Por Sandra Russo

(APE).- Plásticos, cartones y bolsas de cemento: con esos materiales un grupo de diez familias salteñas habían levantado, el viernes pasado, sus casas en un predio del barrio Juan Manuel de Rosas, en la zona norte de la capital provincial. El predio pertenece a la Secretaría de Minería. El afincamiento duró poco. Muy poco. Llegaron al lugar dos topadoras con orden de barrer las precarias construcciones, aunque en el interior de ellas había chicos.

 

Los maquinistas a cargo de las topadoras, apenas menos pobres que los habitantes de las casillas, discutieron con ellos. Un maquinista le dijo a una cronista que estaban allí para sacarlos porque esas familias “acaparan lugares en zonas de trabajo. De sinvergüenzas que son y por comodidad se ponen en un lugar que no les corresponde”.

También la oficial principal de la Comisaría Sexta del Barrio Ciudad del Milagro, Norma Beatriz Vargas, a cargo del operativo, hizo declaraciones: “Es un lugar de riesgo donde no pueden permanecer, incluso Familia Propietaria no lo tiene registrado como su jurisdicción. Hay que intimarlos para que se vayan”, dijo.

Dos cuestiones: es notable como penetra el discurso dominante donde debe penetrar, en las mentes de quienes tienen tanto en común con los desarrapados y sin embargo, en diferentes roles, tienen a su cargo el ejercicio concreto de la exclusión. No su forma profunda, sino su epidermis concreta, la piel de la exclusión, el acto de barrerles las casillas, de echarlos, de arrancarlos de cuajo, de verterlos en el agujero negro del vagabundeo. El maquinista opina que alguien puede armarse una casilla de plástico y cartón “por comodidad”. Vaya idea errante y sin embargo acendrada y aceitada. Y la oficial... dispara ese latiguillo del “lugar de riesgo” del que hay que sacarlos por su propio bien, como si para millones el mundo entero no fuera un lugar de riesgo, un lugar al que se llega sin tener adónde ir.

Fuente de datos: Diario Salta al Día 20-12-05

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