Por Carlos del Frade

(APe).- Entre el 31 de octubre y el 12 de diciembre de 2006, de la tesorería del Club Atlético Rosario Central salieron más de 8 millones de pesos. En cuarenta y dos días egresaron más de 200 mil pesos diarios. Ninguna contabilidad. Ni de la municipalidad de Rosario ni de ninguna gran empresa tuvo alguna vez semejante nivel de gasto en tan poco tiempo. Una fenomenal maniobra de lavado de dinero que tenía diferentes destinos: dirigentes inescrupulosos, empresarios rantifusos y los jefes de los grupos de tareas llamados por pura vagancia intelectual, barrasbravas. La avenida de doble mano de los grandes negocios. Por una calle, los señores empresarios, por la otra, sus socios menores e indispensables, delincuentes de manos sucias, rojas de sangre, blancas de droga. Pasa en casi todos los clubes de fútbol del mundo, no solamente de la Argentina.

Durante aquellos días del saqueo, la barra de Central, “los guerreros del infierno”, como ellos mismos se denominan, elegían como blanco de su violencia a los que cuestionaban la asociación ilícita que se había hecho cargo del club. Era la guardia pretoriana de los señores del robo institucionalizado. El adversario ya no estaba en la tribuna de enfrente, sino en los rivales internos que osaban discutir el manejo del grupo de tareas. En aquellos días los “pillines” ya le habían ganado la interna a “los chaperos”, apodados de esa manera porque respondían a Juan Bustos, dueño de un taller de chapa y pintura durante años. Uno de sus hijos, Juan Alberto “Chaperito” Bustos, estaba preso por distintos delitos comunes donde nunca faltó la violencia. En la cárcel “modelo” de Coronda, el “Chaperito” se había convertido al culto evangélico y cuando salió dejó de ir a la cancha de Central.

En la noche del jueves 11 de marzo, dos muchachos llegaron hasta la puerta de su casa en la zona oeste de la ciudad de Rosario, lo llamaron por su nombre y apenas asomó por la abertura lo remataron de cinco balazos. Tenía, el “Chaperito”, 36 años y su actividad legal pasaba por la venta de ropa en una tienda que pensaba multiplicar en otra zona de la ex ciudad obrera.

Para los grandes medios de comunicación, especialmente los radicados en la Capital Federal, se trató de un hecho más de violencia de las internas de las barrabravas futboleras cada vez peores por la cercanía del Mundial de Fútbol en Sudáfrica.

La cuestión puede ser peor.

De acuerdo a las primeras impresiones del personal policial –siempre vinculados a los negocios de las barras- el motivo del asesinato estaría más allá de la historia de “los Chaperos”. Un ajuste de cuentas vinculado a otros negocios ilegales que, por otra parte, se iniciaron en aquellos años de liderazgo en “los guerreros del infierno”.

El “Chaperito” se ha convertido en un número más en la estadística que acumula los asesinados relacionados con el fútbol.

Sin embargo habrá que decir que desde hace rato estos grupos de tareas están más allá de las tribunas y su violencia se alimenta de las hipocresías y silencios de la dirigencia política local y regional, como también de los grandes empresarios que lucran con su fuerza de choque.

Una vez más la cancha chica del fútbol vuelve a mostrar el funcionamiento de la cancha grande de la historia, de la realidad, donde las mayorías continúan siendo las goleadas, mientras que las minorías siguen ganando a fuerza del mantenimiento de las reglas de juego a favor de sus privilegios.

Edición: 1730

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