Por Alfredo Grande

(APe).- Las brujas de Salem o El crisol (en inglés: The Crucible) es una obra de teatro de Arthur Miller escrita en 1952 y estrenada en 1953 ganadora del Premio Tony. Está basada en los hechos que rodearon a los juicios de brujas de Salem, Massachusetts en 1692. Miller escribió sobre el evento como una alegoría de la represión macarthista de los años 1950. Más allá de la comodidad de Wikipedia, recuerdo la lectura de la obra y haber visto varias versiones teatrales. La Santa Inquisición, una de las organizaciones criminales más siniestras en la historia de la humanidad, organiza una cacería de brujas y brujos.

En la Norteamérica en ataque de pánico por el comunismo, había que demostrar que no era comunista. La acusación ya era suficiente como prueba. Demostrar la inocencia puede ser muy difícil, por ese tema de que nadie está libre de pecados.

Ahora mal: la cultura represora entendió a Miller al revés. El señala que las víctimas son transformadas en victimarios y entonces castigadas. Ahora lo llamamos “causas armadas”, otra forma de vulnerar los derechos humanos. En la premiada “El secreto de sus ojos” hay un intento de armar una causa contra dos albañiles, que confesaron un asesinato, tortura mediante. Ahora mal: el inframundo de la pedofilia, del abuso sistemático de niñas y niños, de la pornografía infantil, pretende y muchas veces logra, demostrar que el victimario es la víctima.

Una siniestra confabulación de madres, padres, niñas y niños, que reunidos en logias secretas, conspira para desacreditar a docentes, especialmente de colegios católicos. En estos casos, aparece el lacerante silencio no de los inocentes, sino de los cómplices. Los victimarios se amparan no en el estado de derecho, sino en el estado de relato. O sea: inventaron algo que se llama “co construcción del relato”.

Logias de psicólogas, psicólogos, psiquiatras, abogados, asistentes sociales que secretamente conspiran para desacreditar a docentes, especialmente de colegios católicos. Una sinarquía internacional que vulnera el principio de autoridad suprema y jerárquica del Padre. Especialmente del Padre que no tiene hijos. O sea: del Padre célibe, castrado, casto. Luego aparecen testimonios atroces.

Desde la cama de un hospital de Verona, el padre Eligio Piccoli confirma las vejaciones sexuales a los niños y el traslado de los sacerdotes abusadores a diferentes puntos del país. Y señala como destino de los pedófilos, la Argentina. Qué mala suerte tenemos: hemos recibido con los brazos abiertos a nazis y pedófilos. ¿Será por algo? ¿Será la Argentina un off shore de la impunidad? Al diablo con ese padre. Entonces se ha establecido no el “principio de inocencia”, que dice que todo es inocente hasta que se demuestre que es culpable.

La cultura represora ha establecido el “principio de impunidad”. Todos son impunes, hasta que se demuestre lo contrario. O sea: hasta que se encuentran los “perejiles”. El fallo en Mar del Plata, con el antecedente del “caso Melo Pacheco”, consagra ese principio de impunidad. Seré claro, antes que oscurezca. No por el fallo en sí. No por haber absuelto a la acusada en forma unánime. O sea: tres jueces unidos y solidarios. Hasta el 2x1 tuvo dos votos en contra. Acá no: uno para todos y todos para uno. O una.

El tema son los considerandos. El tema es la obvia parcialidad con que se evalúan los testimonios. El tema es la discrecionalidad para escuchar a los peritos de la querella con los de la defensa. El tema es desacreditar la militancia permanente contra todas las formas de abuso infantil. El tema es desoír la palabra de los niños y niñas, que además de ser sujeto de derecho, son sujetos de deseo. Y ninguno de esos deseos incluye ser abusados. Por lo tanto, si lo dicen, es imperativo escuchar. No hay peor sordo que el que solo quiere oír el himno de la impunidad. Pero voy al relevo de prueba, porque prefiero la confesión de parte.

La abogada de la querellada, sostiene que tiene que terminar la “paranoia social”. O sea: es la teoría de la sensación de inseguridad. Ella la amplía a “sensación de abuso sexual”. Una sociedad paranoica. Casos aislados. La doctrina de la manzana podrida. Si está convencida que su defendida es inocente, será una manzana no podrida.

Pero desacreditar, desestimar, banalizar, cuestionar la endemia del abuso sexual y la pornografía infantil, su inmediata consecuencia, va mas allá de un juicio “jurídico”. Ella establece una doctrina de seguridad sexual, donde los casos aislados, algunos, pocos, poquitos, quizá nada, deben ser desestimados. No hay desaparecidos, no hay secuestrados, no hay torturados, no hay hambreados, no hay desnutridos, no hay enfermos, no hay. O sea: si hay abuso que no se note. Que no se tome nota. Y agrega: terminemos con esto.

La buena noticia es que ni los padres y las madres, ni los abogados, los profesionales de la salud mental, vamos a terminar con “esto”. Vamos a seguir con “esto”. Por formar parte de la batalla contra todas las formas de la cultura represora. Es una batalla sin final. Eterna. Permanente. Tras generacional. Vamos a seguir con “esto”. Porque lo que la abogada defensora llama “esto” es nada más que la salud de nuestros niños y niñas. Nosotros hemos leído bien a Arthur Miller. Los modernos inquisidores no podrán asustarnos. No somos paranoicos. Pero hemos aprendido a dejar de negar el peligro. Los peligros. Son demasiados. Los enfrentaremos. Para que Mar del Plata sea una ciudad feliz. Pero nunca a costa de la complicidad, la mentira, la hipocresía. Nunca más.

Edición: 3349

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