Por Alberto Morlachetti

(APE).- El dilema jurídico que enfrenta la llamada civilización posmoderna, tal vez ya no sea el de la lucha por la sanción y vigencia formal de las leyes, sino el de la viabilidad o inviabilidad de los derechos consagrados en ellas. Mientras las Constituciones y las Convenciones Internacionales pregonan una cosa, los rostros humanos dicen algo diferente. El recrudecimiento del hombre en tanto que desecho, va siempre acompañado de un recrudecimiento de los derechos del hombre, sostiene Baudrillard.

Los pobres de hoy, a la vez que ascendidos al status de sujetos de derechos humanos fundamentales, carecen de lugar y función en la sociedad: son "deportados", obligados a emprender una fuga del mundo de la que nadie regresa con la misma mirada que se llevó. Como ateridos regimientos de fantasmas a la hora de la siesta, los destinatarios de la Convención de Naciones Unidas sobre Derechos del Niño recorren las calles tirando de sus carritos cargados con los despojos de una felicidad ajena y descartable.

El hombre-residuo de nuestra época sólo será merecedor de un segundo de piedad en cuanto sujeto-objeto de consumo masivo. La Convención de la O.N.U. suele emerger de los portafolios de los expertos cuando alguna fugaz investigación periodística descubre y olvida, con dudoso asombro y facilidad, la existencia de la prostitución infantil en la Argentina u otro tema igualmente escandaloso.

No es descabellado preguntarse entonces, si esta civilización productora de "desechos de nacimiento", de objetos que envejecen sin haber sido utilizados jamás, empecinada promotora de lujosos fósiles en ruinas, no estará ornamentando su desaforada lujuria con la sanción de derechos implantados en medio de la miseria, como deslumbrantes edificios de cristal destinados a morir sin haber sido habitados.
-I-


A orillas de la fiesta, fuera del edificio inhabitable en la intemperie del mundo vivía José. Pocos se preguntaban por qué casi no aparecía por la escuela, y cuando lo hacía no lograba aprender. Era apenas un poquito más alto que su ausencia cotidiana. Un día la tristeza creció más que sus ojos, se le hizo adulta, demasiado grande para ser de sus diez años y sin querer contar, contó. Contó que su padre se había ido de la casa y su madre estaba enferma, por eso él cuidaba de ella y de un hermanito de once meses.

La madre de José, endeble belleza tallada por la pena había enloquecido. Le hablaba en un frondoso idioma de desesperaciones y nostalgias que sólo él comprendía y en el que había aprendido a descubrir destellos de una olvidada ternura, los rasgos de un amor indefenso bajo el traje grotesco del delirio. En el momento álgido de la crisis una tía intentó hacerse cargo, el padre se asomó como una sombra pasajera con unos pocos pesos. Pero muy pronto ambos se alejaron, llevados por sus propios pesares. Una mañana, cuando iba para la escuela José se distrajo al cruzar las vías y el cielo y la tierra se le hicieron pedazos, tal vez sin que él se diera cuenta que la vida había pasado sin haberle dado nada.

Así de corta, así de poca cosa fue la historia de un niño, sujeto de inalienables derechos reconocidos, sancionados y promulgados en leyes y convenciones internacionales. Es verdad, pudo haberle pasado a cualquiera; pero el problema, el drama es que siempre les está pasando a ellos. Nada ocurre por casualidad en el país de la miseria. Allí es más amenazante el horizonte, más terrible y despiadado el cielo. Más desalentador el otoño, muchísimo más triste la tristeza.
-II-


Ha dicho Eugenio R. Zaffaroni que la positivización de los derechos humanos en instrumentos normativos internacionales sirven para demostrarnos que el mundo está al revés. "La pretensión de que los mismos están realizados no pasa de ser una tentativa de poner los derechos humanos al revés y, por ende, de neutralizar su potencial transformador".

La lectura a contraluz de la Convención sobre los Derechos del Niño, en el actual paisaje histórico y social, puede interpretarse como la descarnada cartografía de la crueldad contemporánea. Los pobres de la edad media, sostienen los historiadores de la miseria, conocían su papel y su función en el orden social, desde el momento en que ofrecían a los otros la posibilidad de ganarse la salvación por medio de obras de caridad. Los nuestros, desplazados de una civilización que no cree en las almas, habitantes clandestinos de su propia pieza en la tierra descalza donde los han parido, ni siquiera sirven para eso.

El no lugar de los padres se transmite a los hijos como un vacío en la boca del estómago. Una bandera de harapos cada vez más raída viaja de mano en mano, mientras buena parte de la sociedad reclama su derecho a participar en la discusión de nimiedades. Algo nos hace pensar que la vida está en el exilio, allí, en las cicatrices de los mapas, donde hombres y niños nacen y mueren preguntando sus nombres.

La batalla iniciada en el siglo XVIII por la proclamación de los derechos humanos parece estar llegando a su fin. Nadie dudaría que la promoción y protección de los mismos es cuestión prioritaria para la comunidad internacional, como lo documenta la Declaración y Programa de Acción de Viena de 1993; sin embargo no quedarán estos mecanismos de la ingeniería jurídica congelados en el vacío de su infactibilidad, como lujoso testimonio de nuestro elevado bagaje instrumental en contraposición con nuestra humillante impotencia vivencial y transformadora de la realidad.

El contraste entre los discursos y el hambre, entre la Convención y la vida es un contrapunto entre dos idiomas sin prójimo que se llaman en vano. Separándolos, crece una ausencia de espacio, un infinito desierto que no existe. Es la frontera de los dolores ajenos el umbral de lo otro, el basural donde nuestras alegrías descartables se convierten en escenografía del fracaso. Es el mundo donde vivió José, donde los vientos cuentan historias increíbles de chicas de diez años que se compran por un peso. Es el lejano y limítrofe país de la intemperie, donde nunca nadie debiera haber nacido y del que nadie vuelve con la misma mirada que tenía.

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