Por Ignacio Pizzo (*)

(APe).- La desnutrición es una guarda que se teje fibra por fibra con la singular perversión de quien la decide. Desnutrición, palabra que al parecer se ha caído de los diccionarios argentinos, y la ciencia estadística presumiblemente la erradicó, porque la macroeconomía es la que aporta evidencia en números. Entonces el hambre como palabra aguda, urticante, simplemente se deshace aunque como crimen de estado se siga planificando. Las pericias no alcanzan porque los planificadores se dedican a borrar pruebas.

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Por Carlos del Frade

(APe).- El cielo parece a punto de explotar. Las nubes vienen cargadas. Hace mucho calor en uno de los costados del oeste rosarino, cerca de la vía, en barrio Ludueña. Las sillas están afuera. Adentro del centro comunitario no es sencillo. Va llegando la gente. Pibas y pibes militantes de distintas organizaciones sociales que le ponen el cuerpo a una realidad hecha a imagen y semejanza de la concentración de riquezas en pocas manos. Más allá de los números de ficción, el trabajo estable y en blanco sigue siendo una quimera en los arrabales de la ex ciudad obrera. Allí, en esas calles de tierra, la informalidad es la regla y también, como desde hace años, los espacios callejeros están en disputas por bandas de pibes que, hasta no hace mucho, compartían la primaria, alguna copa de leche y platos de comida.

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Por Bernardo Penoucos

(APe).- Ellos y ellas hablan, hablan diciendo con el lenguaje hablado o hablan diciendo con el cuerpo, hablan desde la mirada lejana o hablan gritando desde un pedacito de patria que, las más de las veces, sigue ensombrecida y sin respuesta.

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Por Silvana Melo

(APe).- La asimilación del valor de la vida de Morena, de un año y medio, y de un smartphone –de extrema fugacidad tecnológica- es una síntesis de la ferocidad sistémica. Tener o no es la diferencia entre la vida en sociedad o la muerte periférica. Tener o no incluye o excluye. Es determinante. Rousseau estuvo convencido de que todos los males de la sociedad moderna –fundamentalmente la desigualdad- nacen en la cuna de la propiedad privada. Un teléfono es capaz de suplir pertenencia y de generar un sentimiento de inclusión capitalista en quien difícilmente pueda asomar de su ghetto barrial si no es para un destino de cárcel o de muerte.

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Por Sergio Alvez

(APe).- La mujer guaraní sostiene las manitos del niño. Él, así con los brazos extendidos verticalmente y la sonrisa impaciente, mueve los pies en busca de dar los primeros pasos de su vida. Estamos en Caraguatay, Misiones. Es 1929. Ese niño, de 14 meses, aprende a caminar en ese rincón de selva, sujeto a las manos pacientes de la criada originaria de la familia. Ese niño, que da un pasito, otros más, y sonríe ante la inmensa aventura de andar, se llama Ernesto pero le dicen Teté. Algunos cuantos años después y para siempre, Ernesto será simplemente “El Che”.

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