Por Claudia Rafael

(APe).- El cura Mariano Oberlín se pregunta si la vida tiene sentido. No es azaroso el interrogante. ¿Acaso algo tiene sentido cada vez que las maquinarias de la perversidad se encienden y devoran uno tras otro a pibes estragados por el sistema? Lucas Ruschi tenía 14 años. Cordobés. De barrio pobre. Donde suelen vivir los pibes tatuados por el olvido. Lucas murió de un balazo policial en el barrio Müller, en la capital cordobesa, donde el cura batallaba desde hacía años contra los mercaderes de la muerte. Y no fue cualquier bala la que atravesó a Lucas hasta desangrarlo. Fue la del arma del policía que custodiaba desde hacía meses al sacerdote por las amenazas que recibía en su “trabajo infatigable por intentar cambiar al menos una puntita de un sistema que está podrido desde la raíz”.

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Por Laura Taffetani

      (APe).- En las vísperas de las fiestas de fin de año, en los primeros días de diciembre, 8 Hogares Convivenciales sufrieron las clausuras administrativas por parte de la Agencia Gubernamental de Control del Gobierno de la Ciudad en el marco de la hipocresía adoptada por los organismos estatales, al tratar de esconder la responsabilidad que tuvieron en la tragedia de Cromañón.

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Por Silvana Melo

¿Qué círculo infame debe trazar la vida para que un niño de catorce años muera por una bala clavada en el medio de su inocencia? ¿Qué trampa sistémica se activa cuando un estado de excepción se convierte en normalidad y un niño de catorce muere entre las balas? ¿Dónde están los delincuentes? ¿Son los que arrebatan una cartera, disparan, matan y se refugian en la 1-11-14? ¿Son los que les dejan libre la cancha para el ejercicio de esa normalidad que debería ser excepción? ¿Son los que permiten y allanan el camino para la bala que entró en la cabeza de Brian? ¿Son los ladrones en moto o los policías en patrullero? ¿O son ambos? ¿Qué estado determina la muerte de un chico de catorce años en la tarde de la nochebuena? ¿El de excepción o el de la norma?

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(APe).- Esperó que Jesús naciera, como cada diciembre, y después murió. Tal vez para no dejar en tanto desamparo a los niños de Ludueña. A la gente anónima y olvidada de ese barrio al que le fue entregando su vida de a retazos hasta que no le quedó propio más que el amor incontable por los descartados del mundo. Edgardo Montaldo se ordenó sacerdote en 1958 pero él contabilizó esos años a partir del 1968, cuando se comprometió para siempre con Ludueña, el barrio de Rosario donde tantos pibes murieron en manos del estado, de la droga, de la propia sociedad que suele defenderse de aquellos a quienes hay que defender.

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Por Carlos Del Frade

(APe).- El año que viene se cumplirán los cuarenta años del “Manifiesto de 18 Obispos del Tercer Mundo”. Una fenomenal insurrección que surgió desde el interior de la institución y que cuestionó su rol dentro del capitalismo. Y que en la Argentina adquirió la forma del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo. En estos días finales de 2016, esas postales sirven para pensar, como siempre, en los crucificados y crucificadores del presente y cómo sería echar a los mercaderes del templo.

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