Por Alfredo Grande
   (APe).- Cuando decimos que la constante de ajuste de la cultura represora son las masacres, intentamos pensar una lógica diferente a la lógica de la represión. Diferente y mucho más inclusiva. Para decirlo, en otros términos: la represión suele estar acotada a determinadas situaciones. Por ejemplo: reprimieron a los manifestantes en Chubut.

Cuando se menciona la represión institucional, entiendo que se hace referencia a una planificación previa a los hechos. Sería algo así como una guerra preventiva contra la población civil. Y la palabra institucional creo que es ambigua. Es la represión estatal, que planifica y anticipa la potestad punitiva en gran escala y en forma permanente.

Sin embargo, la masacre tiene un sentido que debe estar siempre presente. La brutal desproporción entre el masacrador y el masacrado. No es un combatiente contra otro combatiente. No es un ejército contra otro ejército. Es la suma total del poder público contra la resta total del poder ciudadano.

Pues bien. O mejor dicho: pues mal. En el devenir represor de la cultura, las masacres llegaron para quedarse. Y son la violación más flagrante de los derechos humanos que no obstante se siguen declamando y recitando. Y aunque parezca increíble, enseñando. Lo que se necesita para construir subjetividad militante es contar, enseñar, no ocultar y menos naturalizar, es como el poder absoluto hace de las masacres su pedagogía política.

Desde la masacre de Budge quedó acuñado el término “gatillo fácil” Además de fácil, demasiado fácil, es impune y es doctrina oficial de las policías federales y provinciales. Con la encíclica de los poderosos de turno: “Gobernarum Asesinandum”. Estas masacres son, además, ocultadas. Y minimizadas. O nombradas de forma encubridora. Por ejemplo: evangelización, cruzada civilizatoria, conquista del desierto.

Otra masacre que la Fundación Pelota de Trapo y el Movimiento Nacional Chicos del Pueblo enfrentaron hace décadas, es la matanza de niñas y niños por brutal escasez alimentaria. “El hambre es un crimen” es un grito que no cesa. Como ya dijimos, crimen cobarde, crimen planificado, crimen de odio, crimen por portación de clase.

El objetivo estratégico de esa masacre es la prohibición y mutilación del pensamiento. Nuevas generaciones alienadas en garantizar una magra subsistencia, incapaces de desarrollar autonomía emocional y mental. Por eso una tarea revolucionaria es garantizar un desarrollo psico emocional intelectual.

Los comedores, los merenderos, las huertas, las granjas, la producción de alimentos por fuera del circuito de los agro negocios, son fábricas de pensamientos. Pensar no es un acto mental. Es un acto corporal, y la expresión más profunda de una subjetividad desplegada.

El esfuerzo de aniquilar la prohibición de pensar en democracia es uno de los tantos esfuerzos que muchas y muchos hacen y que más y más deberán seguir haciendo.

Para que el pueblo siga alimentado por sus chicos.

Edición: 4436

 

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