Por Carlos del Frade

(APe).- Después de la asamblea de Arequito, Buenos Aires inicia una nueva guerra contra las provincias del Litoral. Las fuerzas directoriales llegaron a la boca del Colastiné, en Santa Fe. Artigas, entonces, ordenó al irlandés Campbell salirle al cruce desde Goya, Corrientes. Allí fue este personaje digno de estudio en las escuelas junto a su tropa de guaycurúes, propinándole una nueva derrota a las fuerzas de Rondeau…

El 31 de enero de 1820, la Logia de Buenos Aires designó como director sustituto a Juan Pedro Aguirre que hasta el momento se desempeñaba como alcalde de primer voto del cabildo porteño. Si Rondeau era vencido por las montoneras, Aguirre podría entablar negociaciones con Ramírez y López.

“El cielo que sostiene nuestra causa corona nuestros triunfos concediéndonos este día feliz…los escollos que se nos presentaban se han destruido con gloria. La provincia es libre…la felicidad común se afianza doblemente ejerciendo el poder de un magistrado formado de este modo; las pasiones se comprimen al aspecto de un gobierno elevado por el de justicia y los aspiradores ven perecer la intriga, cuyas fatalidades aún sentimos por el vestigio de que han dejado sus crímenes…los enemigos se hallan en su marcha retrógrada, más no hemos fijado bases de concordia y podemos de nuevo se provocados”, escribía Estanislao López que, en esos días, comenzaba a ser tildado de patriarca de la federación…

“…La verdad es que el poder que regía los destinos del país desde 1816 ya no tenía defensores ni convocaba fervor a nadie. Sus dirigentes habían declarado la independencia de estas provincias y habían ayudado lealmente la empresa sanmartiniana; pero subestimaron el sentimiento republicano y federal de los pueblos, teorizaron con demasiada rigidez una realidad que era viva y bullente, se mancharon con las negociaciones secretas en Europa y las complicidades con Río de Janeiro y además, colocaron los intereses de Buenos Aires por encima de todo. No serían las últimas equivocaciones de los directoriales, que pronto se llamarían unitarios”, escribió con lucidez, Félix Luna.

Buenos Aires fue derrotada el primero de febrero de 1820.

En la cañada del arroyo Cepeda, un afluente del Arroyo del Medio, en la geografía del hoy primer estado del país, la provincia de Buenos Aires, las tropas federales, el gauchaje de Estanislao López y Francisco Ramírez le ganaron la batalla a los unitarios, el partido que representaba los intereses de los hacendados y los comerciantes vinculados al imperio de entonces, Gran Bretaña.

Casi 350 muchachos perdieron la vida aquel primer día de febrero de 1820, en la cañada de Cepeda. Mucha sangre para tan poco tiempo de combate. Algunos la llaman la batalla de los diez minutos. La consecuencia política fue la disolución del directorio y el congreso nacional. Surgió, entonces, para la historia oficial contada e impuesta desde Buenos Aires, el período de la anarquía. Nacieron trece provincias autónomas.

Rondeau formó su ejército en una disposición clásica, con la caballería a los lados y la infantería y la artillería al medio; protegiendo sus espaldas quedaba la larga formación de carretas. Una posición muy difícil de vencer, si el enemigo atacaba de frente. Pero en medio de la llanura, los federales no estaban obligados a hacerlo, justamente porque sus tropas eran puramente de caballería.

López era el gobernador de la provincia en que se combatía, pero aparentemente dejó el mando de las operaciones de la batalla a Ramírez. López era experto en acciones de guerrilla, pero Ramírez había demostrado ser muy capaz en las batallas. Junto a los santafesinos y entrerrianos, formaban en el ejército federal 600 abipones y guaicurúes del Chaco y un escuadrón de correntinos y guaraníes, al mando del capitán irlandés Pedro Campbel. Ambas tribus chaqueñas, desde 1816, a cambio de guerreros obtuvieron permiso de fundar una colonia cerca del campamento de Purificación.

A las 8:30 horas los jefes federales cruzaron al galope la Cañada de Cepeda, rodearon el dispositivo y se pusieron a sus espaldas. De inmediato atacaron a la caballería, mientras la infantería trataba de asomarse entre los carros y los cañones aún apuntaban para el otro lado. La batalla duró aproximadamente diez minutos, y la huida de la caballería directorial arrastró a Rondeau. Los infantes formaron dos cuadros defensivos y rechazaron varias cargas por tres horas. El resto del ejército (casi mil hombres) debió retirarse hacia San Nicolás de los Arroyos (a orillas de río Paraná, a 60 km de distancia) y embarcarse de regreso a Buenos Aires, dirigido por el general Juan Ramón Balcarce.

Edición: 3925

 

Libros de APE