Por Claudia Rafael

 

     (APe).- Catherine Moscoso ya no volverá. No habrá incendio capaz de regresarla a la tierra. De devolverle la vida. No habrá crimen disfrazado de ajusticiamiento que le permita respirar. Cuando Jorge Semprún habla de la humanidad, se sitúa en el campo concentracionario Buchenwald y piensa: la libertad humana puede hacer que un compañero denuncie a otro para evitar que le den una ración complementaria de sopa o puede hacer que reparta su minúsculo trozo de pan. En una misma sociedad subsisten ambos caminos. Pero la condición humana va jugando su propio rumbo: arma una bella ronda de ternuras en primavera o se hunde en el fango más atroz.

Mientras los sonidos festivos de la gran ciudad resuenan como fantasmas lejanos para el pueblo, el silencio abandónico de “El Cochuchal”, el viejo cementerio de Alderetes, se rompió mínimamente cuando las dos niñas fueron arrojadas a sus alrededores. Apenas siete años tienen. Caminaban el sábado, quizás saltando de tanto en vez, como bellas hacedoras de la magia de la infancia que les fue arrebatada para siempre por un adulto. Cuentan en los proximidades de ese poblado tucumano, a escasos 7 kilómetros de la gran capital, que esa mañana caminaban juntas mientras vendían bolsas de residuos casa por casa por la avenida que conduce al aeropuerto Benjamín Matienzo. Como Sofía Viale tres años atrás, que vendía sus panes en un carrito por las calles de General Pico. Pero Sofía no sobrevivió. Ellas dos, en cambio, cargarán sobre sus espaldas toda la historia misma de una adultez que estraga y destroza.

Los ecos de la gran fiesta de Mayo todavía se sienten por los parlantes del país pero Monte Hermoso, al sur de la provincia más poblada, sigue ardiendo. La vida de Catherine Moscoso terminó a sus 18 años, en un médano que con una sistematicidad hecha historia es invadido por veraneantes de diciembre a febrero.

Esta vez todo cambió. Catherine ya no es. Y la mansa localidad perdió su proclamada inocencia. Allí donde el sol asoma y muere siempre en el mar, el paraíso perdió su oportunidad de ser.

¿Quién enciende una llama? ¿Quién asume dar el primer paso? ¿Quién lanza el primer grito de falsa rebelión? ¿Quién arroja el piedrazo que romperá el espejo en el que ya nadie verá su imagen indemne? Como en Baradero, casi cinco años atrás, las gentes, en un plural que reemplazó definitivamente lo colectivo y comunitario, salieron a las calles a incendiar lo establecido. Giuliana Giménez y Miguel Portugal, de 16 años los dos, ya no volvieron a la vida ni siquiera merced a las llamaradas de una pueblada que tomó por asalto las instituciones de Baradero, las giró sobre sí mismas como a una caja de cartón y las destruyó. Los chicos habían cometido una falta de tránsito: viajaban sin casco. Y eso les valió la muerte en una persecución por una patrulla municipal.

¿Qué buscaron los hombres y mujeres de Monte Hermoso que incendiaron el centro cívico municipal y la casa del secretario de seguridad? ¿Qué trataron de hacer cuando golpearon hasta generar la muerte a Juan Carlos González, sospechoso, abuelo de un sospechoso, inocente o culpable? ¿Qué buscaron cuando la furia les hizo borrar toda prueba posible como hicieron cinco años atrás los rabiosos incendiarios que quisieron vengar la muerte de los dos adolescentes y prendieron fuego la camioneta municipal?

Las buenas gentes asesinaron a un hombre al que creen o tal vez no, culpable del homicidio de Catherine. Y buscaron destruir las instituciones y a sus representantes. El centro cívico como representación del Estado. La casa de Ricardo Triches, secretario de Seguridad de Monte Hermoso. El mismo que catorce años atrás fue relevado de su cargo de máximo jefe de la DDI de Mar del Plata por su responsabilidad en la investigación del crimen de Natalia Melmann.

La libertad de elegir entre el bien y el mal de la que habla Semprún deja al desnudo cada día a la condición humana. Lo supo bien Catherine Moscoso. Lo sabrán toda su vida las dos niñas de Alderetes. Como antes lo supieron Sofía Viale y también Giuliana Giménez y Miguel Portugal. Lo saben día tras día los niños y niñas estragados por la perversidad de los hombres y mujeres adultos.

Pero la libertad de elegir va más allá. También radica en optar entre la falsa furia colectiva que hace eje en el individualismo atroz o en un abrazo solidario que rodee a niños y jóvenes para que el mal no los destroce. Para que el mal no despedace las semillas de la humanidad, para envenenarlas, para romperlas, para deshacerles la ternura.

Edición: 2922 

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