Por Carlos Del Frade

(APe).- Por los pasillos de Villa Banana, en el oeste rosarino, el domingo al mediodía se anuncia con aromas de asados y mesas asomadas a las calles de tierra. También hay fútbol en el club “27”, recuperado por la organización social “Causa”. Antes formaba parte de los bienes de la banda de Los Monos y sus socios territoriales. Se quedaban con la recaudación de las inscripciones para los torneos de fútbol y usaban la cancha, en determinados días, en ciertos horarios, para distribuir la droga que llegaba al barrio.

Pero en el primer domingo de abril de 2019, hay una densidad muy especial y palpable. El jueves anterior mataron a Pamela Soledad Gómez, de solamente trece años que cursaba el sexto grado en la escuela Champagnat en el corazón del emblemático barrio que alguna vez formó parte de la mitología del peronismo rosarino. Una ráfaga de metralladora se tragó la vida de Pamela que estaba muy contenta porque la habían anotado en un programa social y entonces soñaba con comprarse un par de zapatillas. No pudo hacerlo.

-Le pagan a la policía, la policía libera la zona y te matan como a un perro- dijo el padre de la chiquita, David Gómez, cuando una peregrinación de más de medio centenar de vecinas y vecinos llegaron hasta el Centro de Justicia Penal el lunes 8 de abril.

“Dicen que estos pibes, una banda de traficantes, habían comprado una pistola y salieron a los pasillos a probarla. Y así mataron a mi hija, hirieron a mi hijo de 15 años, que se salvó de milagro, y a otro nene que también está grave”, siguió diciendo David.

Agregó que “los mismos traficantes que mataron a mi hija nos dijeron que si seguíamos con la denuncia nos iban a matar a todos…es una cosa de locos, usan a los pibitos para que maten criaturas, para que maten a cualquiera en la calle. Hay custodia policial, sí, pero la custodia lo que hace es revisar la casa de la gente que vino hoy a hacer la protesta. No van a la casa de los narcos, a patearle las puertas. No, van y revisan las casas de los mismos parientes de las víctimas”.

Pero es necesario volver al domingo 7 de abril. A los aromas de los asados, los partidos de fútbol de chiquitas y chiquitos que estrenan camisetas en el club “27”.

-Le acabo de pagar 6.700 pesos a un narco para que no maten a mi hijo –dice una señora que apenas supera los cincuenta años. No quiere mirar para la esquina del bulevar donde se anuncia una de las entradas a los pasillos íntimos de Villa Banana.

El cronista avanza por esos pasillos, cuando el cemento ya no existe y aparece la potestad casi absoluta de la tierra y el barro. Las tías de Pamela están a metros de los matadores de su sobrina.

Allí está la densidad.

Nadie parece proteger a nadie.
Y aparece, surge, entonces, la frase que se repite en voz baja pero se multiplica en distintos sitios de esa geografía: “Acá hay un arsenal”.

La policía lo sabe tanto como las y los habitantes del lugar.

Al chiquito herido en su espalda lo llevaron en una moto hasta el Hospital de Emergencias “Clemente Alvarez”. No hubo ni móvil policial ni ambulancia. Una moto para un pibe herido que buscaba gambetear este perverso costado de la realidad yendo a una biblioteca popular. Ahora no se sabe si quedará paralítico como efecto de la bala y la espera sin sentido.

Vecinas y vecinos repiten: “Acá hay un arsenal”.

Pamela Soledad Gómez, de solamente trece años, soñaba con vivir una realidad mejor.

La mataron aquellos portadores circunstanciales de dos negocios estructurales del capitalismo, dos negocios paraestatales, el narcotráfico y el contrabando de armas.

En la querida y resistente Villa Banana, donde hay un arsenal ante la impunidad que brindan los nichos corruptos de La Santafesina SA.

Edición: 3854

 

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