Por Sergio Alvez (*)

(APe).- Son las seis y media de la mañana. La terminal de ómnibus de Puerto Esperanza está casi vacía. Hace frío: ocho grados dice la radio portátil de un anciano que espera su colectivo vaya saber hacia dónde.

Tres niños abrigados -con camperones gastados que les tapan las narices-, aparecen por un costado. El mayor debe tener doce años. Los otros dos, quizás ocho, nueve. Cargan canastos repletos de chipas calientes, que humean bajo los manteles que las recubren. El más chiquito empieza a ofrecer sus chipas a los pocos pasajeros que aguardan en el gélido andén. Tiene cara de sueño.

—Calentita la chipa. Cinco pesos cada una.

Con la agilidad que sólo brinda la práctica cotidiana, el niño chipero sostiene el canasto colgando de su antebrazo izquierdo, y con la mano derecha manipula la bolsita transparente en la cual atrapará las dos chipas circulares que acaba de adquirir el viejito de la radio.

Llega un colectivo que viene bajando desde Puerto Iguazú. El gurí más grande le ofrece chipas a los pasajeros que bajan. El otro va por el chofer y los pasajeros que quedan arriba. El que le vendió al viejito de la radio, se llama Mario, y efectivamente, tiene nueve años. Se despierta todos los días a las 5 y media de la mañana. Vende hasta el mediodía. Ya casi no va a la escuela: vive cansado por las tardes.

Aparece otro colectivo. Mario junta su canasto y sale disparado en busca de más ventas. Sus otros dos compinches ya partieron hacia el pueblo, donde irán a vender en las puertas de algunos comercios.

Carlos Duarte, docente, integrante del Movimiento Pedagógico de Liberación, compañero luchador de Puerto Esperanza, conoce bien la dura realidad de los niños chiperos de su pueblo.

—Acá el trabajo infantil se ve en todos lados. Cualquier persona que viene a nuestra ciudad puede ver que la mayoría de los vendedores de chipas son niños, en porcentaje estimo que un 90%. Se levantan de madrugada y van a las estaciones de servicios, a la terminal, a las fábricas; después de ahí muchos van a las escuelas, los que van, pues mucho abandonan o van a los colegios nocturnos para adultos cuando todavía son niños. El rendimiento escolar es nulo, producto del cansancio y la falta de tiempo para estudiar ya que al salir de la escuela “deben” seguir vendiendo. También hay muchos vendedores de empanadas, bollos, plantas y frutas. Hay niños pidiendo a la salida de los supermercados, y realmente no hay política de ningún tipo para contrarrestar, se niega que existe el problema. Además también hay casos de prostitución infantil y una alta incidencia de embarazo de niñas y adolescentes.

Santiago

Voy caminando por un sendero de tierra y tosca en el barrio Evita, de la localidad de Villa Bonita. Dicen que acá el 80% de los vecinos dependen de la tarefa. Junto a mi compañero fotógrafo, Juan Carlos Marchak, llegamos hasta aquí para conversar con los sobrevivientes de la tragedia ocurrida el lunes 17 de junio de 2013, cuando un camión que transportaba tareferos volcó en la ruta provincial 220, a la altura de la localidad de Aristóbulo del Valle: hubo 5 muertos y 19 heridos de distintas consideraciones. Varios eran niños que iban a trabajar al yerbal.

Necesitamos encontrar a un tal López. Avanzamos y a mitad del camino vemos a un niño trazando algo en la tierra, con un palito. Lo saludo. Le pregunto por la casa de López, el que cayó del camión. Nos indica.

—Yo también viajaba en ese camión.

Santiago es menudito, y tiene el pelo negro bien corto. Sus manos, grandes, desentonan con la pequeñez del resto de su cuerpo. Se levanta la remera y enseña una de las cicatrices.

Después muestra la herida en la zona del fémur. Ya no va a la escuela y es imposible sacarle una sonrisa.

—Murieron amigos y vecinos míos. Acá toda la gurisada tarefeamos desde los nueve o diez. Yo empecé el año pasado. Ahora no tengo nada que hacer.

—¿Cuántos años tenés?

—Once.

Más adelante, en el mismo barrio, contabilizamos más de diez niños tareferos, que ya no pueden ir a la escuela. Los mismos que se multiplican de a cientos en todos los barrios humildes y villas que conocimos en el llamado interior de la provincia.

Los grandes

El Mapa de Trabajo Infantil de la Provincia de Misiones Año 2012, es un documento oficial que fue realizado por el Ministerio de Desarrollo Social de Misiones, la Asociación Civil Estudios y Proyectos y Unicef. Es el último documento oficial que se conoce sobre el trabajo infantil en la tierra colorada. Aquí tampoco hay estadísticas, sino un resumen de lo realizado en el marco del llamado Proyecto Fortalecimiento de Actores Locales y Provinciales para la Protección de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes que realizaron las instituciones citadas.

Un extracto del mapa está destinado a explicar el ítem “Políticas, Programas y Experiencias para prevenir o erradicar el Trabajo Infantil”, donde se exponen descripciones de programas llevados a cabo en Misiones en relación a la problemática del trabajo infantil en la provincia.

Uno de ellos es el Programa Porvenir Misiones, que según el mapa se llevó a cabo entre 2006 y 2012 en San Vicente, San Pedro, Colonia Aurora, Dos de Mayo, 25 de Mayo, Alba Posse, Campo Grande, Aristóbulo del Valle y El Soberbio. Los organismos responsables e involucrados fueron 17, entre organismos públicos provinciales y nacionales, empresas nacionales y extranjeras, y fundaciones.

Si se toma en cuenta la duración del programa y la enorme cantidad de recursos que según el documento tuvo el mismo, el resultado expresado en el mapa es paupérrimo e irreal: detectaron trabajo infantil solo en un paraje.

En 2011, se realizó otro programa, llamado Proyecto Fortalecimiento de Actores Locales para la Protección de Derechos del Niño. El alcance geográfico abarcó únicamente Aristóbulo del Valle. Los organismos responsables fueron Unicef, Estudios y Proyectos Asociación Civil, Red Local de Protección de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, Municipalidad de Aristóbulo del Valle, Escuela Nº 529, y el INTA. Los beneficiarios: apenas 15 familias tareferas.

El Programa Proniño se hizo entre 2006 y 2008 en Posadas, Iguazú y Oberá. Intervinieron la Fundación Telefónica y la Asociación Civil Nuevo Horizonte. El objetivo del programa fue “luchar contra el trabajo infantil con una mirada integral”. Estuvo orientado a un grupo de 550 niños y niñas, pero sólo se trabajó en escuelas. Como logros, se contabiliza la dotación de nuevas tecnologías en algunos establecimientos escolares, pero no se mencionan logros porcentuales ni estadísticas.

La Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (CONAETI) es un organismo creado en el año 2000, que depende del Ministerio de Trabajo de la Nación.

“Queremos transformar la Argentina en un país sin trabajo infantil no es una tarea que se logre en dos o tres años, es un proceso complejo que nos hemos planteado cumplir. El gran objetivo es poder lograr una transformación definitiva en 2015” le dijo en 2008 al diario Primera Edición (Misiones, Pilar Mendéz, entonces presidenta de CONAETI).

Estamos en 2016. Recorrer cada pueblo, urbano o rural, de Misiones, permite darse cuenta del fracaso rotundo de aquel anhelo oficial: hay niños laboralmente explotados de punta a punta de la provincia.

Ni la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (CONAETI), el Ministerio de Trabajo de la Provincia ni el Instituto Provincial de Estadísticas y Censos (IPEC) tienen estadísticas provinciales sobre la temática. En simultáneo, desde los municipios señalan que no se realizaron relevamientos amplios y específicos sobre la problemática.

La última estadística oficial acerca del trabajo infantil en Misiones data de la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes de 2004. Aquel relevamiento situaba a Misiones dentro de las 6 provincias del país con mayores índices, pero no permitió identificar porcentajes relevados específicamente en la provincia, ya que el distrito Misiones fue analizado en conjunto con las demás provincias del NEA. Con aquel estudio totalmente desactualizado, se puede aseverar que hoy en nuestra provincia es imposible determinar a ciencia cierta y de manera oficial, la cuantificación porcentual o numérica —el alcance real—, de explotación infantil.

Mientras tanto, el paisaje provincial, exhibe en todos sus rincones, a niños trabajando en los más diversos rubros: cosecha de yerba, venta de piedras preciosas u orquídeas, estibadores en el Mercado Central, peonaje y largos etcéteras. Como en El Niño Yuntero, de Hernández, parte de la infancia en Misiones empieza a sentir “la vida como una guerra, y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra” y saber que “que el sudor es una corona grave de sal para el labrador”.

(*) Sergio Alvez ganó el segundo premio del Concurso de Crónicas “Alberto Morlachetti”.

Edición: 3151

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