Por Claudia Rafael
     (APe).- “Que no me duela. Yo me quiero ir a jugar”, dijo minutos antes de la cesárea que le impusieron en el hospital materno infantil de la Jujuy conservadora y feudal.

Le acuchillaron la infancia. Primero un hombre que casi la sextuplica en edad. Que podría haber sido su abuelo, su bisabuelo. Alguien que acostumbrara a cantarle canciones y dibujarle los sueños con historias de colibríes y magias. Pero que la destituyó del territorio de la niñez de un zarpazo. Que la obligó a ese silencio al que intiman los crueles. Que la destruyó definitivamente. Y que la fue ubicando en el lugar de la culpa mientras la panza se le iba engrosando sin saber qué le estaba ocurriendo.

Luego la estragaron las instituciones. Fueron haciendo jirones de su piel. Le violaron los días. Decidieron que su destino predeterminado por niña, por pobreza, por invisibilizada, por silenciada, por violentada, sería el de ser madre. Y por eso la pasearon por los hospitales, la sometieron a esperas, le maduraron el feto con corticoides y, en nombre de la moral, los dioses y las buenas costumbres, la sojuzgaron una y mil veces para escribir en su sangre una victoria que la desprecia y que la margina de esa vida que, definitivamente, ya no será.

Los señores ministros, funcionarios y secretarios de las ficticias banderas de la virtud le tatuaron en la frente el mote de progenitora que no eligió ni será. Porque nadie es madre a la fuerza. Y porque le asestaron sobre sus espaldas magras de doce años una mochila de tragedias que no se irá en ninguno de los barriletes que haga volar por los cielos ni quedará jamás amarrada a las ramas más altas de ninguno de los árboles que se atreva a trepar en el pedacito de infancia que le quede pegado al alma.

“Que no me duela. Yo me quiero ir a jugar”, dijo sin saber que todo, absolutamente todo, siempre y definitivamente, le va a doler.

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