Por Claudia Rafael

(APe).- La entera historia de Tobías se resumió en sus 8 meses. Ni un día más. Hasta que las aguas del arroyo Morales, brazo del río Matanza, –el mismo de la cuenca que cobija en sus entrañas cromo, plomo, cobre, zinc- lo vaciaron de respiro. Fueron las aguas turbias, en medio del caserío, que lo devoraron como cuchillazos a la vida. Al banquillo el agua. Sucia, contaminada, oscura. Que devora lo que no debe. Que se traga la vida y no siente culpa. Que avanza ante cada lluvia saliéndose de su cauce. Tobías tenía 8 meses. Y ni gateó ni pronunció más que gorgojeos o palabras que sólo entendían su mamá y sus hermanitos de 4 y 8 años. Porque el agua del arroyo actuó por propia prepotencia. Le espetó la violencia de su vómito voraz y le truncó los días. No lo dejó llegar a caminar, ni a correr, ni a cantar la letra de una canción preferida.

Para Aída fue distinto. Murió en el vientre de su mamá, Cintia, en el octavo mes del embarazo. Cintia que tenía 19 y vivía con Ezequiel, de 20. Que hacía changas. A los tres los aplastó el barro que se derrumbó sobre la barranca y cayó sobre el techo de la habitación, en la casucha endeble del barrio Stella Maris, en la parte alta de la zona ribereña de Villa Constitución. Ese enjambre obrero y de revueltas en los 70 que supo ser laboratorio de la represión en el proceso de planificación de la dictadura. Fue el barro el responsable de la muerte de Aída, Cintia y Ezequiel. El barro al que empujó el agua. De otro color y sabor a la del agua del arroyo Morales pero agua al fin. Fue el barro que se complotó con el agua para estragar la vida y no dejar construir futuro.

Siempre es el agua, el viento que se lleva los techos, los postes que se caen sobre la cabeza de los pibes. Es la furia de la naturaleza y la hecatombe del clima que deja al desnudo los cuerpos. Que desabriga de latidos. Que devasta sueños. Que destroza árboles, casas, refugios. Que rompe vidas. Que las hunde y las ahoga en muerte.

Siempre es la naturaleza la imputada por el delito de privar de vida. Siempre es la naturaleza la condenada por la mirada sistémica que se rasga las vestiduras. Siempre es la furia del viento, del agua, del sol abrasador o del frío atroz. Vehículos involuntarios de un modelo de producción que materna rigurosamente los asentamientos y barriadas edificados sobre terrenos inundables. Que construye villorrios para justificar palacios. Que derriba montes para avalar monocultivos. Que contamina ríos para abaratar costos y multiplicar ganancias.

Tobías tenía ocho meses de vida. Aída, en cambio, murió en el vientre materno cuando el embarazo transcurría su octavo mes. Hay que decir sus nombres. Repetirlos como un mantra. Una, dos, mil veces. Volverlos asibles. Abrazarlos. Sentirlos. Visibilizarlos. Para que no se olviden.

Edición: 3752

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