Por Mariano González. Fotos: Carlos Brigo

(APe).- Cae la tarde en Buenos Aires y las lluvias se disputan el protagonismo del cielo con el pálido rojo que contornea a su antojo al mundo. Los funcionarios de traje le escapan a la humedad del cielo que desconocen y temen. Mientras, en los arrabales de la provincia, se cumple lo que el refrán iraquí manda: el hombre mojado no teme a la lluvia. Los que nada tienen, nada temen; los que mojados viven, nada pueden celarle al agua.

La tarde en que se desató la tormenta en Pilar, Rodrigo Sosa cargaba con inocencia sus 11 años bajo la piel. Jugaba donde juega el piberío humilde del barrio, en el raquítico puente que apenas llegaba a contener tanta imaginación. Jugaba en ese mundo donde no hay más que lo que la fantasía permite. Las plazas con juegos son un lujo en estos lares, mitos tras los muros de los barrios privados que ensombrecen el chaperío.


El abismo que atravesaba el puente le lamía los pies en su desnudez de barandas que no pudo contener a Rodrigo en su vientre mientras lo vio caer a las fauces de una muerte prematura.

Tres personas perdieron la vida, cientos debieron ser evacuadas y numerosas familias quedaron sometidas al vil despojo de de los que siempre pierden. Las viviendas enterradas bajo el agua como un sueño olvidado al despertar son testigos del crimen.

Por su parte, los medios hegemónicos inundaron las primeras planas de eufemismos: la catástrofe natural como explicación del absurdo mortal. La catástrofe, la madre de lo irremediable, de aquello para lo que no hay más previsión que contemplarla absorto, como quien ve delante de sí la desesperación suicida rendida ante un tren de frente.

Lejos de revestir una simétrica naturalidad, estos hechos se inscriben en la larga lista de los crímenes sociales, previsibles pero negligentemente ignorados. Tal como ocurrió tiempo atrás en Ciudad de Buenos Aires, Tigre y La Plata por citar algunos casos.

Lo natural sólo es el fenómeno climático. Todo lo demás, lo que llaman “catástrofe natural” es muerte impartida pero perfumada. No es más que la desidia del Estado lavada por una lluvia discursiva.

Es que solo es posible explicar el desastre teniendo en cuenta las condiciones de existencia a la que son arrojados los damnificados. El grueso de la población es condenada a vivir en condiciones de hacinamiento, sin acceso a los servicios básicos mientras ven crecer los procesos de gentrificación, la especulación inmobiliaria y el auge de los barrios privados. Seis millones de viviendas (la mitad de los hogares del país) están en riesgo habitacional y entre el 15 y el 30 % de los hogares carecen de acceso al agua, al gas y a un sistema cloacal.

El negocio de los countries ha crecido durante los últimos años, continuando lo que comenzó allá lejos, en los abrillantados años 90. Como metáfora cruel, el crecimiento económico del último decenio dejó acumulación para los unos y repartió muerte para los otros. La construcción de countries sobre humedales, terraplenes y zonas con función de absorción de los desbordes forzó, incluso, cambios en la legislación haciendo del espacio urbano un escenario de disputa y especulación privada dejando los destinos del grueso de la población librado a la suerte de los mercados. Numerosos estudios hechos por especialistas como así también por los vecinos que conocen los gestos del paisaje, dan cuenta de cómo las aguas que antes drenaban hacia el Río Luján, ahora lo hacen hacia los barrios bajos debido, en parte, al complejo sistema de drenajes y bombas que poseen los barrios privados para preservar sus espacios verdes, modificando los causes de filtración natural.

Tras la culata del revólver, el vacío cuida celosamente el rostro asesino aunque esta ausencia premeditada no haga más que acentuar su presencia asfixiante. Es que cuando el Estado se retira es, paradójicamente, cuando se constituye su mayor presencia. A su vez, el espectro mediático moldea gota a gota la idea de la catástrofe inevitable y la casta política aplaude al unísono. Bajo la ceniza gris del transcurrir de los días, quedarán ahogados los recuerdos de la tragedia y el crimen como también quedarán ahogados los gritos que migraron a la otra orilla de la vida. Y los culpables seguirán invisibles tras el arma.

Se desdibuja la tarde dominical. La lluvia no se decide a abandonar el cielo y los candidatos que disputan ese otro cielo de octubre, le hicieron otra gambeta a las aguas para llegar secos a sufragar. Entran a la oscuridad del cuarto, la negrura los devora por completo, aunque las luces brillen sobre sus sienes. Se pasean por el aula, se desconocen mutuamente. Finalmente salen con mueca victoriosa para las cámaras que siguen de espaldas al mundo. Sonríen y cierran – esta vez para siempre- las puertas del aula que jamás adivinará en sus grietas el murmullo pícaro del niño que naufragó entre los pliegues de otro crimen social impune.

Edición: 2977

 

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