Por Claudia Rafael

(APe).- La inexistente empatía de la vicepresidenta de la Nación es de una potencia inusitada: “Hay personas que viven cosas muchísimo más dramáticas y no las pueden solucionar y se las tienen que bancar”. Y después: “O sea, podés dar en adopción el bebé y no te pasa nada”. Mientras remarca, desde su trono vicepresidencial, el “o sea” que lastima. Y, por lo tanto, busca ir tan atrás en los túneles de todo tiempo que se para en el pre-código penal de 1921 que autoriza el aborto en caso de violación.

Una nena entre 10 y 14 años queda embarazada cada tres horas. Dice Amnistía Internacional. Son los cuerpos amenazados. Atizados con el fuego de la crueldad. Marcados para arrebatar la infancia y extraerla con forceps para que ya no sea.

Tres horas entre uno y otro embarazo. El tiempo de dos partidos de fútbol. La duración de películas como Apocalipsis Now, La lista de Schindler o Danza con lobos. El lapso que divide dos violaciones que hacen que una nena y otra nena queden preñadas como un cachorro que no sabrá qué le va ocurriendo a su cuerpo. Que se enancha. Que duele. Que hace “sentir raro”.

No hay deseo allí. No hay consentimiento. No hay piel erizada por las caricias que nacen de la ternura, de la pasión o del amor. No hay mariposas aleteando en el centro del estómago. No hay más que terror en el acto violento de los apropiadores de la otredad. Y como aforiza Alfredo Grande no hay vida sin deseo.

El ministro de Desarrollo Social de Misiones, Lisandro Benmaor reconoció que más de 200 nenas “fueron obligadas” a tener hijos en el último año. Y dijo también que entre el 22 y el 28 por ciento de los nacimientos anuales son de chicas menores de 19 años. Pero que dos centenares se corresponden con niñas violadas de entre 9 y 14. Son las nenas a las que el mismo ministro Benmaor aconseja que hay que darles lecciones de autoestima. Con eso basta, a ojos ministeriales. Lecciones de autoestima fue elevada a la categoría de programa de prevención de la cartera de Desarrollo Social.

Las estadísticas y las cifras no gobiernan la realidad. Son, en todo caso, aproximaciones masivas al dolor que dan cuenta de diagnósticos que, para quienes gobiernan desde la irrealidad, es mejor evitar. Las estadísticas y las cifras que dicen que en Misiones hubo en el último año 200 nenas que parieron producto de una violación, tienen nombres, pieles, terrores, secretos inconfesables, golpes que ocuparon el lugar de la caricia o gestos que quieren hacer creer que son caricia cuando son sexualidad usurpada. Pero, como dice Gabriela Michetti, hay personas que viven cosas muchísimo más dramáticas y no las pueden solucionar y se las tienen que bancar. Entonces las violaciones son un drama a ser bancado, aceptado y trabajar psicológicamente su indeseada consecuencia. Esa y la práctica de la adopción serán la apoteosis de las políticas michettianas de estado.

Las estadísticas y los números son –por fuera de los diagnósticos- el invento para no sostener la mirada durante cinco segundos de esa nena entre las 200 que levanta el rostro y desnuda el miedo.

Los digitadores profesionales de los estados no saben que el miedo se vomita. Que el terror paraliza. Que bancarse ese drama, como tan alegremente define la segunda marionetera en línea presidencial son un círculo infinito que se dará cada tres horas (otra vez tres horas) con la hiel que derramará la leche tibia de sus pechos.

Son las generaciones de excluidas las que siguen y seguirán cargando con ese peso que décadas atrás se amarraba con una faja para tapar la vergüenza.

Ellas, capaces de tener alma y sonreír con pajaritos, como escribió Gelman en María la sirvienta, continuarán siendo las portadoras de las miserias que los estados les tienen reservadas. Y como algún dios y los sustentadores del poder institucional proclaman, deberán llevar a término el pecado. Guardárselo envuelto en frazadas hechas de papeles de diario y cartones ajados o entregarlo para que alguna buena familia se haga cargo del resultado. Mientras la María de Gelman se ocupaba de soñar y los pajaritos se le despintaron bajo la lluvia de lágrimas.

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