Lucas, Facundo y los cuerpos que no importan
Publicado: Martes, 14 Julio 2020 15:27
Lucas, Facundo y los cuerpos que no importan

Por Claudia Rafael (APe).- Los 18 años de Lucas Verón llegaron con el final de su vida. Fue la víctima número 21 de una lista de 20 varones y una mujer. De los 20, 12 tenían menos de 25 años. Y 12 también vivían en la provincia de Buenos Aires y fueron ejecutados por balas del Estado. Tres en Córdoba; dos, tanto en San Luis como en Tucumán y uno en CABA igual que en Jujuy. Lucas Verón estaba estrenando sus 18 en el conurbano profundo –en poblados cuyas calles también pisaba Luciano Arruga- y ya era madrugada de viernes cuando uno o dos de los policías que decidieron perseguirlo cuando iba a comprar gaseosas, lo atropellaron, le dispararon, lo asesinaron, intentaron dibujar la causa y se escaparon. El plomo sobre su cuerpo fue un plomo estatal. Pagado puntualmente con los impuestos de una sociedad que suele dar vía libre a las fuerzas de seguridad. Como prolongación del fácil gatillo se alió la fiscalía para que –con su aval- la policía enchastrara la investigación, apretase testigos y forzase la versión del chorrito al que con la justificación necesaria –aliviadora de las conciencias sociales- había que eliminar. Las cuentas que hace la Comisión Provincial por la Memoria arrojan un crimen estatal cada 40 horas en tiempos pandémicos. En los que, como suele ser en situaciones excepcionales, el vía libre al aparato represivo cobra aún más fuerza. Pero se ampara –como ha sido sistemáticamente a lo largo de la historia- en la filosofía Patti: “no quiero policías que no hagan nada porque están esperando la orden del juez” o bien “la policía a veces debe actuar fuera de la ley”, decía a mediados de los 90 para fogonear la libertad de crimen y disparo. La multiplicidad de razones que habilitan a las distintas policías a gatillar suelen ser mínimas. Y la pandemia amplía aún más el abanico. El cartonero de Temperley que iba a buscar pan duro para los caballos de su carro y recibió tres balazos en la espalda. La desaparición forzada de Facundo Astudillo Castro mientras iba a Bahía Blanca. Los 18 tiros en el cuerpo de un pibe de 18 años (uno por cada año) por parte de un policía federal en Avellaneda que intentaba comprar una play por vías poco claras. Un joven con brote psicótico en Florencio Varela que fue visto vivo por última vez arriba de un patrullero y luego apareció muerto en una tosquera. Un peón rural tucumano desaparecido y asesinado por la policía con su cuerpo arrojado del otro lado del límite con Catamarca. Es decir, no hay un modo operativo que calque la puesta en escena en uno y otro caso. Porque hay una creatividad sublime. Pero sí hay puntos en común insoslayables. La pertenencia social de las víctimas es la misma. Los márgenes nutren cifras. Entregan involuntariamente sus cuerpos. Exponen su fragilidad, su desobediencia o su insurrección ante el poder de las armas, de los golpes o de los cordones dentro de una celda de quienes detentan poder. Porque hay voceros del estado que azuzan para que los uniformes salgan –con la excitación inspirada en las diatribas de las Bullrich y los Bernis- rabiosamente, a las calles. Porque el poder policial se asume con su permanencia sistémica, más allá de los representantes políticos fugaces o de turno, cuando renuncia en masa como en Chaco tras el intento de sanción a quienes entre ellos torturaron a familias qom. O cuando va a la huelga ante el intento de enjuiciar a un torturador o asesino de gatillo alegre. Los márgenes entregan sus cenizas y sus barros aunque sus habitantes no quieran. Basta asomar los respiros por fuera de los cuadriláteros establecidos para que los uniformes reaccionen con un hasta aquí. Y demarquen los territorios con la sangre que succiona y escupe el estado con los cuerpos que no importan. Edición: 4043

Independencia
Publicado: Viernes, 10 Julio 2020 13:44
Independencia

Por Alfredo Grande (APe).- Uno de los mejores amigos que tengo y, por esas cosas del destino tengo muchos, me dijo: “¡por favor, terminala con el ultrismo!”. Reflexionando el pedido, llegué a la conclusión preliminar de que estaba siendo clasificado como “ultra”. Y que el “ultrismo” es el padecer esperable de los “ultras”. Así planteadas las cosas, tuve que darle la razón. Tensar la cuerda del pensamiento crítico implica ciertos riesgos. En otros tiempos demasiados riesgos. Sólo los valientes supieron enfrentarlos. En estos tiempos, las redes sociales se han convertido en una telaraña electrónica. Las moscas quedamos atrapadas y los arácnidos globalizados nos succionan hasta la última gota de ingreso. AC (antes de la cuarentena) la crítica a las redes sociales era habitual entre los bien pensantes. Los milenian nos miraban con desprecio y nosotros respondíamos con una mirada envidiosa. Nativos digitales versus mamíferos de las cavernas. Sin embargo, lo presencial, lo analógico, la proximidad, todas las formas de cercanía, seguían disfrutando de merecida popularidad. DC (durante la cuarentena) las diosas son las plataformas digitales. Los mamíferos de las cavernas se enfrentan a una digitalización salvaje. Zoom o Muerte. Paraísos digitales como instagram, aplicaciones para todo, tutoriales para poder hacer cosas como si supiéramos hacerlas, desde un dron de bolsillo hasta el arte misterioso de freír una milanesa. La cultura represora a sus anchas y largas. Los mandatos de la regresión absoluta sumada a la navegación por internet, logran mezclar agua y aceite. Como buen ultra, todo este despliegue de asociación libre es apenas para decir que, después de perder muchas batallas, esta vez estamos por perder la guerra. Las máquinas de exterminio se han globalizado en una escala planetaria. Como siempre he dicho: la derecha siempre tiene razón. Pero es una razón represora. El ejército invisible y el enemigo sin rostro existen. Pero no es el virus. El COVID 19 apenas es el mensajero. Y lamentablemente seguimos matando al mensajero. Cuando deberíamos agradecerle los servicios prestados. El malo de la película es, en realidad, la vanguardia de una nueva generación de profetas. Si el virus no fue fabricado, es peor aún. Porque enuncia y denuncia que los modos actuales de producción de cosas y de personas, finalmente lograrán el anunciado apocalipsis. Los ambientalistas, los que advertían del peligroso aumento del agujero de ozono, los glaciares derretidos, la polución ambiental, todos esos “ultras” fueron descalificados e ignorados. Ahora el COVID 19, en su insoportable pesadez del contagio, obliga tardíamente a una supuesta auto crítica de las castas gubernamentales, empresariales, clericales, militares. Análisis oportunista e hipócrita. Que se detiene justo donde debería empezar. No sea cosa que sean acusados de “ultras”. Siguiendo el noble refrán que describiendo tu tierra entenderás al mundo, diremos que para muestra mejor busquemos muchos botones. Con uno solo ya no basta. Y además es necesario compararlos para ver si son compatibles. La cultura represora no es verdad ni es mentira. Es falsa. Y esa falsedad se sostiene en las paradojas pragmáticas. La clave es una simultaneidad incompatible. El padre le dijo al hijo: te amo y, al mismo tiempo, le da una trompada. En una lógica erótica, si te quiero no te aporreo. Pues mal. En la lógica de la cultura represora, siempre la letra con sangre entra. Y por lo tanto, algo debe sangrar para que la letra represora entre. Legitimación de toda forma de tortura. Esa paradoja se sostiene en una relación de poder absoluto. Sostenido por el victimario y tolerado por la víctima. Que se queja pero no combate. Denunciar esa paradoja sólo es para “ultras”. Pero “ultras” valientes. No denunciar puede terminar con la muerte. Denunciarlo también. Génesis del feminicidio. Pero no solamente. Transcribo dos noticias: -Los cuatro policías de la localidad chaqueña de Fontana que desde el 9 de junio estaban detenidos con prisión domiciliaria por haber atacado a la familia qom Fernández-Saravia a fines de mayo quedaron en libertad. -La Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA envió una solicitud de información al ministerio de Relaciones Exteriores de Argentina sobre la denuncia por la desaparición forzada de Facundo Astudillo Castro (visto el 30 de abril por última vez). Se piden informes al canciller Felipe Solá sobre "las acciones que el Estado estaría llevando a cabo para dar con el paradero o localización del joven y el avance en las investigaciones que se llevarían a cabo por los hechos alegados". Dos botones de una muestra infinita. La paradoja es que estas flagrantes violaciones a los derechos humanos son simultáneas al orden democrático. Si las denunciás, sos “ultra” y le hacés el juego a la derecha. Si no las denunciás, sos cómplice. No quiero resistir que sea justamente Felipe Solá quien tenga que dar explicaciones. A buen puerto vas por leña, decía mi santa madre. Otra paradoja: hay más cobertura de los actos extremistas de la patética derecha partidaria, que de los cientos de situaciones de gatillo fácil y causas armadas. Se insiste con el tabú del odio. Pero es un odio en abstracto. También con el tabú de la violencia. Se la condena en abstracto. Por eso la violencia de los diferentes aparatos del estado apenas es mencionada. Se sigue repudiando al terrorismo de estado, lo que es necesario, pero se ignora al estado terrorista, lo que es grave. El mensajero COVID 19 puso en evidencia que un país que tiene la identidad autopercibida de “federal”, es salvajemente unitario. Su nombre de pila: AMBA. O sea: la marca del desarrollo brutalmente desigual. El separatismo mendocino podrá ser ridiculizado, pero su fundante debe ser registrado. Quizá no seamos más que las provincias nada unidas del Río de la Plata. Y la Argentina sea otra de las abstracciones que forman parte del alucinatorio político social. Por eso el botón del día de la independencia es abstracto. Y necesariamente deviene reaccionario. El “ultra” no se rinde. Primero necesitamos independencia o al menos autonomía, que no es lo mismo pero es igual. Política, económica y jurídica. Macri le pidió perdón a la corona española por el primer gobierno patrio. Y los granaderos desfilaron con la bandera de los godos. Los mismos que nuestro himno nacional fulmina al poner en superficie su “pestífera hiel”. ¿Algún juicio por traición a la patria? Si quieren cuidarnos, que no paguen la estafa externa. Barbijos sí, ni un peso a los estafadores también. El botón del turismo (fuga) de capitales es simultáneo al botón de una IFE raquítica. Para terminar con los “odiadores seriales” el tema no es la diversidad. Sino acorralar a las incompatibilidades. La fundante: capital y trabajo. Y por último, porque el “ultra” está agotado, la peor abstracción es pedirle a la pandemia COVID 19 la tarea de sellar la grieta. Que no sería otra cosa que convocar a la “hipocresía de clase”. Por eso no hubo día de la independencia. Porque estuvo el botón del día. Pero todavía estamos buscando el botón de la independencia. Edición: 4041  

En la calle
Publicado: Miércoles, 08 Julio 2020 09:29
En la calle

Por Claudia Rafael (APe).- Entre las bocas de fuego de la imagen hubo una mujer. Un ser humano. Y fue la vida misma apagándose entre las llamas en lo que fue su casa: tenía la escritura provisoria (hasta que los desalojadores compulsivos dijeran lo contrario) de un trozo de vereda con la autopista como techo. Alguien o algunos –la verdad nunca hace luz sobre los márgenes- la roció seguramente con algún líquido y la hizo arder. No hay identidad, no hay nombre y cuando lo hay nadie tiene la certeza de su verosimilitud. Después de todo, cuenta a APe Barby Alegre, de la organización Sopa de Letras, “hay quienes olvidan sus nombres después de hacerse de llamar de otra manera durante años. Y también hay quienes prefieren elegir el propio". "Nosotros pasamos por ahí el domingo al mediodía. En Virrey Ceballos, entre San Juan y Cochabamba. Y creímos que sólo habían quemado las cosas. Pero sabemos que el sábado a la noche alguien prendió fuego en una de las ranchadas y estamos averiguando en hospitales pero todavía no tenemos claridad”, contó a APe cuando todavía no habían logrado confirmar la muerte. “En ese lugar –describió ayer en la tarde- suele haber varias personas, que van y vienen. Y por eso mismo no hay certeza de quién es la víctima. Tenemos muchísima bronca y muchísimo dolor. Queremos que este horror sea visible. Porque sea la chica que imaginamos que es o cualquier otra son las mismas personas que acompañamos todos los días, a quienes llevamos la comida, de quienes escuchamos sus historias”. Barby cuenta de los quemados. De las casitas hundidas entre cenizas. Del hombre prendido fuego por los dos vecinos de Mataderos hace un año y de los otros dos que murieron entre las llamas en las barrancas de Belgrano. Reconstruye la historia de la familia que vivía en una casa rodante en Boedo. “Nosotros los ayudamos a construirla. Allí viven una pareja con siete hijas e hijos. Tuvieron mucha suerte porque perdieron todo pero nadie murió”. Son las historias de los subsuelos del sistema. Que invisibiliza a los nadies o toma –a través de sus brazos vengadores- la decisión de borrarlos definitivamente de la vida. A los 33, una mujer vive con su hijito de 8. Desde la vidriera de ese submundo al que los arrinconó un modelo que trasciende pandemias y covides el niño mira. Ve a los hombres astronautas descender del camión, dispuestos a manguerearlos. Intuye que no es una amenaza. Y acierta una vez más de tantas. Hace demasiado frío. La madre del niño le contó a Barby la escena que los dejó sin nada esta semana. Desde Sopa de Letras le quita el velo a muchas otras crónicas de las ranchadas. Apura el diálogo con APe porque tiene que volver a poner el cuerpo en las calles del sur porteño y de Lanús. Donde coincide en la entrevista virtual con Jonatan Zaín, Julieta Garay y Marina Bo, los tres de la organización Bondi Sur. Todos ellos son los ojos de los caídos, de los rotos, los que fueron cayendo por los acantilados del modelo hace dos o tres años o los que empiezan a asomar por las ollas callejeras hace escaso mes y medio o dos, en plena pandemia. También están “esos pibes de 30 que viven en la calle hace 17 ó 18. Pasaron por todo. Por casas, por instituciones pero pasaron la mayor parte de sus vidas en la calle”, cuenta Jona mientras habla del espacio que se armaron hace ya tiempo en la estación de trenes de Lanús y al que uno de esos pibes asiste jueves y domingos por la noche. “No podés estar acá…” José tiene 38 años y es paraguayo. Las calles del sur del conurbano son su territorio. “A mí la policía me echó un montón de veces de los lugares en los que paro. Me siento como una pelota de ping pong, como un perro, de un lugar a otro. A veces no sé qué voy a hacer: circule, circule, te dicen. No me dejaron ni ir al baño. Personas como yo que no tenemos dónde caer muertos… Creen que llevamos esta vida por gusto de estar así. Y eso me baja el ánimo, las ganas de vivir se te quitan, porque no sos un animal, sos una persona. No puedo pasar a Constitución porque no te permiten, no puedo irme. Falta un poquito más de amparo, de gente que te entienda. Dónde voy a estar yo mientras no pueda ir a ninguna parte… yo soy una persona en su sano juicio, asimilo las cosas, qué puedo hacer. Acá si me pongo a dormir no le puedo hacer mal a nadie. Me pueden prender fuego, que son los riesgos que uno corre. Me trabaja la cabeza, me puede pasar. Antes de la cuarentena los chicos que salían de fiestas te veían y te zarandeaban, se te morían de risa. Ahora no son ellos, la policía te hace salir, no podés estar acá, pero qué puedo hacer… me voy a la plaza y otra vez viene el patrullero. Me vengo a la estación, acá no podés estar… tengo paciencia pero me indigna, me frustra…” Reglas de la calle Bondi Sur mira el rostro del pibe de 30 y lo rescata con una sistematicidad de años del sitial del olvido cada jueves y cada domingo. Jona, Barby, Julieta y Marina hablan de viejos anclados en las calles desde que la circularidad de los márgenes los va llevando a dejar de pagar la luz, a no tener gas, a quedar a oscuras y con techo para dormir pero platos vacíos para comer. Demasiadas veces hay una pulseada con integrantes de fuerzas de seguridad. “Algunas veces tuvimos que sacarle pibes a la policía cuando los estaban corriendo. Pero lo que suelen hacer es verduguearlos hasta cansarlos”, desgrana Jona. Y Marina acompaña el relato: “Están buscando la reacción. No es directamente la violencia sino provocar un por qué para actuar. Hay muchos chicos que están en consumo, en la plaza, y cuando estamos las organizaciones sociales no los provocan tanto, pero hay muchas veces en que están realmente densos”. La pandemia les cambió el escenario y sus protagonistas. “Si bien tenemos personas que son históricas, que están con nosotros desde hace años, hay unos cuantos que encontraron ollas nuevas más cercanas al lugar en el que paran o en el que viven y dejaron de venir. Pero apareció mucha otra gente, con o sin techo, que recurre a nosotros por la pandemia. Hay un muchacho que viene desde Claypole; otro, que era voluntario de una organización en capital y era de Lanús que cuando se quedó sin trabajo en la pandemia empezó a venir a comer a la estación. Hay una mujer, Norma, que tiene cerca de 80 años que vive a 10 cuadras de la estación y viene a comer. Y nosotros le queremos llevar el bolsón a la casa y no acepta, porque quiere venir”. Se juegan seguramente crónicas de soledad y aislamiento. Y Norma, como tantos, necesita de la palabra compartida. La calle tiene otras reglas. Ajenas a los protocolos ministeriales. El pico de botella o el faso compartido, el calor humano de dormir cuerpo a cuerpo en una vereda y entre cartones, la cercanía imprescindible que no sabe de alcoholes en gel o lavandinas, el barbijo que pasa de manos y cubre de repente otras narices y otras bocas. “Pero es lo que hay, reflexiona Jona. Hay muchos que por la desesperación, para conseguir un mango para llevar a la casa, hacen cosas que saben que los ponen en riesgo por más que no quieran. Y además, cuando vuelven a la casa no pueden desinfectar todo lo que traían, un baño, cambios de ropa. Ya sus vidas mismas son un riesgo”. Julieta necesita seguramente hacer a un lado la oscuridad. Y elige, a la hora de privilegiar imágenes que le dejaron marcas, el momento de decir a la gente que retira el bolsón que no pueden ampliar el número de quienes lo recibirán: “entregamos dos bolsas. La de comida y la de higiene. La realidad es que no sabemos cómo llegar de una semana a otra, cómo conseguir las cosas. Por ahí algunos de los que se llevan el bolsón traían el nombre de gente de su entorno que necesitaba también. Y a nosotros no nos da. Entonces propusimos que entregaríamos algo más pero que lo tendrían que compartir y la gente, para nuestra alegría, se súper prendió”. Para seguir caminando hace falta reconciliarse con esa humanidad que no quema a una mujer que vive en la calle sino que elige compartir lo poco que queda. El mismo dulzor le dejó a Marina un episodio personal doloroso. “Hace unos meses, al inicio de la pandemia, mi mamá fue hospitalizada de urgencia en el Evita de Lanús. En medio de la incertidumbre de no saber cómo seguía mi mamá, que estaba muy grave, yo deambulaba perdida, esperando un milagro, y me encuentro con uno de los compañeros que vive ahí por el hospital, en la calle. El me vio y me brindó lo que por ahí yo le di durante tanto tiempo, la contención, la escucha, el abrazo. Invertimos los roles, él me escuchó y me acompañó en ese momento que para mí era muy difícil. Es algo que guardo en el corazón”. Quien llega primero… El más viejo en años de calle primerea. “Los que viven hace años en la calle se saben mover. Tienen calculados los tiempos según los horarios de las ollas. Los que son nuevos, muchos abuelos, asoman con el tuper y esperan, como con vergüenza. Se acercan cuando ya no queda nada para entregar. Aparece mucha gente bien vestida, que tuvo años de trabajo, que tenían casa, pero dejaron de pagar la luz y se las cortaron, dejaron de tomar los medicamentos. En pleno invierno, un viejito jubilado, llegaba en ojotas a la estación de Lanús desde Capital. Contaba que se levantaba llorando de hambre. Cuando supimos que vivía cerca de nuestra sede en capital, pudimos ayudarlo a que pudiera empezar a cobrar algo mínimo. Va a nuestra sede a comer”, suelta Barby. Los más nuevos y los más desarrapados abundan en sus precariedades. Un hombre dormía, en plena lluvia, en una plaza de Lanús. “Estaban él y sus pertenencias en el medio del charco de agua. Cuando un compañero nuestro llegó a tratar de ayudarlo, se encontró con un camión limpiando bajo la lluvia. Era de la municipalidad de Lanús, y estaban diciendo que iban a llamar a la policía. Tiraron todas las cosas del hombre en el camión que se quedó sin nada”. Son los habitantes del desarraigo. Los pobladores de la intemperie. Los que cayeron de todos los mapas. Abrupta o paulatinamente. Los que perdieron o los que nacieron y crecieron sin el estatus de sujetos. Los que pueden ser mirados como si fueran transparentes. Sin ver en sus rostros ajados siquiera los harapos de su humanidad. Qué mal puedo hacer durmiendo acá, se pregunta José. Tal vez sea el simple mal de existir. Y una vez más se cincela al futuro con el formato indecible de la tristeza. Habrá que arremangarse de ternuras para nockear a la crueldad en el cuadrilátero de la Historia. Edición: 4040  

Una vida de dos años
Publicado: Martes, 07 Julio 2020 14:09
Una vida de dos años

Por Facundo Barrionuevo (APe).- En Mar del Plata, empezaron los fríos húmedos, esos que calan los huesos. Eran las diez de la mañana del jueves 2 de julio. Uno de esos días que quedan entre los paréntesis climáticos que forman los temporales de lluvias finas. Los barrios de las afueras del ejido urbanizado crecen sin parar por fenómenos sociológicos diversos. Con calles difíciles de transitar, poquísimas luminarias, con bajas frecuencias de transporte público, microbasurales y con ausencia de instituciones educativas y de salud. “La causa quedó a cargo de la Fiscalía de Delitos culposos”, así concluyen los medios y portales marplatenses, en varias notas periodísticas en los últimos días. La referencia es sobre el incendio de una vivienda en el Barrio San Jorge, donde las llamas y el humo se llevaron la vida de un niño de 2 años. El oeste marplatense está lejos. A 40 minutos de reacción del SAME y el cuartel de bomberos. En esa eternidad, los vecinos y familiares dejaron jirones tratando de apagar las llamas de un Dragón que lo devoró todo en segundos. El oeste, el sur y el norte de la ciudad están lejos de la sensibilidad política expresada en programas serios de urbanización. La última gran idea fue una versión costera del MetroBus que no llegó a expresarse ni siquiera en papeles. En la Feliz, los niños y niñas se cuentan con las dos manos semana a semana, entrando al Hospital Materno Infantil por intoxicaciones con monóxido de carbono, fruto de la calefacción por braseros. “En el mejor de los casos se quema carbón, las familias prenden lo que tienen para pelearle al frío, resto de podas o basura si es necesario”, nos cuenta una fuente para APE. Un dirigente social nos dice que “se hace difícil incluso, conseguir la leña para hacer de comer en los merenderos y comedores”. ¿Cómo no narrar desde la rabia? No es posible el “quedate en casa” seguro, cuando los interiores están desarmados. En el Barrio San Jorge la vivienda incendiada comparte el lote con otras dos de la misma familia. El hacinamiento de muchos contrasta con una realidad desigual donde un tercio de las viviendas que cuenta el municipio están vacías . Una garrafa, una conexión eléctrica precaria, un brasero. No hay explicación para la muerte niña, para los pibes y pibas que se nos van antes de tiempo por causas evitables. Los señalamientos acusadores de negligencia nunca apuntan al Estado. No hay figura legal para el estrago masivo que el Dragón de la ausencia estatal realiza cada invierno. No hubo esta vez, como en la leyenda, un San Jorge que mate al dragón y recuerde al rey que no se olvide de los pobres. Edición: 4039  

Luz
Publicado: Jueves, 02 Julio 2020 17:03
Luz

Por Silvana Melo (APe).- Los cuatro años de Luz Emily se apagaron una madrugada de plenísimo invierno, a las cinco de noche de la mañana. Y ella supo, acaso antes de morir, que los monstruos de los cuentos, que se cuelan por la ventana o aparecen por las cañerías, pueden vivir en casa. Y ser personas de carne y de hueso, con cara de papás a la hora de comer. Luz se apagó junto a su mamá, mientras dormían. El poderío cobarde del hombre que mandaba entre esas paredes las mató durante el sueño. Por estrangulación, dicen los partes policiales. Es propio de la represión patriarca apretar el cuello de sus víctimas. Hacerles saber quién manda ante la insolencia independentista que suelen ejercer las mujeres. Apretar un cuello es impedir hablar, gritar, respirar. Así mata la policía a los negros en Minesota. Así mata la policía a los pobres en Tucumán. Así matan los Jacintos Apodacas a sus parejas y a las niñas de sus parejas para disciplinar. Para dejar en claro quién tiene la escritura de las vidas, quién la propiedad del sol de las mañanas, quién el percutor que enciende la luz de las niñas que se llaman Luz. Jacinto Apodaca se llama el hombre que vivía en la casa con María Magdalena y Luz. Haciendo de novio y sustituto de padre, capataz de los cuerpos y gendarme de las vidas. El sábado a la tarde las encontraron en Moreno, una de las zonas más desventuradas del conurbano. María Magdalena tenía 23 años. Luz, 4. Mamá de nombre bíblico, reivindicada por el cristo menos machirulo del dogma cristiano-patriarcal. Luz, arquetipo del alba. De la aurora irreverente que no le dejaron encender. A principios de abril, cuando la pandemia recién aterrizaba en estas fragilidades Ada, de 7 años, comprendía como Luz que los monstruos de los cuentos en la realidad real son hombres de carne, de hueso y de manos que pueden acariciar y pueden apuñalar. El novio de su madre Cristina, usó un cuchillo para exterminarlas. Y ella no pudo siquiera utilizar la varita mágica con la que consiguen todo las Adas que llevan hache. Abel Romero, en la casa que compartían en Monte Chingolo, protegió su propiedad con el cuchillo. Las apuñaló, las enterró en el patio y luego armó una historia inverosímil que relató sin una sola emoción. Ada tenía apenas siete años. Era una mujer pequeña con nombre de maga y con ojos de nubes claras grises azuladas. Hay virus para los que nunca habrá vacunas. Cazadores de brujas sueltos por las calles y los baldíos, por los cuartos de las casas donde viven las Luces y las Adas, que no caerán bajo una inyección en el brazo una vez por año. Pandemias de la historia que piden a gritos la audacia de las mujeres para bajarlas del cielo. Y enterrarlas en las fosas que los verdugos tienen pensadas para ellas. Edición: 4036

Treinta y nueve minutos
Publicado: Lunes, 13 Julio 2020 13:59
Treinta y nueve minutos

Por Carlos Del Frade     (APe).- Miles y miles de personas, durante años, inician el peregrinaje por las oficinas del Banco Nación en cualquier ciudad de la enorme geografía argentina. Buscan un crédito para tener su casa o para otras urgencias que hacen a lo básico de la vida. No es un viaje sencillo ni rápido. Demora años. Cada una de las personas que tengan la gentileza de asomarse a estas líneas podrán dar cuenta de ejemplos varios al interior de sus familias o entre sus relaciones. Sin embargo, como tantas veces se dijo en esta columna, en el trono de la vida cotidiana argentina no reina la noble igualdad si no todo lo contrario. El 8 de julio de 2020, el fiscal Gerardo Pollicita hizo público un documento que muestra la facilidad con la que algunos directivos de la empresa Vicentín accedían a los créditos del Banco Nación, del banco del pueblo argentino. Dice el texto en su página 24: “Por último, el 26 de noviembre de 2019, los funcionarios del Banco de la Nación Argentina -Bled, Tortul, Testa, Moschini y González- en menos de una hora -entre las 10.38 y las 11.17- y a pedido de los empresarios Herman Vicentín y Máximo J. Padoán, le concedieron a la firma Vicentín un nuevo crédito por la suma de USD 6.000.000”, sostiene la letra del documento. En estrictos 39 minutos, los empresarios se llevaron seis millones de dólares. El contraste con el tiempo que deben esperar miles y miles de familias en Argentina explica la impunidad del privilegio en un país de robusta desigualdad. 39 minutos les llevó a los directivos de Vicentín quedarse con 6 millones de dólares del pueblo argentino. En realidad, durante noviembre de 2019, la empresa tuvo 28 créditos por más de 105 millones de dólares. Una obscenidad. Pero hay otras postales que rebelan la sangre y revuelven los fantasmas de distintas generaciones argentinas que pelearon por cuidar el patrimonio de las grandes mayorías. Fragmentos de un siempre renovado estatuto legal del coloniaje, de una crónica interminable de saqueo o robo de bienes públicos a favor de un selecto grupo de privilegiado. “…Lo expuesto demuestra que durante el mismo período en el que la firma Vicentín tenía deudas vencidas con el Banco de la Nación Argentina, el dinero para cobrar dichas deudas se encontraba a resguardo del banco en dos cuentas específicamente creadas ante un eventual incumplimiento, sin embargo los funcionarios del Banco de la Nación Argentina a pedido de los empresarios, decidieron liberar 43.449.104.966 pesos – 41.592.204.966 pesos de la cuenta de cobranzas en el exterior y 1.856.900.000 pesos de la local – movilizándolo, hasta el día 3 de diciembre inclusiva, hasta una cuenta corriente de la firma Vicentín que no poseía ninguna limitación, lo que le permitió a estos últimos disponer de los miles de millones de pesos que garantizaban los préstamos, burlando de tal forma, toda posibilidad de cobro por parte de la entidad bancaria. “En efecto, como se verá a continuación, una vez que los fondos se encontraban en la cuenta corriente de la firma en la misma entidad, los titulares de la firma Vicentín usaron parte del dinero para pagar gastos de la firma -tales como proveedores, impuestos, salarios- pero otra parte significativa de los fondos eran transferidos mes a mes a “cuentas propias” que la firma mantenía en otros bancos, por lo que el destino final de estos últimos resulta de momento desconocido”, dice el escrito del fiscal federal. El dinero del pueblo argentino iba a parar a una cuenta que tenía Vicentín sin “ninguna limitación” y desde allí, los señores empresarios, hicieron 1.418 transferencias a cuentas propias entre agosto de 2019 y enero de 2020. Dinero del banco público para cuentas propias. Un robo descarado al pueblo. En la página 50 se informa que “de los casi de 800 millones de dólares y más de 2.000 millones de pesos que el Banco de la Nación Argentina a lo largo del período agosto a diciembre de 2019 tuvo en las cuentas en garantía de las deudas de Vicentín, al momento en que se efectuó la afectación de los fondos sólo se hallaron en las cuentas apenas poco menos de 8 millones de dólares, lo que demuestra la magnitud del daño ocasionado al patrimonio del Banco de la Nación Argentina”, dice Pollicita. Parecen los escritos de la década del treinta del siglo pasado, cuando los bienes del pueblo eran ultrajados desde el interior del estado. Son, sin embargo, hechos del pasado reciente que tienen alto impacto en miles de familias en el presente. Detrás de estos números y afirmaciones, la cuestión pendiente es resolver si siempre las mafias le ganarán a la democracia. Una respuesta que, otra vez, dependerá del protagonismo de los que son más en estos atribulados arrabales del mundo. Fuente: Requisitoria del fiscal a cargo de la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal número 11, Gerardo Pollicita, del 8 de julio de 2020. Edición: 4042

Cincuenta centavos
Publicado: Lunes, 06 Julio 2020 12:56
Cincuenta centavos

Por Carlos del Frade (APe).- Todavía andan las moneditas de cincuenta centavos entre las manos argentinas. Del otro lado del número, la “casita” de Tucumán. Y hoy, 204 años más tarde, nos siguen rondando las mismas encrucijadas. Y la misma pelea de fondo por nuestros sueños para no terminar sufriendo las mismas pesadillas que otros –extranjeros o autóctonos- nos quieren imponer. "Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en congreso general, invocando al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y de derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias. Todas, y cada una de ellas, así lo publican, declaran y ratifican comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, baxo el seguro y garantía de sus vidas haberes y fama. Comuníquese a quienes corresponda para su publicación. Y en obsequio del respeto que se debe a las naciones, detállense en un manifiesto los gravísimos fundamentos impulsivos de esta solemne declaración", decía aquella declaración del 9 de julio. Dos cosas para destacar: Provincias Unidas en Sudamérica, origen y destino de Patria Grande. No hay posibilidad de liberación sin los pueblos del continente, sin sus pueblos originarios que encarnaron las banderas emancipadoras en los ejércitos de Bolívar, San Martín, Artigas, Güemes, Juana Azurduy y Andresito Guacurarí. Y la segunda, remar contra la corriente del poder hegemónico. En aquel momento, Carlos María de Alvear había ofrecido estos arrabales del mundo a Inglaterra, primero y después a Portugal y España. Vendía la sangre derramada en praderas, barrancas y montañas. Sin embargo, aquellos congresales decidieron la independencia. Inventar un país desde lo propio y a pesar de los factores externos que amenazaban el sueño colectivo inconcluso de la igualdad. Pero era la declaración de la independencia solamente de España. Nada más que eso. Para colmo con ningún diputado de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba que ya habían declarado la independencia un año antes en Arroyo de la China, la actual Concepción del Uruguay, el 29 de junio de 1815, cuando formábamos parte del gran proyecto político que fue la Liga de los Pueblos Libres liderado por José Gervasio Artigas. Recién el 19 de julio de 1816, después de una sesión secreta, el texto agregó que nos hacíamos independientes de cualquier nación de la Tierra. Una sugerencia del diputado de Buenos Aires, Pedro Medrano. Había una idea fundamental: la independencia debía ser la continuidad de aquel sueño de 165 locos que el 25 de mayo de 1810 habían decidido inventar un país, una nueva nación sobre la faz de la Tierra, como diría Vicente López Planes en la letra del himno que jamás cantamos. Pero el proyecto político de la revolución de mayo estaba en el llamado Plan de Operaciones escrito por Mariano Moreno: independencia con igualdad. El gran objetivo de tipos como Belgrano, San Martín, Güemes, Artigas, Monteagudo, Castelli, Juana Azurduy y el mismísimo primer desaparecido de la historia política, el ya mencionado Moreno. Porque para vivir con gloria hay que poner en el trono de la vida cotidiana a la noble igualdad. Hoy, 204 años después, es fundamental preguntarse qué tipo de independencia tenemos y a qué distancia de la realidad concreta cotidiana está la noble igualdad cuando millones de trabajadores ganan menos de lo que necesitan y empresas como Vicentín facturan hasta 220 mil pesos por minuto. La noble igualdad pierde por goleada en el presente. De allí, entonces, que sea imprescindible hacer presentes aquellas necesidades que están en el fondo mismo de nuestra historia: igualdad e independencia. Tareas concretas que se continúan en las decisiones de cada uno de nosotros. Para ser felices hay que lograr hacer realidad aquellas dos palabras, la independencia definitiva y la igualdad. Lo que festejamos el 9 de julio, en definitiva, es tomar conciencia que nosotros debemos ser protagonistas de aquellos sueños acunados en mayo de 1810, junio de 1815 y julio de 1816. Hay que pelear por nuestros sueños porque si no terminamos sufriendo las pesadillas que otros nos imponen, sean buitres extranjeros o buitres autóctonos. 204 años después el desafío es ser protagonista de la historia o simple espectador. Pintura: "Revolucionarios", de Ariel Mlynarzewicz    Fuente: “Nuevas dependencias”, del autor de estas líneas. Edición: 4038

Todos son mis hermanos
Publicado: Viernes, 03 Julio 2020 13:15
Todos son mis hermanos

Por Alfredo Grande Dedicado a Alberto Santillán. (APe).- Arthur Miller escribió Todos eran mis hijos después del fracaso de su primera obra de teatro. La obra se basa en una historia real, que la entonces suegra de Arthur Miller había reseñado en un periódico de New York, sobre una mujer que denunció a su padre por haber vendido piezas defectuosas al ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. La muerte nada accidental de varios soldados, descubiertas años después, precipita el suicidio del protagonista. La culpabilidad no pudo ser negada, reprimida, escondida, encubierta. La metáfora de la obra de Miller es potente. El que a hierro mata, a hierro muere. Sin embargo, la cultura represora decretó el tabú de la venganza y de la justicia por mano propia. Sólo admite la lenta, muy lenta, onerosamente lenta justicia por mano ajena. Lo que se llama habitualmente “la justicia”, que poco tiene que ver, más bien es lo opuesto, de lo que denominamos “lo justo”. Y hace especial énfasis en las diferentes formas de impunidad. Especialmente la política. La culpabilidad de varios funcionarios en la masacre del Puente Pueyrredón, ha tenido el indulto masivo que sólo los votos pueden dar. Hoy el Frente de Todos, incluidos todos esos funcionarios masacradores, es la cara de ese indulto político. Para ellos, nunca fueron todos sus hijos. Ampliaron el mantra de Raúl Alfonsín, y dejaron marcado a fuego que con la democracia también se mata. Hoy el gatillo demasiado fácil y las causas armadas, son la continuación de esa matanza por otros medios. La fraternidad es un sustantivo femenino. Este vocabulario hace referencia a una amistad, vínculo, afecto, lazo, solidaridad o compañerismo entre hermanos o las personas que se tratan como tales y que promueve los buenos valores como la honestidad, adhesión, respaldo y cooperativismo entre ellos. Desde mi implicación de género, sostengo la fraternidad atravesada sin duda por la determinación de clase. Obviamente, es uno de los tantos resabios de la cultura patriarcal. A mi criterio, el menos relevante. Unamuno en 1921 inventó la palabra “sororidad”. Hermanos y hermanas no necesariamente son categorías incompatibles. Más bien son complementarias, al menos en una cultura no represora. Se puede cacarear con la fraternidad, mientras se sostienen conductas no fraternas. Es lo habitual y un psicoanalista diría que se trata de desmentida y anulación retroactiva. Lo importante es que una de las tantas instituciones del modo de producción capitalista, las diferentes formas de comunismo de estado, todas las variantes del fascismo, arrasan con todas las formas de la fraternidad. La fraternidad y la sororidad son el fundamento colectivo de todas las luchas contra los poderes opresores. Para que el pueblo unido no sea vencido los vínculos fraternales deben ser creados, cuidados, amplificados, defendidos. Sin embargo, la cultura represora también captura la fraternidad. Muy especialmente la fraternidad. A pesar de su jaula clasista, la revolución francesa al sostener el trípode de la libertad, la igualdad y la fraternidad conmovieron hasta el fundamento, la divinidad de los reyes. Es análogo al pasaje del cristianismo del amor, a la cristiandad del terror. Y nuevamente fue el aparato del estado, Constantino mediante, que adoptó la religión del amor para triturarla en los sótanos de la inquisición. Los rebeldes, los combatientes, los revolucionarios, seguirán dinamitando los sótanos de la cultura represora, para que los fundantes originarios tengan vida eterna. Parafraseando una vez más a Rosa Luxemburgo, para que “la libertad, la igualdad y la fraternidad de los demás, prolongue la mía hasta el infinito”. Pasaje del individuo abstracto al sujeto concreto materializado en colectivos revolucionarios. Lo revolucionario no es la revolución. Pero es la única forma de propiciar los acontecimientos, los analizadores, los dispositivos, para que el horizonte de la revolución se acerque. En el marco del trabajo explotado, de la apropiación permanente de plusvalía directa o indirecta, la autogestión es revolucionaria. Como con lucidez implacable escribe Laura Taffetani: “Había un proyecto de país que se iba desplegando firme a cada paso y la clase obrera se organizaba para alcanzar su legítimo derecho de disfrutar los beneficios de lo que sus propias manos producían.Época también, en la que nadie dudaba que quien verdaderamente genera riqueza del país es la clase trabajadora y no el capital, como hoy se gusta decir para legitimar los privilegios de los más poderosos”. La época a la que Laura hace referencia es la década del 60/70. Cuando muchos Prometeos volvieron a arrebatar el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos. Uno de los logros del capitalismo es poner en primer plano al capital, ocultando en forma canalla que ese capital es trabajo acumulado y robado. Con razón los anarquistas decían “la propiedad privada es un robo”. Por eso considero, siento, pienso, sueño, deseo que todos y todas que se siguen peleando, enojando, embroncando, con todas las formas de la cultura son mis hermanos y mis hermanas. Maximiliano Kosteki y Darío Santillán son mis hermanos. Fueron asesinados en forma cruel y cobarde. Muy cruel y muy cobarde. Fueron condenados a la pena de muerte por sostener la solidaridad, la fraternidad, la cooperación, el amor entre los luchadores. El amor amplificado es revolucionario. La cultura represora lo sabe. Y dedica fortunas a impedirlo, pervertirlo, infiltrarlo. Por eso la memoria histórica que nunca será neutral, es la forma de sostener la vida y la rebeldía eterna. Hace 10 años escribí para APE “Fueron como el Che”. Diez años después, sigo recordando y no sólo con memoria, sino con actos, a mis hermanos. Por eso quiero entregarles un párrafo del trabajo escrito el 1 de julio de 2010. Si con Amanda aprendimos que la vida es eterna en 5 minutos, puedo sostener que la vida es eterna en diez años y más también. “Si el Ideal es lo contrario a la Idealización, siempre pensé que la consigna “sean como el Che” no era un mandato, sino la síntesis de una aspiración fundante. Y que en este caso al menos, el ser y el hacer no estaban disociados. Sean es la mezcla maravillosa del ser y el hacer. Resonancia con un acto, con una propuesta vital, y, en su extremo límite, con una estrategia revolucionaria”. Por esto, y por mucho más, sigo sintiendo que todos son mis hermanos. Edición: 4037

Los otros Aníbales
Publicado: Martes, 30 Junio 2020 14:48
Los otros Aníbales

Por Laura Taffetani (APe).- Cada época construye sus relatos, los que nacen del poder real y los que subyacen en las sombras de los que no lo tienen. Por eso, en quienes se aprecien de una lectura crítica para la transformación de esas relaciones de poder, es tan importante tender el puente entre la realidad que vivimos y las ideas que la atraviesan. En ese sentido, una de las ideas insigne de esta época en materia de infancia y juventud, la representa -sin lugar a dudas- la percepción reinante sobre el trabajo infantil. En el inicio de la dictadura militar del ‘76, los obreros de la fábrica Vincentín fueron -como la gran mayoría de la clase trabajadora en Argentina- blanco de la represión. Aníbal Gall fue uno de esos dirigentes, quien siendo personal jerárquico de la planta se unió a la lucha obrera, convirtiéndose en poco tiempo en el referente indiscutido del Sindicato de Aceiteros de las tierras santafecinas. Aníbal Gall fue secuestrado el 30 de Enero de 1976 y estuvo detenido ilegalmente hasta el mes de septiembre de ese año, en el que salió en libertad después de haber sufrido torturas que lo dejarán marcado para siempre hasta su muerte. Su hermano Albino Gall, al contar sobre su historia en el diario Página 12 de este domingo, menciona que ingresó a trabajar en esa fábrica cuando cumplió los 13 años. “Tenía que elegir entre trabajar y estudiar” dice en la nota con toda naturalidad. En aquella época, nadie se hubiera escandalizado por la edad de ingreso de Aníbal en el mundo laboral. La juventud que provenía de los sectores más humildes ingresaba a las fábricas en tropel, en esa Argentina prometedora que venía desde la década del 60 ostentando el casi pleno empleo. Un sueño que parecía imposible de alcanzar para otros países de América Latina. Había un proyecto de país que se iba desplegando firme a cada paso y la clase obrera se organizaba para alcanzar su legítimo derecho de disfrutar los beneficios de lo que sus propias manos producían. Época también, en la que nadie dudaba que quien verdaderamente genera riqueza del país es la clase trabajadora y no el capital, como hoy se gusta decir para legitimar los privilegios de los más poderosos. También, en esos tiempos, Argentina enarbolaba la legislación laboral más progresista de América Latina, sancionada en 1974. No es casual que uno de sus redactores, Norberto Centeno, desapareciera posteriormente durante la última dictadura militar. La Ley de Contrato de Trabajo, entre otros derechos conquistados, regulaba el trabajo de los menores de edad, prohibiendo trabajar a los menores de 14 años y a todos los menores de 18 años en general en el trabajo nocturno y aquellos de carácter penoso, peligroso o insalubre. Exigía también que, aquellos que se encontraban comprendidos en la edad escolar, hayan completado su instrucción obligatoria, salvo autorización expresa del ministerio tutelar “cuando el trabajo del menor fuese considerado indispensable para la subsistencia del mismo o de sus familiares directos, siempre que se llene en forma satisfactoria el mínimo de instrucción escolar exigida”. Después aconteció lo que ya todos y todas sabemos: la dictadura militar preparó el camino y los distintos gobiernos democráticos que siguieron fueron consolidando el cambio de modelo económico que empujó a gran parte de la clase obrera a los desiertos áridos de la exclusión. Al compás del masivo cierre de fábricas, los artículos de la Ley de Contrato de Trabajo se fueron desgranando, con las permanentes modificaciones de los dóciles parlamentos, asegurando las condiciones para que los sueños del pasado no pudieran colarse por ninguna hendija que trajera algo de dignidad. De las viejas consignas obreras de lucha por el poder que circulaban en los volantes distribuidos de madrugada en las puertas de fábricas, se pasó a la folletería elegante que luce en las oficinas de la mayoría de los sindicatos con las consignas puntillosamente dictadas por la OIT. Así fue como se pudo pasar, sin pena ni gloria, a cambiar la vieja aspiración de trabajo digno por el trabajo decente. Ya con el aparato productivo destruido, con tres o cuatro generaciones enteras que ya no guardan siquiera en los relatos de sus abuelos y abuelas la noción de trabajo digno, y borrada toda esperanza de un horizonte diferente para sus hijos e hijas, se comenzó a construir el relato necesario para afianzar el crimen. Foucault llamó criterio de verdad, a los parámetros que establecen las redes del poder para imponer el saber en la sociedad necesario para consolidar sus bases. De este modo, sólo por poner un ejemplo, bajo el lema de la resignación del “algo es algo”, llegamos a llamar trabajo a la mísera dádiva que da el Estado en forma de planes y de este modo, medir tranquilamente el índice de desempleo. La suerte no fue distinta para aquellos adolescentes que crecen en nuestros territorios sin perspectiva alguna de alcanzar los sueños fabricados de una sociedad de consumo a la que jamás accederán. El criterio de verdad vino enseguida al salvataje de esta realidad que atraviesa nuestras pupilas y que duele en el alma de un país que les roba día a día su futuro. Subimos la edad para el trabajo que nunca tendrán a los 16 años, sin establecer excepción alguna. Cerramos los centros de formación laboral o los convertimos en simples talleres de pizarras blancas, alejados de cualquier herramienta de trabajo que pueda establecer esa íntima convicción del orgullo que significa el fabricar los bienes de utilidad que la sociedad entera podría disfrutar. Establecimos además el secundario obligatorio para asegurar la ficción, sin otorgar una sola condición que permita evitar que más de la mitad de las y los jóvenes que concurren -casualmente la misma cantidad que se encuentran por debajo de la línea de pobreza- abandonen el camino que para ellos y ellas jamás estuvo señalizado. Es cierto que la prohibición produce una placentera sensación frente a la solución impotente de dar respuesta en un país que no tiene en su horizonte el trabajo digno. Tampoco dejan de ser atractivas las consecuencias, que penden en el aire como espada de Damocles, de la posible penalización cuando se infringe. Está claro que para ello, bastan y sobran las cárceles a cielo abierto que se erigen en sus barrios, en las que sólo cabe asegurar que no crucen sus límites. Este es el país que no le tocó vivir a Aníbal. La fábrica donde trabajaba se enriqueció a expensas de un Estado que resguardó sus intereses impúdicamente, frente a la mirada esquiva de un sindicalismo que se mueve a sus anchas después de la represión sufrida por sus militantes. De hecho, Aníbal nunca podría haber ingresado a trabajar con esa edad y menos aún, convertirse luego en el referente de sus compañeras y compañeros trabajadores. Es cierto que, el universo de los Aníbales, está atado a otros sueños que no caben en los que hoy se promueven como políticamente correctos. Aquellos que provienen de los criterios de verdad generados por las grandes usinas del poder y del saber académico con el fin de regular el destino de aquellos y aquellas que comienzan a transitar una adolescencia excedente. Por eso, el universo de los Aníbales, como los de las compañeras y compañeros que levantaron otras banderas, se encuentra tan celosamente escondido desde hace décadas, lejos de los mercaderes y traficantes que trabajan para la resignación. Sólo están ahí esperándonos, para encender las rebeldías del mañana necesarias. Esa rebeldía que no tienen edad ni fronteras que no sean las de construir esa nueva sociabilidad humana que estará siempre pronta a renacer. Edición: 4035    

Pillín
Publicado: Lunes, 29 Junio 2020 14:02
Pillín

Por Carlos del Frade (APe).- “…Yo soy de Arroyigasito, Central de Rosagasario, de la pasión de los barrios, nacimos entre los obreros, crecimos como atorrantes, por eso yo soy guerrero, guerreros con mucho aguante…”, canta la hinchada de Central en las tribunas del Gigante de Arroyito al ritmo de “Parte de la civilización”, de “Divididos”. Esos versos de inspiración colectiva arrastran una identidad rosarina que ya no es. Pero la historia insiste en las voces de esas pibas y esos pibes que están enamorados de los colores azul y amarillo. Sin embargo, ciertos atorrantes de guante blanco fueron achicando el número de los obreros. Y el viejo ferrocarril que fue la cuna de Central, hoy es una melancólica referencia que apenas funciona para los transportadores de cereal. El jefe de la barrabrava canaya, con la y que le puso Roberto “el Negro” Fontanarrosa, se llama Andrés “Pillín” Bracamonte. Un caso único en la Argentina y en muchas geografías en las que lo que sucede en la cancha chica del fútbol se mueven millones de dólares y también millones de alegrías o tristezas individuales. Durante dos décadas “Pillín” se mantuvo como jefe de una organización que trabaja también en la cancha grande de la realidad. “Empresario” fue la definición que eligió para definirse. También contó que apenas terminó la primaria. Pero no pudo gambetear el embate de un fiscal que ahora lo puso preso por el supuesto delito de lavado de activos agravado. Parece que el “Pillín” perdió. Que el único jefe de una barrabrava importante durante veinte años comienza su viaje final al olvido, a bajarse, definitivamente, del paravalancha de Arroyito. Parece. Lo acusan de tener un patrimonio de por lo menos 38 millones de pesos, muchos departamentos y muchos más automóviles. Allá por el año 2013, fue denunciado como el principal referente de una de las principales cuatro organizaciones dedicadas al narcotráfico que estaban en la ex ciudad obrera: “Los Monos”, en el sur; Alvarado en el centro; Luis Medina en la zona oesta y “Los Pillines”, en el norte. Pero “Pillín” es, hace y deshace porque lo dejaron ser, hacer y deshacer. Su suerte personal no puede tapar tantos años de violencia urbana que se tragó decenas de vidas jóvenes que latían de acuerdo a la suerte canaya. En las audiencias, la fiscalía dijo que el Guille Cantero, sobreviviente líder de “Los Monos”, desde el interior de la cárcel, maneja la barra de Ñuls. La pregunta fundamental, ahora, es qué pasará con “Los Guerreros”, con “Los Pillines”, tanto en la cancha chica del fútbol como en la cancha grande de la realidad. La pibada mientras tanto, entre bombos, bengales y banderas, seguirá cantando la identidad de una ciudad que hace rato no es obrera ni tiene casi contactos con el Che. Es de esperar que esa muchachada tenga una mejor suerte, que no dependa de los negocios presentados por empresarios como “Pillín”. Mientras tanto, en la cancha grande de la realidad, el lavado de dinero se lleva puesto al último máximo referente del poder de las barrabravas. Fuentes: “Central, Ñuls: La ciudad goleada”, tomos 1 y 2, del autor de esta nota. Audiencias del jueves 25 y viernes 26 de junio de 2020, en el Centro de Justicia Penal de Rosario, en las que también participó este cronista. Edición: 4034  

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 Son siete los niños wichí que no llegaron a vivir dos años y que se murieron de hambre y de sed en este enero. 


Natalia Melmann

A 19 años de su secuestro, violación y asesinato, la familia de Natalia Melmann sigue reclamando justicia.


Colombia

Enero de 2020 es, hasta el momento, el mes más violento en contra de líderes sociales, políticos y comunales en los últimos cinco años en Colombia.


Lago Escondido

Comenzó la 5º Marcha por la soberanía del lugar que cercó Joe Lewis.Reclaman la apertura de los caminos que conectan la Ruta Nacional Nº40 con el lago.


Luciano

Se cumplieron 11 años desde el secuestro, desaparición y homicidio de Luciano Arruga. El pibe que le dijo que no a la policía.


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