones deben llevar nada menos que a lo más concentrado del poder económico de la ex ciudad obrera. Ese sitio donde el dinero se lava y multiplica, en el centro de otrora urbe obrera y ferroviaria. Ya es hora de decir que en los barrios están las consecuencias de la impunidad de inversores y lavadores del dinero. Que la sangre derramada de pibas y pibes es el destino buscado de los que desvían la atención para que muchas y muchos crean que los negocios mafiosos tienen exclusividad en las calles de tierra y las casas de lata. Fenomenal hipocresía. Alvarado hizo y deshizo porque lo dejaron hacer y deshacer. Desde nichos corruptos de las instituciones pero también desde las grandes empresas que suelen dar cátedra de moral y buenas costumbres. Ojalá que el Ministerio Público de la Acusación empiece a tirar los hilos de los primeros descubrimientos y que aparezcan los nombres de los señores empresarios, los verdaderos responsables, junto a quienes miran para otro lado desde los sectores políticos y judiciales, de los dramas que se lloran en los arrabales de las grandes ciudades. Desde el interior de una cárcel de la provincia, un condenado, ex socio de Alvarado, contaba así el inicio de la fortuna de este hombre en cuyo celular quizás esté el secreto de quiénes ganan mucho dinero con la muerte de las pibas y los pibes. Así cuentan los papeles del viejo socio de Alvarado: “Sus comienzos fueron robos y compra de motos para el desguace. Siguieron los autos y camionetas. Entre los años 2001 y 2002 comienza su negocio con las drogas ya que los robos de autos, motos y camionetas pasaron a ser un complemento. Comenzaron las diputas con Medina por las zonas y arman una sociedad. Antes que Alvarado comience con la droga frecuentaba la jefatura de policía. Almuerzos y cenas, dos veces por semana con altos jefes de la policía. Ahí nace el arreglo con las fuerzas de seguridad. El “Oreja” Fernández (sicario) se encargaba de buscar el dinero de los bunker de zona norte y oeste”, sostiene. “Matar gente de la competencia. Germán Tobo (“Reina Automotores”, “Lume”) varias veces le compró propiedades que eran del Lelo (el de la megaestafa), al igual que varios que comprábamos autos en “Reina”. Por otra parte, Marcelo Jaef también tenía en ese salón autos para la venta y para darle glamour al salón exhibía un Porsche Panamera color blanco, el único en Argentina de cuatro puertas”, indica. Suma otros datos: “socios del cargamento a Portugal, Spadoni, Lelo, Jaef, Navarro, Medina, los demás ponían el nombre. Por cada kilo de cocaína terminado, el monto era 2.400 pesos y su venta al por mayor por kilogramo era de 7 mil pesos por kilogramo de cocaína común, cocaína de alta pureza terminada llegaba a 22 mil. Su venta por mayor, 45 mil pesos. Tenía que ser más de 20 kilogramos. Sin dudas el que manda a matar a Medina es Alvarado”. Y termina diciendo: “Medina y Alvarado dan la orden de tiroteo al ex gobernador Bonfatti por desacuerdo con ellos”. A pocos días de las elecciones que producirán el nuevo gobierno en la segunda provincia de la Argentina como es Santa Fe, es preciso reparar en estas palabras. Detrás de los nombres hay una forma de desarrollo feroz que adquirió el capitalismo en los últimos veinte años en estos atribulados arrabales del mundo. De un lado, el negocio impune. Del otro, el drama de pibas y pibes matadores y asesinados. Ya es hora de terminar con tanta hipocresía. Edición: 3894  

 Braden y Perón
Publicado: Viernes, 07 Junio 2019 13:27
 Braden y Perón

Por Alfredo Grande   (APe).- La catástrofe económica es apenas superada por la catástrofe cultural. Es necesario recordar que cada vez que algún profeta de la unidad habla de crisis y complicación, debemos cual corrector predictivo, sustituirla por catástrofe y complejidad. De la catástrofe no hay retorno. Apenas se puede restituir la forma, pero el contenido, la esencia, el fundante, desapareció. Y si bien la realidad es compleja, la complicación es una estrategia del poder. Desconozco si volverán las oscuras golondrinas, pero la democracia tal como la soñamos y quizá alucinamos en 1983, nunca volverá. Nunca más. El daño es similar, quizá peor, al de una guerra prolongada, donde nos atacan nuestros propios jefes. El modo “Malvinas” de enfrentar al ejército propio por la mafia de oficiales mezcla de chacales y pitbull. Obviamente, ninguno o ninguna del elenco de la unidad patrióticamente organizada serán tan sinceros como para reconocer que se ocupará de mejorar la puesta en escena, cambiando decorados, iluminación, y, obviamente, primeros actores y primeras actrices. Segundas partes nunca fueron buenas, pero en este caso serían demasiado pésimas. El fantasma de no poder cambiar cambiemos, es suficiente para fotografiar sonrisas donde ayer nomás se grababan insultos. Pero cuando no hay coherencia, se licúa la consistencia y se pierde toda credibilidad. Podrán ser votados. Incluso será necesario sobreactuar el entusiasmo, la esperanza, la lealtad, la alegría de volver. Que pareciera se niegan a reconocer que será con la frente marchita, aunque puedan cantar la vieja marchita. Cuando escribí “El retrato de Dorian Scioli” fui más piadoso que Carta Abierta, la Campora y Hebe de Bonafini. A pesar de eso, Daniel el Tibio, como alguna vez lo bauticé, hizo una excelente elección. A pesar de todo. Hoy no figura ni para pre – pre – precandidato. Tampoco faltan coscorrones cuando los ricos se divierten. Ahora bien: si alguna forma todavía recubriera alguna esencia, y no fuera todo de papel maché mal cocido, la primera medida de cualquier gobierno, no digo decente para no seguir alucinando, pero que al menos siga la Doctrina Barrionuevo y por dos años no robe, es indemnizar a niñas, niños, jubilades (sic), trabajadores sin trabajo reducidos a limosnear, las víctimas del plan de exterminio que algunos llaman gatillo fácil, y especialmente a los habitantes de nuestro franja de Gaza que es el conurbano bonaerense. Silvana Melo, con la escritura bella que no busca conjurar el espanto, pero que al menos nos permite recorrerlo, lo señala con la precisión de su escritura laser. La cifra de 65 % de pobreza y 15% de indigencia es la constancia final que hay niñas y niños, pero que ya nunca más tendrán niñez. Suponer, aunque sea por segundos, que “Les Fernández” podrán revertir, atemperar, aminorar, todo este sufrimiento indecible, es ingenuo. Pero de una ingenuidad cruel, prima hermana de la impunidad cultural y política que ansían para que nadie recuerde quién le dio de comer al chancho. Alberto Presidente (no “el Alberto, patrono y patrón de San Luis), fue mencionada como una genialidad. Para genias, prefiero a Madame Curie. Lo que sí pienso es que fue de una astucia solamente comparable con la de Ulises, cuando diseña el caballo de Troya. Tenemos un pre candidato de Troya. No sé si arderá Troya, pero es probable que ardan las Paso. Como dijo alguien relevante por sus vínculos con Roma, “sorprendió a propios y ajenos” .Como anticipara el cantautor Ruben Blades, “la vida te da sorpresas”. Pero ante la sorpresa, no surge como torbellino voraz el pensamiento crítico. Nada de eso. “Acatar”. Es lo que leí en un post y maldije no tener reliverán gotas a mano. Por eso digo que la catástrofe cultural y política no tiene retorno. Que el General haya dicho que no iba a hacer nada para volver, vaya, aunque no pase. Pero era el General. La tradición jerárquica, verticalista, pontificial, es el mayor favor que un movimiento libertario le hace a la cultura represora. Por decir menos, me han tildado de gorila, y no hay Inadi que valga. Pensamiento crítico = gorila. Podría argumentar, mientras me bato en retirada a paso cuasi redoblado, que al menos soy un gorila rojo. Peor. Resuenan en mis tímpanos “ni yanquis ni marxistas”. Por eso apenas propongo traducir la precandidatura de “Les Fernández” como una forma de posverdad nacional y popular. La traducción en lenguaje libertario es: “Braden y Perón”. Aunque no sean un solo corazón, podrían parecerlo. Ignacio Pizzo, militante con matrícula de médico, acerca una sugerencia apasionante: “Actualmente son islas o tal vez arcas naufragantes que aún no han podido inscribirse en una flota única que derrote con pasión y ternura a un orden injusto desde su origen. Una democracia parida por una dictadura”. Parto de nalgas, podría agregar. Y así nos va: como las nalgas. Pero en esas arcas naufragantes, y lo lamento por Noé, apuesto a que habrá mucho más que dos por cada especie. La multitud que no acata buscará todas las arcas necesarias. Y entonces la patria no será un frente electoral, sino que volverá a ser mis hermanos que están labrando la tierra. Edición: 3893

Epidemiología
Publicado: Miércoles, 05 Junio 2019 13:35
Epidemiología

Por Ignacio Pizzo (*) (APe).- Desde el advenimiento de una democracia impura, parida sobre 30.000 almas en pena, no logramos admitir que el balance entre felicidad y desamparo nos da -hasta el momento- por debajo del subsuelo. Desde aquel 1983 de la esperanza hasta este 2019 donde un neologismo llamado posverdad habita en nuestro lenguaje, la estructura socioeconómica se ha sostenido con la sangre y los cuerpos de los que cuelgan del hilo más fino. De los que no encajan y son expulsados a un exilio sin paz. A un olvido efímero al ritmo de la cultura occidental, que hasta impide llorar a los muertos. Ellos completan las estadísticas del desencanto desde el origen mismo del llamado -a esta altura perversamente- “gobierno del pueblo”. La historia antigua se nos relata de manera tal que no se puede no admirar a la democracia ateniense. No obstante la cantidad de hombres libres en Atenas no era la regla. Los cálculos de los historiadores sugieren que la proporción de esclavos estaba próxima a un tercio de la población total. Los esclavos eran, como dice Aristóteles, una «posesión animada» y no tenían, por tanto, derechos legales. En un persaltum hacia la Argentina de 1916, donde fue elegido por primera vez un gobierno parcialmente democrático, Hipólito Yrigoyen fue presidente al implementarse el voto secreto, obligatorio y universal, exclusivamente para varones. A partir de allí las sucesivas alternancias entre administraciones elegidas por votos o gobiernos tomados por las botas, han sido, salvo algunos oasis de estado de bienestar, perpetuadores de una expulsiva máquina, que no dejó asomar las voces de la disconformidad. Desde 1983 no hay gobiernos de facto. Sin embargo parece no ser necesario; tal vez porque aquella pesadilla de 1976 sentó las bases para seguir soñando, en otro capítulo, una pesadilla llamada democracia representativa. Donde el simulacro del domingo electoral nos hace creer que elegimos y, a los representantes, les hace creer que son elegidos. Quizá debamos hacer un recuento de las partidas de nacimiento o de los certificados de defunción de aquellos a los que se les quitó cualquier oportunidad sobre la tierra. Los NI-Ni, los 3 de cada 10 ciudadanos pobres, los 5 de cada 10 niños o niñas o adolescentes por debajo de la demarcación de la línea llamada de la pobreza y, por último, los fallecimientos perpetrados por las fuerzas de seguridad del Estado. Analizados quizá como “una deuda de la democracia” y no como una continuidad de lo único que sabe hacer el Estado con su monopolio de la fuerza. Providencialmente, esperamos que se salde esa deuda. Pero, en tal caso, será consecuencia de una democracia planeada por una dictadura instrumentada, para plantar la semilla de la economía del desastre, de la negación de la vida. La última dictadura dio el primer empuje con los treinta mil detenidos desaparecidos, hombres y mujeres que soñaron una tierra sin intemperie sobre todo para aquellos hoy despojados de la dignidad que nos define como personas, actualmente domiciliados en un fondo de saco roto. A partir de 1983 y hasta diciembre pasado son, 6536 las muertes/asesinatos del mismo estado, según el último informe de CORREPI. Suman 6.564 si incluimos 28 casos ya chequeados de 2019, ocurridos entre enero y primeros días de febrero por parte del aparato represivo. Dicho de otra forma en menos de un día una persona es asesinada por una fuerza de seguridad o, con mayor precisión, se trata de una persona cada 21 horas. El ministerio de salud ausente, devenido en secretaría, nunca tuvo en su registro estas muertes como dato epidemiológico. Porque trasladamos al fuero penal aquello que deberíamos considerar un brote epidémico con clara relación causa-efecto. Y -aparentemente para las estadísticas sanitarias- los marginales del mapa no cuentan con la categoría de ciudadano. Mientras se fraguan las causas de mortalidad y mientras la polarización electoral entre dos facciones del poder juega al poli-ladrón, la principal contradicción de un país que padece hambre y exporta alimentos al mundo, no tiene visibilidad. Ninguno de los precandidatos cuestiona ni cuestionó esta reducción a servidumbre de nuestra humanidad delimitada por una geografía a la que denominamos Argentina. Ni las mieles de aquella polis que un sector llamó “la París de Sudamérica” ni el lejano lugar llamado despectivamente el interior, que tomó el formato feudal de la edad media, quisieron construir el piso desde donde edificar la torre para sociabilizarse para la vida. Por el contrario se institucionalizó la miseria, bajo un camuflaje de boletas. Así es que continúa en valor y en vigencia Aldous Huxley. Aquel escritor que describe, a su modo, cómo sería una dictadura perfecta. En su novela “Un mundo feliz”, de 1932, uno de los prólogos de la 9ª.edición en lengua española (Plaza & Janes, 1980) enuncia: “Un Estado totalitario realmente eficaz, sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos, sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna, por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada (…) a los Ministerios de Propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela”. Los plebeyos de nuestros días sobreviven en racimos. En nidos de resistencia urbana y rural. Son muchos los lugares desde donde se resiste a capa emparchada y espada oxidada. Organizaciones sociales sin ambiciones candidateables, asambleas ciudadanas contra la depredación, merenderos y comedores comunitarios, investigadores a conciencia que no fueron cooptados por el mainstream académico, luchadores solitarios que aún molestan al poder, microemprendedores y cooperativistas sin aspiraciones de barrio privado, comunidades de pueblos originarios que no claudicaron al destierro. Niños y niñas que siguen naciendo, pretendiendo traer la constante renovación de la condición humana. Actualmente son islas o tal vez arcas naufragantes que aún no han podido inscribirse en una flota única que derrote con pasión y ternura a un orden injusto desde su origen. Una democracia parida por una dictadura. El desafío de la flota está cerca o lejos, no se sabe, pero la historia se sigue construyendo a cada minuto y éste es nuestro único tiempo sobre el planeta. (*) Médico generalista en Casa del Niño de Avellaneda. Pinturas:  -La guerra. Xaime Quesada.                 -John Vusi                               -Separación. Nabil Anani   Edición: 3891

Estela Lemes
Publicado: Martes, 04 Junio 2019 13:50
Estela Lemes

Por Silvana Melo   (APe).- Andan, hacen discursos y sonríen los exterminadores de escuelas rurales en Entre Ríos. Gobiernan, lideran pooles de siembra, usan billeteras de la Sociedad Rural, son ministros de Educación. Piden pruebas de que las fumigaciones sobre las escuelas enferman. Gravemente. Entonces llega Estela Lemes. Se les para delante y les dice: “aquí está la prueba, mide 1,70”. La prueba del clorpirifós en su sangre, desde las fumigaciones de 2010 a 2014 sobre la escuelita 66 Bartolito Mitre de Costa Uruguay Sur, es su polineuropatía. Por eso el poder ruralista se para en el fondo de cualquier salón cuando ella va a dar una charla. Cuando los ingenieros agrónomos actúan como efectores de la salud. Y los niños sobran en esta parte del mundo. Estela es más que la directora de la 66. “No es del estado, es mía”, dice y sonríe. Porque vivió en la escuela hasta 2014, porque cuando llegó no había piso ni luz ni cielo raso ni comedor ni ventanas nuevas ni internet. Y a los tres años sí había. Ella transformó el mundo desde su pedacito de cielo, en una parcela solitaria, rodeada de soja y maíz. Hasta el ataque feroz de 2012, cuando el avión no dejó de llover hasta que se vació. A pesar de los llamados, de las denuncias, de los guardapolvos flameando hacia arriba pidiendo basta. Estela Lemes nació en Ceibas, departamento de Ibicuy. Su mamá era la cocinera de la escuela. Su papá, el policía del pueblo. A los 11 terminó séptimo y fue maestra suplente de un curso de pibes de seis. Un inspector llegó un día con una beca del Rotary “para que me fuera a estudiar el secundario nacional que terminaba con el título docente. Pero mi mamá no me dejó ir”. Volvió la maestra y Estela fue otra vez la chiquita de 11. Su madre dejó la escuela para ser cocinera en una estancia. Y ella se casó a los 14, con su periplo de premuras encendido. “A los 15 fui mamá y después tuve 6 más”, dice todavía con el guardapolvos puesto, en la sede de AGMER Gualeguaychú. “En 2012 fue la fumigación muy grande pero ya veníamos padeciendo desde 2008 y 2009. En 2009 me fumigaron el asado que estábamos comiendo en el día de la madre. La casa está en el patio, detrás de la escuela. No se pudo comer la carne. Eso fue con un mosquito. La primera denuncia la hice en 2010. Pero me la tomaron como una exposición porque no era en horario de clases. Pero yo vivía ahí. Y mis alumnos también. Fue con una avioneta que fumigaba el campo de enfrente, pero daba la vuelta por arriba de la escuea y el chorro caía. Dicen que cierran la llave pero sabemos que no es así. Hay un video que filmé con un teléfono y lo mandé a la secretaría de Producción de la provincia pero nunca supe qué pasó con ese video. En el 2011 fumigaron de nuevo. Y ya en el 2012, fue la grande. Hice la denuncia porque estaban los niños en la escuela”. Esa tarde de setiembre de 2012 era la hora del recreo. Estela vio el mosquito que giraba por el campo y sintió venir la deriva húmeda del veneno. Llevó a los chicos adentro y empezó a llamar a las madres. “Eran diez de los trece alumnos que tenía en ese turno. Les pedí que se los llevaran y llamé a una radio para relatar lo que estaba pasando”. Estela llamó a la policía: estaban todos en el alambrado, pidiéndoles que pararan, alzando los guardapolvos, haciendo señas desesperadas. Pero “hasta que no terminó de lanzar la última gota, no paró”. Sin embargo para los chicos esa lluvia rara y ese avión lanzando una nube “era natural porque viven en el campo, sus papás trabajaban en la estancia donde se fumigaba”. Pero si es el remedio de las plantas, seño, le decían. “A la noche una de las mamás me llamó porque el nene había tenido vómitos, le picaban los ojos y la nariz y le dije que lo llevara al médico”. Vivían a 20 km de la escuela. Era imposible llegar a un médico o a un centro de salud. Y tenían miedo de quedarse sin trabajo. “Porque el papá era aplicador de una estancia grande, de miles de hectáreas” y “yo no puedo juzgarlos porque es el trabajo que les da de comer a los chicos”. El aplicador, el eslabón más débil de un sistema insaciable, dijo que no sabía que había una escuela –aunque haya un cartel, aunque la escuela sea la referencia de todos los caminos-, ni tenía la máquina ni la conciencia en condiciones. Entonces ahí fue Estela Lemes, a fiscalía, con la denuncia. Esperó a la policía federal de Delitos Ambientales, que llegaron, hablaron, dijeron que habían hecho análisis –ella no los vio nunca- y que todo había dado negativo. El juez cerró la causa por falta de pruebas. Y aquí no ha pasado nada. Salvo el glifosato y el clorpirifós que atravesaron a la directora de la 66. El último todavía en su sangre, autor indiscutido de una polineuropatía degenerativa que le modificó la vida para mal. “En febrero del año siguiente volvieron. Y otra vez hice la denuncia. Nadie le dio importancia. Hay un puesto policial en mi zona. Si ven pasar un mosquito, no les cuesta nada pararlo, preguntarle adónde va, controlar… Entonces se puede saber si va a afectar a un poblado… no hablemos sólo de las escuelas. Los gurises viven en el campo. La gente de los alrededores llegó a decir que para qué denunciábamos, que para qué había una escuela en el medio del campo. Pero a ellos no les importa porque sus hijos estudian en la ciudad, se van a Buenos Aires”. Ella no se fue nunca, como piden que se vaya el maestrerío, la gurisada, las casitas escuela que asoman entre los sembrados, ese brote de futuro que resiste como la maleza. O la bieneza, cuando se para frente a los tanques sistémicos. Ella y la 66 se quedaron y esa lucha pudo que en los campos linderos ya no se siembre. “Ahora se dedican a la ganadería. Ya no vemos mosquitos alrededor. ¿Pero y todo lo demás?”. En 2014 supo de su enfermedad. “Empecé con algunos dolores musculares. Pensé estoy pre menopáusica. No le di importancia. Cuando me ofrecen hacerme el análisis, me di cuenta de que no iba a ser fácil. Empecé a deambular y el único que me firmó que lo mío era por los agroquímicos fue el doctor Sanfilippo, que está haciendo una investigación en una clínica en Gualeguay.” Ahora está claro por qué se enfermaban los niños de la vecindad de la escuela. Una de sus alumnas tuvo “un principio de cáncer”. Otro de los chicos “tiene el brazo más cortito y el papá era aplicador”; para ellos “nació así”. Ha visto “abortos espontáneos, niños con malformaciones que no nacían” y ella seguía luchando sin muchas más herramientas que la palabra y su cuerpo como testimonio. Cuando la Sociedad Rural hace de público hostil en sus charlas sabe que ése es el camino. “Yo me siento muy chica para ser peligrosa para las grandes corporaciones”, se ríe. Pero el costo y la complejidad de su tratamiento la obligó a “un juicio laboral con la ART para que cubra los gastos porque el tratamiento es caro. Por eso no lo hago tanto. Debería hacerlo cuatro veces al año y lo hago dos”. Se trata de una rehabilitación intensiva en Mar Del Plata. “Me fui en enero y ahora en las vacaciones de invierno”. La última vez que se fue en tiempos de clase volvieron a fumigar la escuela. Y no se perdonó no haber estado allí. Tiene 118 alumnos en su escuelita rural. Eran 13 cuando llegó hace 18 años. “En ese momento dije que los gurises míos tienen que tener las mismas posibilidades que un gurí de la ciudad. Faltan muchas cosas todavía. Yo no me puedo jubilar”. Los niños fumigados son el daño colateral de un modelo que necesita los venenos para producir alimentos. Pata privilegiada de un sistema que enciende a la rentabilidad como faro. Pero no sólo respiran veneno: hoy el hambre golpea en medio del trigo que alguna vez será pan. “Lo vivimos a diario porque nuestros gurises desayunan, almuerzan y meriendan en la escuela. Los lunes comen tres veces. Y nosotros tratamos de que los viernes coman más. Porque sabemos que el sábado y el domingo no hay”. Estela Lemes, atravesada por el mismo veneno que sus niños, se levanta todos los días dispuesta a cambiarlo todo. Con sus niños, con sus dolores y dispuesta a enfrentar las asperezas de la construcción de los sueños. Lo hace desde su pedacito de cielo. Firme. Y dispuesta a escriturar la esperanza. Edición: 3890

Ni el frío, ni el fuego: es el desamparo
Publicado: Martes, 11 Junio 2019 15:52
Ni el frío, ni el fuego: es el desamparo

Por Claudia Rafael (APe).- “Necesito un calefactor, hace friiiioooo... como nunca LPM tgo frío. Llega a nevar, me muero”, escribió Nancy Roldán el 9 de junio en su facebook. Sólo unas horas más tarde el fuego y una explosión -tras salvar como una leona desquiciada a siete de sus hijos y nietos- moriría junto a su marido y a un hijo de 16 años. Ya son once los muertos en Comodoro Rivadavia por incendios o por envenenamiento con monóxido de carbono en lo que va de este año. Como Neymar, el 30 de mayo, en el barrio Abel Amaya, con sólo 4 años que se asustó por el fuego que avanzaba y se escondió debajo de la cama. Nancy alcanzó a congelar en una red social una frase tremenda que queda enmarcada para quien quiera ver y escuchar lo que se vendría apenas en la mañana siguiente. Una chispa. Una llama. Una explosión que aturdía. El mundo que se venía abajo. La trampa mortal que devoró la casucha de precariedades viejas. El fuego que se comía todo impiadosamente. Los vecinos desesperados que iban recogiendo uno a uno a los siete chicos –entre 2 y 12 años- que Nancy iba pasando por la ventana. Enmarcada con rejas que pretenden proteger de las inseguridades de la vida. Y la mujer que, desde afuera, veía el instante feroz en que Nancy se caía, golpeaba el mísero suelo de la pobreza extrema con su anatomía y moría calcinada. Ni el frío extremo. Ni el chaperío de la construcción. Ni el techo de desamparos. Ni la barriada de padecimientos tienen la culpa. Porque Nancy y los suyos pertenecen al vasto ejército de los olvidados de la tierra. Los que no saben de la tibieza de la vida porque los marioneteros del poder señalaron quiénes sí y quiénes no. Y el estrago llega como un monstruo que aniquila y serpentea para atrapar a los postergados. Mientras, en la provincia de Chubut se votaba. La gente jugaba a decidir los rumbos. La vida quedó definitivamente baldía de un manojo de historias. Que ya no son. Que ya no serán. Ya sus voces fueron taladas. Y hay culpables con nombre y apellido que construyen a diario una sociedad perversa que empuja a los sobrantes a la pira de todos los sacrificios. Que observan y digitan el mundo desde sus sillones palaciegos. Mientras hubo también –porque siempre, desde algún sitio asoman- quienes portan las luces de otra esperanza. Que estiraron sus brazos para cobijar. Que rompieron con una palanca la ventana para socorrer. Que tejieron las redes del abrigo. Los portadores de utopías cotidianas, diría Gioconda Belli. Que con un gesto o una palabra, un grito o un golpe asestado sobre la mesa de los desesperados dicen basta. Que alzaron en sus brazos, uno tras otro, a siete niñas y niños mientras la muerte gestaba las cenizas del abatimiento. Edición: 3896

Ana Zabaloy
Publicado: Lunes, 10 Junio 2019 14:04
Ana Zabaloy

(APe).- Ana Zabaloy era directora de la Escuela N° 11 de San Antonio de Areco. Murió el domingo a la siesta, atravesada por un cáncer que había retrocedido hace años. Pero que volvió después de la atroz fumigación a su escuela con 2,4D. Y de las anteriores, constantes, que fueron horadando su salud. Ana se enfermó y sufrió junto a sus niños el veneno del modelo. El que usan para producir. Y para matar lo que resista. Ana es una referencia para las luchas ambientales de este tiempo. Que son sistémicas. Porque los agronegocios son la mejor ropa del capitalismo. La despedida de Meche Méndez, enfermera del Garrahan y luchadora irreductible por estas quimeras, tiene todas las palabras necesarias.

51,7% de infancia pobre
Publicado: Jueves, 06 Junio 2019 15:35
51,7% de infancia pobre

Por Silvana Melo     (APe).- Desde la cartelería callejera sonríen o exhiben rostros graves dispuestos al procerato. Desde la pantalla pontifican. Están, aunque digan lo contrario, cerrando acuerdos por abajo. Por donde no se ve. Mientras en las redes hablan en eslóganes. Que es la parábola del mercado en el coliseo electoral. En la calle, donde la realidad es menos realidad que en las exquisitas oficinas de la rosca, siete millones y medio de chicos de 0 a 17 son pobres. Y un millón pasa hambre. Ese dato no cabe en las agendas. Se aprieta, lo intenta, como en el subte de las 17. Pero queda afuera. En sólo un año la pobreza del piberío aumentó del 48,1 al 51,7 %. La sectorización de esta pobreza no es casual. Los niños frenan la rentabilidad. Generan déficit cuando el cacicazgo de afuera aprieta el cuello del estado para bajar gastos. Y la infancia es una malversación en sí misma. El Barómetro de la Deuda Social de la UCA mide desde 2010. Y asegura que ésta es la cifra más alta de la década. Es el peor momento en diez años para la niñez argentina. Mientras las operaciones de los consultores hablan del cambio de humor en la sociedad. Y celebran que por un mes el dólar no volvió a devaluarse criminalmente sobre las cabezas de millones de personas confinadas a un gueto social del que difícilmente podrán escapar. El dólar que cerraba 2015 a 13 pesos. Y que está esposado y dopado a 44 hasta que despierte. Más del 300 % de devaluación de la moneda en cuatro años. Ese número es pobreza aluvional. Hambre. Y deterioro en la vida de las poblaciones más frágiles. Los niños no tienen independencia económica, no deberían trabajar hasta los 16 –aunque tantas veces la dignidad de un trabajo en la adolescencia les encuadra la vida-, viven en un ámbito hostil, contaminante, sin infraestructura, no votan, la escuela les da de comer hasta donde le permite el estado, no les asegura ni calor ni futuro, las instituciones los archivan en depósitos hasta que sean útiles, la justicia los ignora, la policía los mata. En 2018 la inflación trepó al 47,6%. El mismo presidente había dicho que la inflación es un síntoma de la incapacidad para gobernar. Pero eso era cuando los precios se le disparaban a otros. Ahora no lo repite. El presidente es otro play mobil en el juego sistémico de diseñar un país para pocos. Lo empeora todo el tiempo, eso sí. Lo ciñe más. Lo acota. Le aprieta el cinturón en la cintura al país. Para que queden menos del lado de acá. Y cuando es necesario, se saca la tarjeta punitiva, se mata por la espalda, se busca encerrar a los 14 cuando, en realidad, hay encierro desde el origen. El conurbano bonaerense, allí donde se concentra el 25% de la población del país, allí donde se gana o se pierde una elección, allí donde el estrépito electoral juega todas sus fichas. Allí más de 6 de cada diez chicos son pobres (63%). Casi diez puntos más que el año anterior, que marcó un 54,2%. Entre ellos, el 15,4% es indigente. Es decir, no les alcanza para saciar el hambre ni tienen dónde vivir. Son indefensos y punibles de hecho. Son hambreados. No juegan. No apagan velitas en sus agostos de aniversario. Son expulsados de las esquinas, de las mesas de los bares y de las puertas de los bancos. Son envenenados por el modelo de producción y por la industria alimentaria. Comen mal porque comer bien es caro. Y ellos no son parte. Consumen sustancias rebajadas con basura letal. Y cuando se ríen en la cara del sistema, con la visera hacia atrás, el celu de última generación y altas llantas en los tobillos flacos, hay siempre una pantalla led que desde un edificio le anuncia que la coca cola y el candidato que no lo mira a los ojos son la garantía de la felicidad. Que le recuerdan dónde está y de dónde están dispuestos a no dejarlo salir. Que el celu y las zapatillas no son más que un desafío. Y que el cambio sólo será posible tomando por asalto la esperanza. En eso habrá que estar, mientras la alfombra roja de los elegidos ponga en marcha el protocolo de octubre. Edición: 3892  

 Al gran pueblo
Publicado: Lunes, 03 Junio 2019 13:08
Al gran pueblo

Por Carlos del Frade (Ape).- El 11 de enero de 2017, a través del decreto 29/2017, el presidente Macri facultó al Ministerio de Finanzas a tomar deuda por hasta 20.000 millones de dólares o su equivalente en otra moneda y definió la prórroga de jurisdicción a favor de tribunales sitos en Nueva York y/o Londres. Acto seguido, dejó constancia de la renuncia de la Argentina a la defensa de la inmunidad soberana y excluyó de este desistimiento a las reservas del Banco Central, los bienes diplomáticos, la herencia cultural, los depósitos bancarios, valores y otros medios de pago. Sin embargo, el decreto nada dice en su cuerpo central de los bienes comprendidos en el artículo 236 del Código Civil. Incluso en el Anexo, de más de 400 páginas, termina incluyendo expresamente los recursos naturales, como prenda, en el caso de que la Argentina no pueda afrontar el pago de los intereses o del capital de la deuda. Mientras los bienes naturales sirven de garantía de pago para los bancos internacionales y el veneno se usa para intensificar los negocios, decenas de organizaciones ambientalistas siguen exigiendo que se pare de fumigar. No solamente defienden la tierra, sino también a las maestras, las pibas y los pibes que intentan educar y aprender en medio de las fumigaciones. El veneno mata con impunidad. Prohibir su uso parece prohibido para muchos gobiernos provinciales. -Éramos una familia numerosa… tenía siete hijos, seis varones y una mujer y desde entonces estamos sufriendo múltiples fumigaciones, que secan los árboles, enferman los animales y también mueren. Como si fuera poco, en febrero del 2016 falleció mi esposo, Pedro Oroño con 68 años un hombre sano y fuerte que siempre trabajó en el campo, producto no sabemos de qué, porque en 15 días tuvo una enfermedad en el hígado con una contaminación y falleció. A eso se agregó que a los cinco meses y 20 días fallece uno de mis hijos de 29 años en sólo una semana. Él trabajaba en una empresa agropecuaria de San Justo, no estaba directamente con los agroquímicos pero si trabajaba en la siembra. Los médicos dijeron que era una enfermedad rara, que era una anemia crónica y en una semana falleció. Fue muy doloroso, porque sabemos que hay mucha gente enferma, que hay mucha gente con enfermedades, con tumores, enfermedades en la piel y respiratorias. No es que una esté en contra de los productores agropecuarios, yo era feliz cuando mis hijos trabajaban en el campo…Eso termina arruinando la tierra y contaminando el agua de los ríos de los arroyos. Estamos sufriendo las fumigaciones y están desapareciendo los animalitos del campo (sapos, perdices, liebres y todo lo que había comúnmente en el campo que ya no se ven más), además se secan los árboles y las plantas – dice Rosa Mohylnyj que en diciembre de 2017 dio su testimonio ante los asesores de las comisiones de Salud, Agricultura y Medio Ambiente de la Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe. Arturo Serrano, médico rural de Santo Domingo -departamento Las Colonias-, sostuvo que vive desde más de treinta años en ese pedacito de la fenomenal geografía santafesina. “Vine con muchas expectativas a respirar aire puro del campo y a tener tiempo para poder leer que es una de mis pasiones. Fue un diagnóstico totalmente desacertado. Ni hay aire puro en el campo actualmente por las contaminaciones con los agroquímicos, ni tampoco hay tiempo para leer porque la demanda poblacional es muy elevada, porque tenemos que atender otras poblaciones que no tienen médicos estables. Cuando vine, la mortalidad por cáncer era uno, dos o tres pacientes por año. Se morían unas 15 o 20 personas pero sólo el 20% se moría de cáncer. Me empezó a llamar la atención que a partir de la década del 90 se incrementa exponencialmente la mortalidad por cáncer. Entonces, me puse a hacer un estudio restrospectivo desde 1990 hasta 2010 y encontré que la mortalidad se incrementó 350%. Pasaron de morir una, dos o tres personas por año a siete u ocho, es muchísimo. Después de que cerré todo ese registro hubo un año que murieron 14 personas por cáncer solamente… a esta altura estamos absolutamente convencidos y no hay que probar más que todas estas enfermedades y consecuencias vienen por parte del manejo despiadado y obsceno de los agroquímicos” sostuvo el profesional. Por su parte, Diego Fernández es productor agropecuario desde hace treinta años en la zona de Bouquet, departamento Belgrano, provincia de Santa Fe. “Tengo un campo de 150 hectáreas y hace 11 años empecé el camino de la ecología. Ahora tengo 50 hectáreas certificadas orgánicas, además hacemos agricultura biodinámica que es una de las formas de la agricultura ecológica y vamos sumando cada vez más. Ahora estamos llegando a las 80 hectáreas, más de la mitad del campo. La idea es transformarlo todo…Va a rendir un poco menos, pero vas a tener dos ventajas: Primero la calidad va a ser superior, hace tres años tengo demostrado que el trigo que produzco en forma ecológica tienen más gluten y más proteínas que es lo que se necesita por las harinas y para la producción. La otra cuestión es que si certificás (que no es necesario, sólo si querés exportar o vender a alguien que necesita la certificación) vas a tener un valor extra: el grano vale entre 80 y 100% más y eso compensa cualquier menor rinde. Y todo este sistema no sólo es posible sino que es necesario. Es necesario porque estamos destruyendo el suelo, y es algo que no vemos pero que es así. Necesitamos urgente que se apoye a la gente que produce de forma agroecológica, porque a mí me ha costado mucho en diez años, solo y sin asesoramiento, poder cambiar mi forma de producir. Pero hoy necesitamos que el estado a través de diferentes formas, principalmente a través del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), se ponga a la cabeza de mostrar que es posible la agroecología y que es necesaria” afirma. El sistema extractivista, impuesto en la Argentina hace décadas, mata y enferma la tierra, el agua, el aire y las personas. Sin embargo hay alternativas concretas como la agroecología. La necesaria transformación supone un mínimo gesto de emancipación: escuchar y leer estos relatos y obrar de tal modo que en el altar de la vida cotidiana deje de estar instalado el dios dinero. De eso se trata. Fuente: “La Forestal. Una historia que continúa”, de Oscar Ainsuain y el autor de esta nota.Edición: 3889

 Masacri fácil
Publicado: Viernes, 31 Mayo 2019 13:50
 Masacri fácil

Por Alfredo Grande   (APe).- En los lejanos tiempos de mi escuela primaria, había una materia que se llamaba Instrucción Cívica. Ahora debería bautizarla como instrucción cínica. La política entendida como el arte de gobernar, la división de poderes, la constitución nacional, entendida como la biblia laica del pueblo soberano. Los representantes del pueblo defendían nuestros intereses y las familias eran lugares de cuidado y protección. En la actualidad de la cultura represora, la política sigue siendo un arte, pero marcial, y cuya finalidad es asesinar. Arte marcial fácil. La facilidad es sinónimo de impunidad. Y la impunidad es la negación maníaca de la culpabilidad. Un aforismo dice que “la culpabilidad del victimario se diluye en la culpa de la víctima”. Por lo tanto, es necesaria la permanente producción de culpa individual, vincular, grupal y social. A este procedimiento lo denomino “enculpamiento” y va desde el “por algo será” hasta que los votos en blanco de la izquierda fueron la causa del triunfo de Cambiemos. Para la cultura represora, incluso para la que se cultiva en las organizaciones que supuestamente deberían enfrentarla, culpabilizar es una estrategia necesaria. El sujeto culpable solo puede, y a veces ni siquiera, defenderse. Y ante el fracaso de esa defensa, colapsa. O se hace converso, y entonces descubre que somos hijos del rigor. Cambiará culpa por castigo. Toda víctima es culpable de serlo. Todo victimario tiene justas razones para hacer lo que debe hacer. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. La historia de la cultura represora es la historia de las masacres. Antes se decía que ciertas políticas económicas no cierran sin represión. Ahora sabemos que no cierran sin masacres. Incluso masacres líquidas, parafraseando a Bauman, como los precios tarifas de gas, electricidad, naftas, peajes, alimentos. Los costos por las nubes, los ingresos por los pozos. Sin embargo, la palabra asesinar aún no ingresa fácilmente en el análisis político de la realidad. En los 50 años del Cordobazo, escribí en mi perfil de Facebook: “El Cordobazo, combate frontal contra la cultura represora. Uno de sus referentes, Agustín Tosco, asesinado por el terrorismo de Estado que impuso Isabel Perón”. No demasiados, pero algunos, me cuestionaron que Tosco no había sido asesinado. Murió por una encefalitis no tratada. Obvio: Agustín Tosco estaba en la clandestinidad porque la Alianza Anticomunista Argentina decidía quién vivía, quién moría y quién se tenía que exiliar. Yo pienso que fue asesinado por decisión del Estado. Sin embargo, parece que asesinar es solamente una conducta activa, incluso puntual. Análogamente, la justicia por mano propia es matar al agresor. No incluye por ejemplo, una fábrica recuperada. Esa visión reduccionista es funcional a la cultura represora, y otra de las formas de la impunidad. Tosco fue culpable de su muerte porque no quiso atenderse. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. A mi criterio, las armas de destrucción masiva en los tiempos de las masacres cotidianas, nos obliga a pensar al Estado como una máquina que organiza y planifica la muerte. No es un campo de concentración. Lo denomino “campos de dispersión”, que también son de exterminio. Uno de los ejemplos de los campos de dispersión son los agrotóxicos. Dispersados en la tierra y en los alimentos. Fumigando sobre escuelas. Intoxicando cuerpos y arrasando mentes. Campos de dispersión son los precios esenciales, las jubilaciones de penuria, los salarios básicos que nada básico aseguran. Decidir cuándo fue el deslizamiento del arte de gobernar al arte marcial de asesinar, da cuenta de nuestra implicación. Para mí, la política es la puesta en acto de la implicación. Por lo tanto, yo tiendo una parábola que va desde la masacre de Ezeiza hasta el triunfo de Cambiemos. O sea: la derrota y el fracaso de la profecía de la Patria Socialista, coronado por una nueva versión del Virreinato del Rio de la Plata. La segunda Dependencia. O la tercera. O la cuarta. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. Elecciones más, unidades menos, las masacres continuarán. Los originarios no somos todos, pero no son aquellos que hace catorce mil años habitan estas tierras. Los originarios también somos los que sostenemos que si la revolución es un sueño eterno, lo revolucionario es cotidiano. Porque todos los días y todas las noches, hay miles de compañeres que perforan el fundante represor de la cultura. Fui invitado a la Feria del Libro en El Chaltén. Y pude conocer, estar cerca, hablar con muches que diariamente combaten contra la cultura represora con creatividad, coraje e inteligencia. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. De la masacre de Ezeiza a la Masacri Fácil hay una continuidad que no debe olvidarse. La memoria histórica es una de nuestras armas necesarias. Santiago Maldonado y Luciano Arruga son víctimas del mismo arte de asesinar. Los combatientes que sostienen la dignidad de la vida, deberemos crear nuevos artes para seguir siendo cántaros que rompan la fuente de la cultura represora. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. En San Miguel del Monte, la cultura represora exhibe su arte de asesinar. Lo ha exhibido sin pudor alguno. Lo exhibe como Trofeo. Como las cabezas de animales asesinados en safaris sangrientas. Masacres, cacerías, safaris. El arte de nuestro buen vivir es un reino que no es el mundo de la cultura represora. Otro mundo construiremos donde quepan muchos mundos. En la Feria del Chaltén lo respiré. Y mi decisión es seguir respirando esos aires de rebeldía libertaria. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. Aníbal, Gonzalo, Danilo y Camila, víctimas fatales de la masacre. Edición: 3886      

Por Alberto Morlachetti y Miguel Angel Semán

(APe).- Caridad y represión. En el siglo XVI Europa se vio asolada por el hambre y las epidemias. Miles de campesinos marchaban hacia las ciudades en busca de alimentos,

porque sólo éstas poseían un sistema organizado de almacenamiento de provisiones.

Ante el avance de los andrajosos, las autoridades urbanas adoptaron medidas destinadas a dominar la situación y bajo el manto de la caridad pública comenzaron a funcionar los aparatos represivos.

En el año 1527 se dicta en Venecia una ordenanza o “primera ley de los pobres“ cuya finalidad esencial era el aislamiento de los menesterosos en hospicios provisionales, prohibiéndose su estacionamiento en las calles y en las plazas, so pena de azotes, prisión o expulsión de la ciudad. Un año más tarde prohiben el acceso a los mendicantes forasteros, a los propios se los obliga a trabajar en la marina por la mitad del salario normal y se recomienda a las comisiones parroquiales que pongan a las mujeres y a los niños a servir.

En 1534 frente al temor de nuevas epidemias y revueltas de pordioseros, fue creada en Lyon la "Limosna general", institución con facultades jurídico-policiales, encargada de distribuir las limosnas, controlar el orden y, fundamentalmente, combatir la mendicidad, la haraganería y el ocio, para lo cual contaba con seis servidores denominados “atrapa vagabundos“ y una torre enclavada en la muralla de la ciudad que cumplía la función de prisión de mendicantes. Los trabajos forzosos eran el medio educativo y punitivo aplicado en forma permanente a los pobres, a quienes se obligaba a trabajar encadenados por ninguna paga. Cuando en el año 1536 se introduce en la ciudad la manufactura de la seda, los niños e incluseros educados por la Limosna eran colocados en el sector. Lo significativo es que los mismos burgueses, promotores del trabajo forzoso como sistema de ayuda social, fueran los rectores de la Limosna General y, a la vez, los introductores de las nuevas ramas de producción en Lyon.

A fines del siglo en Norwich, Inglaterra, se organiza un sistema asistencial bajo formas represivas que tendrá consecuencias duraderas y prefigurará rasgos de una futura explotación capitalista. En 1570 se llevó a cabo un censo de pobres a fin de determinar quiénes eran aptos para el trabajo, incluyéndose entre ellos a niños entre siete y nueve años. Se creó entonces una casa de trabajos correccionales, con un régimen carcelario, administrada por el propio alcalde. Se trabajaba en ella desde el amanecer hasta el crepúsculo y quien no lo hacía no recibía comida. Para el empleo de las mujeres y los niños se designaban celadoras pagadas por la ciudad, que tenían la facultad de aplicar azotes a los tutelados. Todo este sistema era sufragado por un impuesto a favor de los pobres. Al cabo de un año de costearlo los ciudadanos de Norwich sacaron cuentas y observaron que el trabajo obligatorio de los ociosos había procurado a la ciudad un ahorro de 2.812 libras, un chelín y cuatro peniques. Aunque la evaluación de la miseria en términos de inversión de dinero resultara importante, la verdadera garantía de funcionamiento del sistema era la represión violenta, basada en la legislación regia contra la haraganería y aplicada por las autoridades ciudadanas mediante dispositivos locales de control.


La domesticación de la miseria


Han pasado casi quinientos años y el mundo cuasi virtual no sabe aún qué hacer con los hambrientos de la Plaza de San Marcos ni con los habitantes de la Villa 31. Nadie sabe cómo reducir a cenizas los cadáveres insepultos de la historia. Se le teme tanto a los ociosos del siglo XVI, con sus pestes y tumultos, como a los deportados del neoliberalismo. Los indígenas de Chiapas, el Movimiento de los Sin Tierra del Brasil, los ocupantes de asentamientos en el Gran Buenos Aires son las expresiones de resistencias organizadas ante las políticas de exterminio y domesticación de la miseria.

Los programas asistenciales de hoy, como ayer, proponen, la traza de una geografía domesticada del hambre, una organización represiva de la pobreza para impedir que irrumpa abruptamente con sus pústulas en medio de la bruñida sociedad que ha sustituido la realidad por su imagen. Para ello, desde los organismos de beneficencia se somete a los pobres a un asedio administrativo, humillante y perpetuo. Se les imponen juramentos y declaraciones que acrediten sus indigencias y enfermedades.

El sufrimiento infinito de los pueblos requiere de la firma de un funcionario público para hacerse verdad en los dominios de la burocracia y lograr apenas la excención de un sellado, un poco de leche o apenas un remedio que demore la muerte.

Subsiste, en este afán de hacer confesar al pobre su “maldita“ indigencia, un sedimento de añeja desconfianza, pero su finalidad última es la de obtener una clasificación de los menesterosos en propios y extraños, sanos o enfermos, inofensivos o peligrosos. Primitivo control de las disconformidades, censo de las tristezas, tomografía de lo marginal que permite evaluar a los gobernantes el gasto mínimo necesario, no para evitar muertes por carencia de alimentos, sino el estallido y la revuelta, el tumulto callejero que pueda alterar la calibrada injusticia del mercado y el orden público resguardado por custodias estatales o privados.

Mientras tanto, el hambre, tempestuoso como el mar, se niega a obedecer las disciplinas que pretenden someterlo al turno de los comedores escolares. Se enfurece y rompe los calendarios de la espera, corre por las calles y revuelve la basura, se lleva a la boca los mendrugos ajenos y los mastica “con sentimiento de ladrón“.


I


En el amanecer del siglo XXI la represión no precisa disfrazarse de caridad para salir a las calles vestida con sus mejores galas. La epidemia que traen consigo los desposeídos de nuestro tiempo no es la peste negra venida a Europa en el año mil, por la ruta de la seda y de la mano del progreso ni el mal de los ardientes, capaz de devorar a un hombre en una sola noche. Tiene otro rostro, tal vez menos espantoso, pero igualmente inquietante, y afecta el nervio más sensible de las sociedades contemporáneas. Es el mal de los derrotados, la pandemia que padecen los excluidos del sistema. Miles de enfermos portan el virus de la peligrosidad y el fracaso, constituyen en sí mismos, por el simple encadenamiento causal de sus existencias, un evidente riesgo social.

La queja de esa labil “opinión pública“, traída y llevada de la piedad al miedo y del miedo al odio, sensible a las variaciones bursátiles de los mercados remotos e indiferente a los horrores limítrofes, entonces deviene el reclamo, el encierro de los peligrosos y la segregación de los indeseables. Pero lo cierto es que nuestras sociedades ya han recluido y discriminado hasta el hartazgo y, luego de dos siglos de haber sido depositarios de la peligrosidad humana, las cárceles, los institutos de menores y los manicomios parecen haberse desfondado irremediablemente.

Ante la imposibilidad física de aplicar la prisión indefinida, las sociedades “evolucionadas“ se han cerrado sobre sí mismas, provocando en su repliegue la automática expulsión de los indeseables. Las cárceles están abarrotadas, pero la forma más novedosa y sutil de la prisión es esta condena a permanecer a la intemperie del mundo, del otro lado del espejo, en un calabozo de castigo cuyas paredes lindan con la nada. Tal vez el “remedio-sanción“ ideal para nuestros tiempos sea una vacuna cuya aplicación extirpe de raíz toda reminiscencia de dignidad humana, un anticuerpo que libre a los menesterosos de la tortura de la esperanza, los vuelva estériles e indiferentes a la belleza y los convenza para siempre, a ellos y a los hijos de sus hijos, que sólo han sido dotados para engendrar tristeza y parir desolación.


II


Como decía un personaje de Haroldo Conti: el mundo es grande, pero no tanto. Por eso los del lado de afuera, tarde o temprano, aparecen donde no deben. Entonces suenan las alarmas, las sirenas caen como una red sobre la noche y el Orden se defiende a sí mismo, a los tiros o “a duras penas“. Algunos se encuentran con la desmesurada injusticia de la muerte y otros reciben su cuota en un reparto de condenas que no persigue la punición modulada de ningún culpable sino “la inmunidad de los amenazados“, la protección absoluta “de los otros“, con independencia de toda noción de culpa.

Como medidas “preventivas“ se montan espectaculares operativos de rastrillaje, se inventan inverosímiles figuras como el “predelito“, la tolerancia cero, la mano dura. Es decir: se criminalizan las sospechas y se hace del prejuicio una tipificación penal. Luego se elaboran estadísticas -viejo vicio de los represores- que miden la superficie de la ciudad en metros cuadrados de peligrosidad humana y evalúan la eficiencia policial en horas-hombre de detención sin motivo. Estas cruzadas en la oscuridad son definidas por los funcionarios de la seguridad como procedimientos de rutina y, a decir verdad, conforman una rutina de la violencia que pretende recluir la exclusión dentro de cuarteles determinados, llámense Fuerte Apache, Villa Tranquila o Carlos Gardel, detrás de cuyos límites el homicidio, la violación y el robo no resultan alarmantes, en tanto y en cuanto la miseria y la monstruosidad igualan a los victimarios y a sus víctimas. De alguna manera, las calles, el barro, la droga y el miedo prolongan bajo el cielo abierto el esquema cerrado de las prisiones, adonde el mal debe ser confinado, como en los antiguos Hospitales Generales, dentro de su propia promiscuidad de mendigos, delincuentes, locos, desocupados y huérfanos.

Cuando alguno de los confinados rompe el cerco y mata, roba, secuestra o daña, el gran ojo mediático acude en busca de su presa y enfoca el fenómeno como producto de un encadenamiento de genéticas irreparables. La era digital nos permite ser tranquilos espectadores de estos retazos de realidad porque la pantalla del televisor no hiede como la piel de los humillados. El cerco de 24 pulgadas, como el espejo que guarda los horrores ajenos, conjura las presencias y desactualiza el mal, aunque los hechos estén ocurriendo en ese mismo instante a pocas cuadras de nuestra casa. Contemporáneamente, fuera de los noticieros y en el horario de las telenovelas, los mismos medios se encargan de difundir una versión “light“ de la marginalidad en esos indefinibles programas donde pobres disfrazados de pobres y maquillados de sí mismos representan el papel de héroes o víctimas de sus propios dramas. Así, la televisión logra una vez más sustituir la realidad por su imagen, y lo humano -despojado de su dimensión trágica- aparece exhibido como un simple muestrario de obscenidades. La miseria es visitada como la reserva natural del fracaso en el mundo del éxito excluyente.


III


Así como en la antigüedad, la espectacularidad y desmesura del castigo eran una manifestación del poder absoluto y arbitrario del Príncipe, y la aplicación de la pena buscaba restablecer el pacto jurídico-político que el delincuente con su conducta había dañado, nuestras condenas apuntan a quienes han quedado al margen de una sociedad sólo ensamblada por las leyes y conveniencias del mercado. Se castiga a los marginales, la “no pertenencia“, el desarraigo y el olvido a los que la misma exclusión económica los ha conducido, porque su presencia y sus actos atentan contra el nuevo pacto político de nuestro tiempo. La arbitrariedad de las penas actuales es el reflejo del cruel funcionamiento de un mercado que se alimenta, casi exclusivamente, de la despiadada eliminación del otro.

El neoliberalismo individualista castiga a los delincuentes que ha producido, a los que podría llegar a producir y a los que ya no lo serán jamás. Las víctimas predilectas del sistema penal son los heterogéneos y los vencidos del mundo, se persigue tanto a los “peligrosos“ como a los indefensos. Por eso encierra no sólo a los presuntos delincuentes, sino también a los ancianos y a los niños hambrientos. Cuando abandonamos a nuestros mayores detrás de las paredes de los geriátricos, dejamos con ellos no sólo el estorbo de unos cuerpos vencidos, sino también el sobrepeso de las memorias inútiles, la carga de las miradas que más secretamente nos conocen, las que nos vieron niños, enfermos, débiles o pobres y, al mismo tiempo, retiramos discretamente nuestras propias miradas del cruel espectáculo de sus agonías. Al encerrar a los niños con el pretexto de tutelarlos, lo hacemos porque no nos gusta que nos miren unos ojos ante los cuales siempre seremos culpables. El secuestro de la infancia en Institutos de Menores pretende abolir memorias aún no escritas, pero que presentimos terribles, historias que no deben andar sueltas porque pueden aparecerse mañana y cerrarnos el paso en cualquier esquina del futuro.


Epílogo sin fin


Un racismo bio-económico atraviesa la civilización posmoderna. Como en una imaginaria “Nave de los locos“, los pobres de la Era Digital han sido echados al mar de las ausencias y por allí navegan en busca de un puerto de aguas generosas, pero los vientos de la civilización los expulsan una y otra vez hacia sus patrias de origen: las islas de la desolación y el miedo. En el planeta de la economía global y el mercado sin límites sólo los capitales viajan sin restricción alguna, porque la tierra y el cielo, la dignidad y la brisa han sido vendidos y llevados muy lejos de aquí, a donde no puedan ser contaminados por el mal de la pobreza.

Pero nunca nada es demasiado afuera y nadie jamás ha conseguido ponerse a resguardo de la esperanza humana. Ya es hora de ir sabiendo, entonces, que los pasajeros ilegales, los hambrientos de siempre, los niños vagabundos y las mujeres perdidas, antiguos y eternos leprosos de la tierra, no son únicamente la muestra congelada de unas penas, son la imagen que algún día romperá el espejo y llegará al aquí. Entrarán en el mundo con sus nadas al hombro, los seguirá el aroma milenario de las lluvias y traerán el olor desenterrado de la tierra para enseñarnos de qué lado de la luz está la vida, en qué margen del exilio se ha refugiado el tiempo durante todos estos siglos de tristeza. Mientras tanto, como el viejo Mascaró en su lento carromato de desdichas, "nosotros los ustedes" seguiremos adelante, reclutando poco a poco la esperanza, contando pétalo por pétalo la fe recogida en los caminos.

 

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Galería fotográfica

 

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Hechos en imágenes

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Vaca Muerta

Cristian Baeza (34) y Maximiliano Zappia (24) son dos operarios muertos en una pileta de Vaca Muerta. En 15 meses son 8 las víctimas fatales.


Táser

Fue aprobada la utilización de las táser, a las que definen como “armas electrónicas no letales”, por parte de las fuerzas policiales y de seguridad federales.


Bebé

Un cartonero encontró el cuerpo sin vida de un bebé en un basural en Rosario.


Nino Largueri

Cuatro policías son juzgados por la muerte de Sebastián “Nino” Largueri de 23 años, desaparecido en 2015 en Monte Caseros.


Gualeguaychú

Juzgan a un policía detenido en Gualeguaychú acusado de violar a sus hijas


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