Por Alicia Tomé (*)

(APe).- En las primeras semanas del año, en Rosario, ya sabemos que nuestra ciudad se llena de muertos. Lo fuimos sabiendo, ¿nos fuimos acostumbrando? Los meses de enero y febrero vienen teñidos de sangre del narcotráfico. Leemos los diarios y nos quedamos con la sensación de que la cosa cada vez se pone más grave y, lo que es peor, nos cuesta pensar posibles salidas a este atolladero. Las pocas promesas de futuro que nos quedan parecieran no dar respuestas a este fenómeno que avanza en carcomer nuestro tejido social. Si alguna alternativa nos queda –y quiero pensar que sí- dependerá en parte de que podamos reconocer y sentir horror frente a estos hechos, indignarnos, movilizarnos.

Hace algunos días, nos enteramos de una nueva tragedia, en los diarios la llamaron “El triple crimen de Ibarlucea”. Lo que no dice este título es que entre las víctimas, mataron a un bebé. Y quisiera que en esta sociedad, en la que los límites del horror se van corriendo día a día, en donde leemos que aparecen pedazos de cuerpos cortados con motosierra en el río, mujeres embarazadas con balazos en el vientre, quisiera, decía, que no nos acostumbremos a que maten a nuestras niñas y niños.

Pienso que estos crímenes de la infancia, son metáforas de lo que nos está sucediendo socialmente. Llegué a crecer en una década en la que todavía la niñez era sagrada y protegida pero ¿por qué era así? Por varios motivos. Entre ellos, porque los cachorros humanos están entre los seres más vulnerables de la naturaleza. A diferencia de otros animales, nacemos con pocos instintos y estos pocos instintos se van perdiendo a medida que nos vamos humanizando. Sin otro ser que nos cuide moriríamos. De la misma manera, necesitamos de otras y otros para crecer.

Pero, además, la niñez está colmada de representaciones: en culturas distantes entre sí, en distintos momentos históricos, la infancia figuraba el futuro, la inocencia. Ahora, ¿qué nos estará sucediendo para que la infancia deje de tener este lugar?

Lo que complejiza aún más las cosas es que quienes matan, nuestros criminales, los criminales que está pariendo nuestra sociedad, también son niños. Leo los diarios nacionales acerca del narco-crimen rosarino y me encuentro con que uno de los jóvenes presos, que fue el primero en prometer una serie de crímenes a niños, es nombrado como el “narco-niño”. Todo está trastocado y no debiéramos permanecer como espectadores. ¿Qué nos pasó? ¿Cómo llegamos a que nuestros jóvenes no tengan registro de sus semejantes? ¿Qué nos pasó para que un niño pierda su lugar de promesa de futuro, represente la inocencia?

Estamos tan acostumbrados que no solemos reflexionar acerca de la necesidad que tenemos de crecer, ser protegidos y educados por otros adultos para convertirnos en seres sociales. El caso de los niños salvajes nos muestra qué sucede cuando los bebés no son tratados como semejantes por otras personas. El salvaje de Aveyrón, (llevado al cine por Truffaut), nos ayuda a pensar en que no “nacemos humanos” sino que nos “hacemos humanos”. Criado entre lobos, fue encontrado a sus once años, no hablaba, caminaba en cuatro patas, vivía desnudo. Fue hallado en una época en la que los científicos creían que con educación podían humanizarlo. Pero no, un cachorro humano criado entre animales, a sus once años ya no es/era capaz de inscribirse dentro de una cultura o apropiarse del lenguaje.

En Rosario, hace años que venimos permitiendo que los jóvenes de los barrios pobres crezcan desprotegidos, desprovistos de sus derechos (una de las caras de la ley). Crecen sin que los cuidemos, sin recibir nuestro abrigo, nuestro buen trato. El salvaje de Aveyrón nos muestra que muchas de las funciones cognitivas y psíquicas que nos caracterizan, son inicialmente intersubjetivas y luego recién las internalizamos. Por ejemplo, el lenguaje primero es intersubjetivo y sólo con posterioridad se internaliza; la atención también se construye con un otro. Parece evidente pero para poder prestar atención nos deben haber prestado atención a nosotros previamente. ¿Y para tratar al otro como un semejante, para cuidarlo? Pienso que también, y, por eso, nuestros niños que crecen sin nuestro cuidado, sin el abrigo de las leyes que deberían protegerlos, sin nuestra mirada adulta que los cobije y les prometa un futuro, son seres capaces de matar a otros niños.

Pero quiero cerrar con una idea, que tomo prestada de Amador Fernández-Savater. El pensador español plantea que vivimos en épocas difíciles, sin las utopías que caracterizaron a nuestras generaciones precedentes y que tal vez, para pensar otro futuro, de lo que se trate es de intentar construir otro presente, del cual sí puedan nacer nuevos sueños de futuro. Me quedo con este desafío, empecemos por cuidar a nuestros niños y niñas.

*Cientista de la educación, psicopedagoga, magister en psicoanálisis.

Edición: 4066

 

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