Para una geografía del encierro
Publicado: Sábado, 20 Abril 2019 10:17
Para una geografía del encierro

Hace hoy cuatro años Alberto Morlachetti coloreaba de sepia nuestros días y se despedía de estas paredes, estos rincones, estos sueños que apiló como torres hacia el cielo. Un cielo que pudimos tocar todos, aun con la puntita de los dedos, cuando su voluntad hizo remontar en vuelo a Pelota de Trapo. Hoy seguimos su camino, con menos fantasia en las alas, con sueños más acotados, pero con las mismas ganas de estar de pie. Esta semana publicaremos su palabra día tras día. Esta palabra es su obra. Por Alberto Morlachetti y Miguel Angel Semán    (APE).- Caridad y represión. En el siglo XVI Europa se vio asolada por el hambre y las epidemias. Miles de campesinos marchaban hacia las ciudades en busca de alimentos, porque sólo éstas poseían un sistema organizado de almacenamiento de provisiones. Ante el avance de los andrajosos, las autoridades urbanas adoptaron medidas destinadas a dominar la situación y bajo el manto de la caridad pública comenzaron a funcionar los aparatos represivos. En el año 1527 se dicta en Venecia una ordenanza o “primera ley de los pobres“ cuya finalidad esencial era el aislamiento de los menesterosos en hospicios provisionales, prohibiéndose su estacionamiento en las calles y en las plazas, so pena de azotes, prisión o expulsión de la ciudad. Un año más tarde prohiben el acceso a los mendicantes forasteros, a los propios se los obliga a trabajar en la marina por la mitad del salario normal y se recomienda a las comisiones parroquiales que pongan a las mujeres y a los niños a servir.

El futuro
Publicado: Viernes, 19 Abril 2019 13:51
El futuro

Por Alberto Morlachetti (APe).- Se ha extinguido la idea de futuro. El tiempo venidero ya no es el territorio imaginario en el que habitan los mejores sueños de los hombres, sino el lugar en que el presente extiende su soberanía con su carga de miserias. Borges opinaba: “nadie vivirá en el futuro: el presente es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle”. Los problemas que gravan a nuestra infancia parecen darle a primera lectura la razón. Por lo que nuestras miradas han ido hacia el pasado. Como si no quedara más proyecto posible que el de mantener lo mejor de lo que hubo. “Según parece”, escribe Manuel Cruz, “la esperanza pasó de largo ante nosotros sin que nos diéramos cuenta: ahora, algo tarde, debemos salvar aquello que era nuestro único horizonte”. Pero del mismo modo que no hay olvido casual, tampoco hay regreso inocente. La primera víctima de la historia que nos contaron ha sido la verdad. Quizás ahora nos toca a nosotros explicarla a nuestra manera. Una historia hecha de sables en el exacto corazón del pecho, que fueron poniendo palabras, ideas, pasiones y que disparó contra las mejores intenciones humanas, que no acarició, ni amó a nuestros niños, salvo pequeños instantes. Que atravesó las generaciones y engendró este presente que apunta a los niños hambrientos. “Es inquietante el desarrollo que viene adquiriendo la mendicidad, no sólo por sus extremas proposiciones, sino también por la abundante intervención que en ella van teniendo los niños. Las calles de la ciudad están a todas horas llenas de menores que imploran limosnas para aliviar las supuestas desgracias de sus padres, siempre postrados por graves dolencias que los imposibilitan para el trabajo, en cuanto no son los mismos o fingidos padres, los que rodeados de su prole ejercen el pordioserismo exhibiendo a sus hijos harapientos en cuanto lugar público existe”. Estos relatos parecen extraídos del diario de la mañana. Sin embargo, pertenecen al diario La Nación del 23 de agosto de 1915. Bartolomé Novaro, “hombre de luces” cansado de tanto pobrerío invadiendo las calles de Buenos Aires, decía en 1898: “Pero si tus padres te faltan, si esta santa institución no puede ampararte; si tus manos criminales o las ideas de tu cabeza delirante han de iluminar los horizontes de tu Patria con resplandores de incendio, apágate más bien”. Sandra Carli manifestaba que para Sarmiento los niños callejeros tenían los “ánimos ya demasiado pervertidos”. Estos chicos son condenados a no inscribirse en el orden de la cultura porque para el sanjuanino “jamás se instruirán”. Para estos niños, no podía ser la educación pública la encargada de modificar su situación social. Su destino era la casa de reforma o el asilo. Antes de finalizar el siglo XIX, Sarmiento opinaba que los niños abandonados, callejeros, de escasos recursos o huérfanos, eran una enfermedad de las grandes ciudades. En su opinión: “Estas excrecencias, estos musgos que se desenvuelven en los rincones fétidos y oscuros de la sociedad producen más tarde el ratero, el ladrón, o el asesino, el ebrio, el habitante incurable del hospital o de la penitenciaría. Los gobiernos municipales o civiles deben como los curas que tienen cura de almas, extirpar estos gérmenes en tiempo y librar a la sociedad futura de sus estragos”. Con estas convicciones, el sector a criminalizar, hubiese mediado o no la comisión de un delito, estaba señalado en forma transparente y se le adjudicaban una serie de vicios y carencias que legitimaban penas que nunca se terminan de pagar. Esta mirada persiste hasta nuestros días y se cristalizó en normas jurídicas, sobre todo, a partir de la sanción de la Ley Agote en 1919 o la más reciente el Decreto-Ley 10.067 sancionado por la Dictadura Militar en 1983 -que rige en la provincia de Buenos Aires- que la democracia no quiso-no pudo derogar. La sociedad se protege de los niños, en lugar de abrigar su desamparo. El horizonte, a fin de cuentas, está en aquella dirección en la que uno pone el corazón y su latido -y aunque les pese- el futuro con el que soñamos no tiene acta de defunción, ni es inexorable su advenimiento. Tenemos que hacerlo, que producirlo o no vendrá, porque el encuentro con la esperanza no está al alcance de la mano. Ella es un niño mendigo y no es fácil encontrar su mirada. Para eso hay que atravesar primero diversas capas de olvido que la impregnan por completo. El pibe-mendigo es aquello tal vez humano que yace en el fondo -donde a pesar de todo- la mirada le brilla como una brasa. Edición: 3859

Los pibes de sangre viva
Publicado: Miércoles, 17 Abril 2019 14:15
Los pibes de sangre viva

Hace cuatro años Alberto Morlachetti coloreaba de sepia nuestros días y se despedía de estas paredes, estos rincones, estos sueños que apiló como torres hacia el cielo. Un cielo que pudimos tocar todos, aun con la puntita de los dedos, cuando su voluntad hizo remontar en vuelo a Pelota de Trapo. Hoy seguimos su camino, con menos fantasia en las alas, con sueños más acotados, pero con las mismas ganas de estar de pie. Esta semana publicaremos su palabra día tras día. Esta palabra es su obra. Por Alberto Morlachetti       (APe).- Los medios de comunicación han estado activos: no sobre la suerte de los niños. No sobre el pan nuestro de cada día. Ni sobre el naufragio de nuestra dignidad. El cauto olvido, hará su trabajo lento, sin apuro, que para eso tiene la infinita arcilla del desamparo sobre los niños más niños. Sino sobre los pibes de sangre viva y de necesidades impacientes, los que no se resignan a la agonía del destierro ni a la tristeza de la limosna escasa, como diría Martí. Los medios convocan a la defensa social para gloria de la ciudad. Intentan descifrar la solvencia y los enigmas del sistema minoril, que descansa sobre una geometría de curvas diabólicas que desvían inevitablemente las buenas intenciones -que las hay- en los efectores del Estado y de los buenos samaritanos del tercer sector. Pero unos y otros -voluntariamente o no- tributan a la misma pesadilla. Foucault decía que desde las escuelas y las profesiones, hasta el ejército y la cárcel, las instituciones centrales de nuestra sociedad, luchan con siniestra eficacia por supervisar y controlar al individuo, para neutralizar sus estados peligrosos y para alterar la conducta inculcándole anestesiantes códigos de disciplina. ¿Y qué es un estado peligroso en un niño? Ser pobre, andar de calles, necesariamente anarquistas, fue la razón última de Luis Agote para hacer sancionar la Ley 10.903 en 1919 -de carácter nacional- que todavía se invoca para privar de libertad a nuestros pibes. El Decreto-Ley 10.067 en la provincia de Buenos Aires, fue promulgado cuando ya agonizaba la última dictadura militar y llevaba los mismos genes de la Ley 10.903. Apuntaba a los chicos pobres. Niños virtualmente peligrosos, sembradores de violencia, obligatoriamente insurgentes. Esta exclusión de la comunidad en instituciones de secuestro, formas extremas y condensadas de la disciplina social -estatales o privadas- o en prisiones a cielo abierto: villas-asentamientos-vagones-carpas donde viven, bajo la mirada atenta del sistema, los inútiles para el mundo alejados de cualquier derecho que los abrigue, aplastados y sometidos por una red de asistentes sociales y manzaneras que -con las mejores intenciones- naturalizan el infortunio, mientras los niños y los padres viven -fieramente existiendo- entre los interlineados del Código Penal, acosados por el lenguaje mediático que los convierte en pesadillas urbanas. Las víctimas son domiciliadas fuera del universo sagrado de la obligación moral, como escribió Helen Fein. Los jueces piden prisiones, ladrillos, murallas. El ejecutivo construye cárceles, pero nunca serán suficientes. Los “expertos” -ingenuamente o no- piden familias atadas a subsidios que las humillan y fragmentan, viviendo en amasijos de cartones, recostadas sobre calles marrones, arrastrando grilletes que pesan una muerte: hambre-desocupación-violencia-allanamientos en medio de la noche, disciplina feroz para enmienda de los desviados, que los atan a barrios cercados donde la vida es penitencia para evitar la revuelta. Las muertes tempranas y el gatillo fácil se mantienen como programas, con su breve y siniestra sencillez, reemplazan -muchas veces- las complejas arquitecturas de una cárcel y la costosa multitud de guardias que las mantienen. Barrios, ghettos: prácticas sociales igualmente punitivas. ¿Cantar infancia-besar familia?: estamos atados a la espalda de un tigre. Nadie escribe una sílaba sobre el sistema capitalista que se alimenta de la despiadada eliminación del otro en busca de la máxima ganancia -portador del mal absoluto- produce niños pobres por cientos, por miles, desnutridos, desolados, mendicantes, violentos que no tienen el alma enferma de prudencias humanas. El lenguaje del tambor -en las murgas y en los bordes- alejados de nuestra comprensión, son palabras al viento dirigidas al vientre suave del oído y no a la mirada como la escri-tura alfabética, inscribe palabras y ritmo que mueve la música que mueve el cuerpo en un pentagrama que llama rabiosamente a construir una nueva sociabilidad humana. La venganza de los jóvenes -dice Mejía Godoy- será el derecho de sus hijos a la escuela y a las flores. (*) Esta nota fue escrita por Alberto Morlachetti hace 15 años. Así, exactamente, la escribiría hoy. Su vigencia es absoluta. Edición: 3856  

En el país del desamparo
Publicado: Miércoles, 10 Abril 2019 14:22
En el país del desamparo

Por Silvana Melo (APe).- El segundo país más desdichado del mundo es Argentina. Lo dice un economista norteamericano, que creó un índice de desdichas. Gente que primero crea la desgracia y luego la mide. Después de Venezuela, dice, viene esta tierra. En infelicidades. Lo sabe el hombre que salió de su casa con la bebé broncoaspirada en los brazos, en el barrio San Francisco Solano de Salta y fue al centro de salud. "El enfermero se quedó inmovilizado, no sabía qué hacer con mi bebe, le pedí que me llame una ambulancia y no sabía ningún número. La tuve que alzar con mis manos, salir a la calle y tomarme un remís para ir al Hospital Papa Francisco. Cuando llegué el médico me dijo que no tenía los elementos para atenderla, desesperado le pedí que me lleve en ambulancia al Materno Infantil, a lo que me contestó 'no tenemos ambulancia'. Mi bebé se me murió en mis brazos y nadie pudo ayudarme, no puede ser que los pobres tengamos que vivir este calvario". Sí que puede ser. En el país de la desdicha el norte es tierra condenada: la pobreza en sus niveles máximos, los desmontes que desnudan a la tierra y se ahogan, ella y su diversidad, en el oleaje de la renta de los otros. El hambre y el veneno. La salud colapsada y el trabajo como extorsión feudal. Corrientes es la ciudad con mayor índice de pobreza en el país: 49,3%. Después Concordia (Entre Ríos) y el Gran Resistencia (Chaco), con más de 41%. Después, Santiago del Estero-La Banda, con 38,9%. Y Salta, con 37,7%. En Corrientes, los estudiantes de la Universidad Nacional del Nordeste colapsaron el comedor. Si comen, no pagan alquiler. Es el almuerzo o la calle. Las raciones se dividen en mil. Migas para cada uno. Futuros profesionales atravesados por el hambre. El Banco Mundial, con su proverbial generosidad, advirtió que las condiciones acordadas por el FMI "está cobrando un alto precio” a la Argentina. Pero aclaró, por las dudas, que “es un mal necesario". En la escuela El Breal, municipio de Rivadavia, la directora se hizo cargo de la olla grande en el patio de tierra, sobre las brasas. No hay auxiliares ni comida. En la misma zona de Salta donde la inundación llegó y no se fue nunca. Y la vida y la escuela son con el agua en las rodillas. El 32% es pobre en el país de las desdichas. Un 6,3 % más de un año al otro. Casi tres millones de personas se sumaron. Tres millones de caras, de historias, de madres jefas, de padres heridos en su fallido rol proveedor, de niños marcados para siempre por la mala nutrición, de gente que está al borde de la calle, de esperanzas arrancadas como hierba mala. Argentina es el sexto país con mayor inflación del mundo, según el FMI. Arriba sólo quedan los países marginales cuyos presentes y/o historias esta tierra suele mirar desde un púlpito. Una familia es pobre si no llega a cobrar 27.570 pesos por mes. El salario mínimo (que se supone está al borde de la vida) es de 12.500 pesos. Menos de la mitad. Millones de personas están asomadas a la ventana del dolor. Mirando cómo el futuro se va, con norte ajeno. Los chicos que se desmayan los lunes en las escuelas del conurbano porque no comieron el fin de semana no tienen idea de que Argentina es el país más endeudado de América Latina (Informe BBC Mundo, febrero de 2019) pero pagan la deuda día a día, hora a hora. No saben que la seguirán pagando, impiadosamente. Con la extracción del futuro, como si fuera una muela sistémica. Así se sigue, en el país de las desdichas. Edición: 3851

Los Ocampazos
Publicado: Lunes, 08 Abril 2019 12:40
Los Ocampazos

Por Carlos del Frade (APe).- “El “Ocampazo” fue una experiencia de lucha de gran impacto en quienes habita(ba)n la región norte de la provincia de Santa Fe en las décadas del ’60 y ’70. La acción colectiva comenzó a fines de noviembre de 1968, cuando los trabajadores azucareros decidieron realizar una marcha hacia la municipalidad ocampense, frente al incumplimiento en el pago de jornales por parte del Ingenio Arno. Ante la ausencia de soluciones, en enero de 1969 decidieron instalar una olla popular en la avenida principal. Luego, se incorporaron sus familias y realizaron una “marcha de ollas vacas” –cacerolazo- en las calles ciudad. También los estudiantes hicieron lo suyo, y se proclamaron en huelga de hambre, resistiendo en el interior de la iglesia del lugar. Asimismo, trabajadores de la industria papelera, agricultores, comerciantes,profesionales liberales, trabajadores de los talleres de vagonerías (trabajadores de los ex pueblos forestaleros), y colectivos político –militantes de diferentes puntos del país, apoyaron la lucha. Finalmente, tras meses de negociaciones, acuerdos efímeros y posibilidades ciertas de cierre definitivo de la industria, se dispuso la “Marcha de los Pueblos del Norte” a la capital santafesina. El día 11 de abril de ese año –fijado como fecha de partida- la brutal represión ejercida por el gobierno de Onganía impidió su realización”, cuenta la investigadora Daiana Masín, en su trabajo “Villa Ocampo arde: la pueblada de 1969”. Medio siglo después, en esas tierras del departamento General Obligado, en la frontera con Corrientes y el Chaco, la caña de azúcar comenzó a ser una melancolía, dejando espacio para los negocios inmobiliarios. A principios del tercer milenio, César, en ese entonces de trece años, escribía poesías a la luz de una vela porque décadas de democracia no le habían llevado la electricidad. Su padre le tiraba la bronca por tantas velas gastadas. Era un obrero desocupado de aquel ingenio Arno, esa marca que dio origen al primer “azo” del año 1969, justamente, el Ocampazo. Le pagaban un peso por cosechar la caña y como lo hacía de chiquito ya tenía “jodida” la espalda. Muchos años después, César seguía insistiendo con la poesía pero ya no había caña ni algodón. Cuando se cumplieron los 45 años de aquella “Marcha del Hambre”, en medio de una charla con estudiantes de historia, se presentó un hombre grande, Romualdo Carlos Caballero. Dijo que fue el abanderado del Ocampazo. Aunque se suponía que todo el mundo sabía su historia, aquella vez fue la primera ocasión en que contó que marchó junto al legendario dirigente de la CGT de los Argentinos, Raimundo Ongaro y al lado del sacerdote Rafael Yacuzzi. Y que debió esconderse entre los árboles que todavía quedaban después del saqueo permitido que le otorgaron a La Forestal. Una clase magistral del funcionamiento del sistema, su pedagogía contundente para que las nuevas generaciones no conozcan y, por lo tanto, no quieran las historias de sus lugares. Porque al no conocerlas, al no quererlas, jamás defenderán su tierra. Por eso Romualdo estuvo 45 años callado, sin decirle a su pueblo que fue el abanderado del Ocampazo. En estos días, medio siglo después, no muy lejos de allí, los obreros del azúcar de Las Toscas tampoco saben de aquella fenomenal demostración de dignidad ni tampoco qué significado tiene la palabra futuro porque los dejaron en la calle y nadie les dice ni les paga nada. Este 11 de abril habrá actos oficiales en Villa Ocampo. El problema será qué tipo de presente tienen hoy las familias que insisten en esos resistentes y estragados puntos del mapa del norte profundo santafesino. -Hablar del Norte Santafesino es hablar de una zona típicamente subdesarrollada. Es una región donde abundan los pueblos fantasmas. (…) Por eso antes de que desaparezca el norte de la Provincia, salimos a exigir lo que corresponde: trabajo, dignidad y posibilidades de futuro – se leía en la revista “Cristianismo y Revolución”, en aquel memorable año de 1969. Medio siglo después, la memoria debe ser imprescindible para recordar la dignidad de los pueblos del norte santafesino y, en forma paralela, imprescindible la recuperación del protagonismo histórico para la construcción de un presente donde cientos y cientos de César puedan escribir poesía y tener trabajos en blanco, y cientos y cientos de abuelos como Romualdo tengan la posibilidad de ser felices antes de la hora sin sombra. A cincuenta años del primer cimbronazo social que sacudió la Argentina en 1969, vayan estas líneas como modesto agradecimiento a la valentía de mujeres y hombres que siguen peleando contra las renovadas formas de ultraje en el techo de la provincia de Santa Fe. Edición: 3849 Fuente: “Villa Ocampo arde: la pueblada de 1969”, de Daiana Masín, presentada en la IX Jornadas de Sociología, en la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, 2011; entrevistas a César Godoy y Romualdo Carlos Caballero, por el autor de la nota.  

Ganadores del Concurso de Fotografías “Infancia es Destino”
Publicado: Sábado, 20 Abril 2019 20:36
Ganadores del Concurso de Fotografías “Infancia es Destino”

(APe).- Hoy, 20 de abril, cuando en Pelota de Trapo celebramos la vida, damos a conocer los nombres de los ganadores del Concurso de Fotografía “Infancia es Destino”, organizado por la Agencia de Noticias de nuestra organización. Las niñeces de los arrabales y de los suburbios, por las que luchó Alberto Morlachetti, fueron el alma y la sustancia del centenar de imágenes que llegó a nuestro correo electrónico. Y entre las que el Colectivo MAFIA, que ofició como jurado, tuvo que elegir tres premios y dos menciones: Primer Premio: “Música y potrero (a pesar de todo, la vida)”, fotografía color de Guillermo Cannizzaro, de Lomas del Mirador (foto de portada) Segundo y tercer premios: “Nosotros” y “Santi”, fotografías blanco y negro de Pablo Montero, de Florencio Varela. Menciones: 1- “Las Pailas, Cachi, Salta” de Otra Optica.2- “¿Cuándo fue la última vez que fuiste tan feliz?”, de Selene Ramseyer, Calchaquí, Santa Fe.       Los tres primeros premios se adjudicaron estatuillas y diplomas. Las menciones, diplomas. Los premios podrán ser retirados personalmente en Uruguay 209, Piñeyro, Avellaneda, por quienes lo deseen. De lo contrario, serán enviados por correo postal.  

El mundo único
Publicado: Jueves, 18 Abril 2019 15:49
El mundo único

Hace cuatro años Alberto Morlachetti coloreaba de sepia nuestros días y se despedía de estas paredes, estos rincones, estos sueños que apiló como torres hacia el cielo. Un cielo que pudimos tocar todos, aun con la puntita de los dedos, cuando su voluntad hizo remontar en vuelo a Pelota de Trapo. Hoy seguimos su camino, con menos fantasia en las alas, con sueños más acotados, pero con las mismas ganas de estar de pie. Esta semana publicaremos su palabra día tras día. Esta palabra es su obra. Por Alberto Morlachetti (APe).- Lo que se disfraza de sentido, la tendencia pertinaz del capitalismo de extender y difundir el pensamiento único, la verdad única, el mercado único, el mundo único, nos ha hecho devenir sociedades desalmadas. Sin utopías y deste-rrada la belleza, cualquier alambrado le duele al horizonte. La universalización de un único concepto de lo justo no ha remediado las injusticias, sino que las ha agravado. Savater sostenía que se ha aniquilado o desfigurado la pluralidad de identidades culturales hasta someterlas todas a un proyecto general según el modelo occidental -más específicamente norteamericano- basado en el individualismo posesivo, el utilitarismo, el consumo y la trivialización espectacular de la vida espiritual. Jean Ziegler, comisionado especial de la ONU, denuncia con lenguaje numérico que lo que ganan en un año 2.500 millones de personas en el mundo no alcanza a la fortuna actual de las 225 personas más ricas de este mundo. Concentración notable y alucinante de la riqueza. Según Naciones Unidas, 800 millones pasan hambre y 500 mi-llones sufren malnutrición crónica. Una división para eruditos de la miseria: lo que separa a unos de otros es siempre una travesura estadística que generalmente suele ser un mi-serable plato de sopa. Digamos que la cifra de los desespe-ranzados llega a los 1.300 millones. Cifra que aumenta según pasan las horas: el mundo es la conveniencia universal de unas cuantas personas. La mundialización -dice Pérez Gómez- vuelve a romper el delicado y creativo equilibrio entre universalidad y diversidad cultural al disolver el enriquecedor movimiento dialéctico entre los individuos dentro de su cultura y entre las culturas que pugnan o encantan para ser universales. El individuo se hace humano porque pertenece a una cultura concreta, no por estar dotado de la capacidad abstracta de pertenecer a cualquiera. El hombre se encuentra en una ciudad anónima que no puede mirar ni acariciar, que no tiene calles ni ríos ni rostros. La pequeña aldea donde sobrevive -luces dispersas de antiguas estrellas- es un espacio que está en ruinas. Sólo las nostalgias de las esquinas que llaman a sus tiernos almacenes. El mito no debe considerarse peligroso sino cuando desborda su territorio, cuando se convierte en sustituto de la razón, imponiendo sus certezas como incuestionables. Cuando se transforma en dogma o inquisición, reduce a los pueblos a servidumbre o mata. Sin embargo, las palabras -escribe Foucault- pueden abrirse y liberar el vuelo de todos los nombres depositados en ellas. Rimbaud proclamaba en las barricadas de la Comuna de París, en 1870: ¡Cambiad la vida! Yo creo todavía que vale la pena seguir intentándolo. Edición: 3858

Sobrantes del sistema
Publicado: Miércoles, 17 Abril 2019 15:13
Sobrantes del sistema

Por Claudia Rafael Basurero, basurero que nadie quiere mirarpero si sale la luna, pero si sale la luna...Pero si sale la luna tus latas van a brillar(Teresita Fernández) (APe).- Todo es ya en la calle. Viene la lluvia y es ya. Viene la razzia y es ya. Pasa el carro de facturas de la iglesia y es ya. El cuerpo está formateado para reaccionar ya. Ese agite se explica porque así arrancó su vida. Hoy son 8000, dentro de una hora o mañana mismo, quién sabe. No sólo es vivir sin techo. Es vivir sin paredes. Todo es a la vista de todos. Y no hay intimidad para lo bello. No hay intimidad para lo sórdido. Todos saben quién se acuesta con quién. Quién le pega a la mujer. Quién maltrata a los chicos. Quién no tiene en cuenta las necesidades del otro. Quién, cuando pasa el censo, no dice que vos vivís ahí. Se acumulan los egoísmos y las solidaridades en la memoria ram del habitante callejero. Que no es el que está en situación de. Porque es una situación eterna. Que llegó para quedarse. Lo otro, la palabra, el modo de llamarlos, de ponerles nombre es un eufemismo ahogado que no tiene punto final. El único punto final lo ponen el paco, la cuchillada por una nadería, el frío cuando irrumpe sin piedad o los niveles de violencia que se reproducen con todas sus sordideces. Pero también lo pone el estado. Cuando carga sus metrallas o cuando lanza la prueba piloto de contenedores tecnológicos que se alzan como valla entre el pobrerío y los desechos del bienestar. La noche cae sobre la terminal de Retiro cuando aún el reloj de la torre de los ingleses no marcó las siete de la tarde. Hay un ritmo que le es propio. El caos de autos, colectivos y el ruido ensordecedor de un par de motos se entremezcla con la estética que Larreta impuso hace ya rato, entre calles cortadas, polvaredas de cemento, paneles divisorios. Parece que no hay modo de llegar a ninguna parte. Se mezcla el olor de las hamburguesas, con el pis humano de vieja y nueva data, la transpiración de hombres y mujeres que corren rumbo a ningún lado y la cumbia que asoma desde algún puestito callejero que se empeña en aturdir. La villa avanza. Gana territorios. Hacia un lado y hacia el otro de la terminal y también de la estación. Los cartones y colchones flacos y raídos se amontonan sobre paredes y esquinas. El piberío juega o se acomoda temprano sobre el regazo materno mientras la joven mujer estira la mano con una lata. Los llantos de los críos se entremezclan. Por hambre, por sueño, por frío, por mil razones que se apiñan en un cóctel que estalla porque la calle potencia todo hasta decibeles impensables. El gobierno de la ciudad no supera en sus estadísticas el número de 1100 hombres, mujeres y niños viviendo en las calles. El censo alternativo de organizaciones sociales marcaban, sin embargo, que ya en 2017 eran 5800 los sin techo incluyendo a los menos de 2000 que duermen en los paradores nocturnos. Hoy, esas mismas organizaciones estiman que la cifra, por estos días, ronda los 8000. Recogen lo que los saciados derraman en latas, contenedores y esquinas pero también aquello de lo que se desprenden los que están apenas unos escalones más arriba en las pirámides de las sobrevivencias. Wacquant habla de un nuevo tipo de marginalidad, “la avanzada”, que tiene como “signos exteriores” a los sin techo, a los mendigos pidiendo dinero en las calles o en colectivos y trenes, “a los desocupados o subocupados crónicos, a la criminalidad como componente del día a día, a los trabajadores veteranos con conocimientos obsoletos en un contexto de desindustrialización y evolución tecnológica, a la mayor hostilidad hacia y entre los pobres”, a la mayor acción policial para los caídos a los abismos del sistema. Hay una sociedad que no mira. Que no posa sus ojos en los ojos de los ningunos. O que provoca una mueca de desagrado ante esa fauna creciente que puebla calles, esquinas y boulevares. Y un estado que empuja al pobrerío más allá de las cuatro avenidas céntricas de las grandes urbes. Que coloca contenedores “inteligentes” que se alzan como rejas ante la riqueza sobrante de uno, dos, diez cartones. Que anuncia, entre bombos y platillos desde la puesta teatral de la calle Corrientes, que es apenas una “prueba piloto” la de los recolectores tecnológicos que funcionan para el abrete sesamo con una tarjeta magnética.   Porque, en definitiva, lo que no se ve no existe. En una política que tiene larga historia en los destinos de los pueblos. Basurero, basurero que nadie quiere mirar, decía la canción cubana. Y los estados responden. Expulsan, ponen candados, tarjetas inteligentes, políticas excluyentes, prácticas criminales. Profundizan desigualdades. Crean convenientemente infraclases. Destruyen solidaridades. Con monedas que corroen. Arremeten con fuegos reales o de los otros. Mientras la marginalidad irrumpe. Se cuela por las cerraduras de los palacios. Acomete entre las grietas de puertas y ventanas de los castillos ministeriales. Puebla las periferias y esparce miedo al contagio. Porque son decenas de miles más los que están caminando por la cuerda floja entre el adentro y el afuera. Entre el techo y el no techo. Entre el plato de comida y la mesa vacía. Entonces, señores, mejor no ver. Edición: 3857    

El sacrificio de las pibas
Publicado: Martes, 16 Abril 2019 15:20
El sacrificio de las pibas

Por Silvana Melo (APe).- Sabina tenía 11 la tarde cuando salió a comprar pan. Era domingo en La Rioja, calorcito del Noroeste, mate en el patio. No volvió jamás en su enteritud. La encontraron vacía de la vida, en una noche intensa y baldía del barrio Virgen Desatanudos. Los que la desolaron a golpes para ultrajarla habrán querido demostrarse, el uno al otro, la medida del poder. Era una tarde serena cuando Sabina salió a comprar el pan. Cuando no aparecía su cuerpo moreno, riéndose por los ojos, las piernas y el cabello, sonando como palo de lluvia, feliz a pesar de todo como se puede ser a los 11, la policía no creyó. Porque nunca cree. Porque las nenas se van porque quieren y sólo aparece el estado con gorra y fuego cuando es tarde. Cuando la vecindad y la familia las encuentra demolidas por los lobos, mordidas y vejadas. Como a Sabina. Que tenía 11 y fue a comprar pan en un domingo riojano cálido. Qué puede pasar, quién, cómo, seguro que vuelve en un rato y el estado, que también la asesinó con la indolencia. Bala eficiente que carga con miles de muertes en un sistema que abandona, que no busca, que descarta, que desprecia, que confina y que condena. Sol no ha sido más que una prenda de disputa. Un objeto que se toma y se tira. Basura negociable. A los 6 años su sangre fue el castigo más eficaz que su padre encontró. Su cuerpo devastado como venganza por la humillación a la masculinidad. Que no reconoce lazos ni amor ni paternidad. Es frío el mar en Puerto Madryn. Es helada la muerte de una nena rehén. Estaban solos cuando la furia puso los ojos sobre la nena. El se llama Antonio Avila y no soportó que la madre de Sol tuviera otra pareja. La venganza puso los ojos sobre la nena. Y él supo que no habría dolor peor para esa madre que sacrificarle a su hija. No sintió o no quiso sentir su dolor. El de Sol. El suyo propio. El ejercicio de la soberanía y de la magnitud del daño es la puesta en escena del poder. El cuerpito de Sol, atravesado por la hoja y el filo, quedó en su casa como testimonio de lo que te puedo hacer. Y de lo que es capaz la fábrica sistémica de seres humanos crueles. Próspera y floreciente. Edición: 3855

Pamela y el arsenal
Publicado: Lunes, 15 Abril 2019 12:56
Pamela y el arsenal

Por Carlos Del Frade (APe).- Por los pasillos de Villa Banana, en el oeste rosarino, el domingo al mediodía se anuncia con aromas de asados y mesas asomadas a las calles de tierra. También hay fútbol en el club “27”, recuperado por la organización social “Causa”. Antes formaba parte de los bienes de la banda de Los Monos y sus socios territoriales. Se quedaban con la recaudación de las inscripciones para los torneos de fútbol y usaban la cancha, en determinados días, en ciertos horarios, para distribuir la droga que llegaba al barrio. Pero en el primer domingo de abril de 2019, hay una densidad muy especial y palpable. El jueves anterior mataron a Pamela Soledad Gómez, de solamente trece años que cursaba el sexto grado en la escuela Champagnat en el corazón del emblemático barrio que alguna vez formó parte de la mitología del peronismo rosarino. Una ráfaga de metralladora se tragó la vida de Pamela que estaba muy contenta porque la habían anotado en un programa social y entonces soñaba con comprarse un par de zapatillas. No pudo hacerlo. -Le pagan a la policía, la policía libera la zona y te matan como a un perro- dijo el padre de la chiquita, David Gómez, cuando una peregrinación de más de medio centenar de vecinas y vecinos llegaron hasta el Centro de Justicia Penal el lunes 8 de abril. “Dicen que estos pibes, una banda de traficantes, habían comprado una pistola y salieron a los pasillos a probarla. Y así mataron a mi hija, hirieron a mi hijo de 15 años, que se salvó de milagro, y a otro nene que también está grave”, siguió diciendo David. Agregó que “los mismos traficantes que mataron a mi hija nos dijeron que si seguíamos con la denuncia nos iban a matar a todos…es una cosa de locos, usan a los pibitos para que maten criaturas, para que maten a cualquiera en la calle. Hay custodia policial, sí, pero la custodia lo que hace es revisar la casa de la gente que vino hoy a hacer la protesta. No van a la casa de los narcos, a patearle las puertas. No, van y revisan las casas de los mismos parientes de las víctimas”. Pero es necesario volver al domingo 7 de abril. A los aromas de los asados, los partidos de fútbol de chiquitas y chiquitos que estrenan camisetas en el club “27”. -Le acabo de pagar 6.700 pesos a un narco para que no maten a mi hijo –dice una señora que apenas supera los cincuenta años. No quiere mirar para la esquina del bulevar donde se anuncia una de las entradas a los pasillos íntimos de Villa Banana. El cronista avanza por esos pasillos, cuando el cemento ya no existe y aparece la potestad casi absoluta de la tierra y el barro. Las tías de Pamela están a metros de los matadores de su sobrina. Allí está la densidad. Nadie parece proteger a nadie. Y aparece, surge, entonces, la frase que se repite en voz baja pero se multiplica en distintos sitios de esa geografía: “Acá hay un arsenal”. La policía lo sabe tanto como las y los habitantes del lugar. Al chiquito herido en su espalda lo llevaron en una moto hasta el Hospital de Emergencias “Clemente Alvarez”. No hubo ni móvil policial ni ambulancia. Una moto para un pibe herido que buscaba gambetear este perverso costado de la realidad yendo a una biblioteca popular. Ahora no se sabe si quedará paralítico como efecto de la bala y la espera sin sentido. Vecinas y vecinos repiten: “Acá hay un arsenal”. Pamela Soledad Gómez, de solamente trece años, soñaba con vivir una realidad mejor. La mataron aquellos portadores circunstanciales de dos negocios estructurales del capitalismo, dos negocios paraestatales, el narcotráfico y el contrabando de armas. En la querida y resistente Villa Banana, donde hay un arsenal ante la impunidad que brindan los nichos corruptos de La Santafesina SA. Edición: 3854  

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